Cuando el viajero cruza por primera vez el puente de La Portilla sobre la ría del Nalón, su mirada no puede dejar de fijarse en la maraña de palos de eucalipto que se levantan y reflejan sobre las aguas tranquilas del río en su margen derecha. Forman parte de todo un complejo sistema de embarcaderos cuyos orígenes se pierden en la oscuridad de los tiempos y que aun hoy forman parte de la historia de los pescadores que viven y vivieron al abrigo de las riberas del bajo Nalón.
Antes, casi todos los vecinos de Soto y de La Arena tenían chalano y embarcadero. Eran los tiempos en los que la angula durante el invierno, y los cangrejos y las roballizas pescadas en el verano, formaban parte de nuestra dieta tradicional como ribereños de la parte más baja del rey de los ríos asturianos.
Ya hace años que la angula, con su vertiginoso descenso en las capturas, dejo de ser una de los platos habituales de nuestras casas. Y las distintas vedas de mariscos y otras especies tradicionales, casi hacen desaparecer la pesca deportiva, considerada casi un derecho inapelable para los vecinos de estos pueblos. La consecuencia inevitable es el abandono de esos embarcaderos artesanales que, con los años van desapareciendo engullidos por los “mofos” de un río cada vez más limpio pero cada día más solitario.
















