La vida sigue

Mesa bajo el ciruelo. Espinosa (Candamo). 24 de julio de 2015 © Miki López

Mesa bajo el ciruelo. Espinosa (Candamo). 24 de julio de 2015 © Miki López


Desde la carretera todo parecía estar igual que siempre. Al llegar a la casa, Elsa se apeó del coche para abrir el portillo que da acceso a la pequeña finca que bordea la fachada oeste de la vivienda. El huerto descuidado me desanimó y no por el hecho de necesitar una limpieza, sino por ser el reflejo de la ausencia de mi padre. Todos los años pasamos unos días en esa casa familiar del concejo de Candamo. Cuando se acercaban estas fechas, mis padres se esforzaban en dejarlo todo en condiciones para que esos días fueran los más agradables para sus hijos y sobre todo para sus nietos. Al fondo vi la mesa, a la sombra del ciruelo, donde tantas veces le hice fotos mientras apuraba un culín de la sidra que el mismo producía. En la cuadra se amontonan las botellas de la última cosecha que se esmeró en elaborar por última vez. Una sidra espectacular como siempre.
No me imaginaba que tan pronto tendríamos que ponernos al frente de la pequeña finca que era su vida, pero estoy seguro que es lo que a él le gustaría y en lo que nunca confió. Y a mí, como siempre me gustó llevarle la contraria, pues aquí me veo junto a mis hermanos, aprendiendo a usar la desbrozadora, recoger la hierba y plantar tomates. Lo de la sidra nos queda grande, pero nunca se sabe. Aquí seguimos viejo y sé que nos ayudarás. Se nota tu ausencia física, pero estás presente en todos los rincones de esta casa siempre tuya.
La vida sigue.

Extinción

Los de piel nórdica agradecemos enormemente esta tregua que nos da la ola de calor estival, aunque en general es algo que estamos bendiciendo todos los asturianos. A mi siempre me pasa. Cuando llega agosto ya estoy hasta las narices de pasar por el agobio del calor húmedo cantábrico y no dejo de mirar las hojas de los castaños añorando un septiembre que todavía se ve lejano. Aprovechando estas pausas nos acercamos al MUJA, el museo del jurásico de Asturias, reclamo para niños de 0 a 100 años que a mi siempre me da mucho que pensar.

Tiranosaurio Rex. MUJA, Colunga. 21 de julio de 2015.  © Miki López

Tiranosaurio Rex. MUJA, Colunga. 21 de julio de 2015. © Miki López

Esas moles descomunales que dominaron el mundo son un ejemplo claro de que las cosas no cambian. Uno puede imaginar el terror que debía despertar en cualquier animal la visión de un Tiranosaurio Rex lanzado a la caza en un galope bípedo de mas de 40 km por hora. Era el puto amo y no tenia mayor preocupación que la de llenar la panza y reproducirse para perpetuar su tiranía tiranosauria. Es inevitable la comparación. El tiranosuario y los grandes carnívoros jurásicos capitalizaban la vida de los dinosaurios devorando a la gran masa de herbívoros que pululaban pacíficamente en manadas por las llanuras del Pangea. Seguramente esta es una visión hollywoodiense de una etapa geológica que afortunadamente no nos tocó vivir como especie, pero hoy nosotros somos los tiranosaurios elevados a la enésima potencia. Está claro que los Rex no tuvieron nada que ver en su propia extinción. Por lo visto la culpa la tuvo un gigantesco meteorito que impactó a velocidad vertiginosa en lo que hoy es el golfo de México. A partir de ahí, una catastrófica reacción en cadena terminó con la vida de los grandes dinosaurios y puso a prueba las capacidades de supervivencia de los seres vivos que no formaban parte de aquella élite de gigantes.

MUJA, Colunga. 21 de julio de 2015.  © Miki López

MUJA, Colunga. 21 de julio de 2015. © Miki López

La humanidad apenas lleva caminados unos segundos de ese tiempo geológico desde que surgió la vida en la tierra, pero lleva consigo el dudoso mérito de haberse convertido en la especie más dañina que haya poblado el planeta, tanto para su entorno como para si mismo. La voracidad del T Rex es un tontería comparada con la voracidad del mercado que se han impuesto las personas. El consumo indiscriminado de recursos desertiza los espacios naturales que fueron su propio sustento durante siglos, abocan a la mayor extinción de especies animales y vegetales que se haya conocido hasta el momento y cambian el clima del planeta a una velocidad que pone en duda la propia supervivencia de la raza humana. Y toda esa inteligencia que nos caracteriza como especie dominante es incapaz de detener la sinrazón de nuestra propia auto destrucción. Algunos dicen que ya entramos en un punto sin retorno. Que más da. Mientras no afecte a la previsión del crecimiento económico del primer mundo, porque a fin de cuentas nosotros hemos creado la más grande de las burbujas. Vivimos en la burbuja de creer que todo es de nuestra propiedad. Encima de ser mentira, la distribuimos fatal. Este planeta tierra terminará por darnos una patada en el culo. Los dinosaurios no lo eligieron. Nosotros si.

Tropa estival

Vendedor de sombreros. Cangas del Narcea. 16 de julio de 2015. © Miki López

Vendedor de sombreros. Cangas del Narcea. 16 de julio de 2015. © Miki López


Algunos parecen querer quemar todo el estrés y ansias folixeras acumuladas en el invierno durante estas primeras semanas de julio. Salen como voladores dispuestos a quemar todas las naves en su desenfreno etílico, ataviados con gafas y sombreros de esos que venden y exhiben los manteros africanos apilåndolos sobre sus propias cabezas al tiempo que soportan los calores y los colores chillones que llaman a fiesta de futbolista millonario y hortera.
Mea-paredones en bermudas, a la caza de  post adolescentes de pantalón vaquero ultra corto, tanga rojo y escote pronunciado. Uniformes oficiales del folixeru asturiano que vive como bebe, que va tachando sus fiestas en el calendario de su smartphone como si de trofeos de guerra se tratase. Deseando que no se acabe ni el verano ni la sidra. Septiembre parece que queda lejos. Queda calor y fiesta para rato.

Se agradece una recta

Recta en la entrada al desfiladero del rio Les Cabres. Llanes 5 de agosto de 2014. © Miki López

Recta en la entrada al desfiladero del rio Les Cabres. Llanes 5 de agosto de 2014. © Miki López

Curva rápida de izquierda. El viento silba en el lateral de mi casco. Por la visera entreabierta se cuelan los cálidos aromas del verano. Enderezo la moto y encaro una recta casi eterna para una carretera asturiana. La tregua me permite disfrutar del paisaje y de esa sensación de libertad que dan las dos ruedas. Disfruto cada segundo de esta Honda Deauville, envejecida por los años y los casi 200.000 kilómetros que llevamos juntos, la mayoría de ellos rodados por estas enrevesadas carreteras asturianas. Cientos de rutas sin fin al interior de un paraíso que invitan a rutear despacio, saboreando cada curva con la sensación de que formas parte de ese paisaje que te envuelve y te susurra en cada enlazada. Otra recta. Vuelvo a disfrutar del entorno que bordea el río mientras el silbido del motor bicilíndrico se agudiza con la velocidad. Nos encantan las curvas, pero con este día…vaya como se agradece una recta.
Vssssssss

Prisas, luces y sombras

Anciana. Gijón, 2 de julio de 2015.  © Miki López

Anciana. Gijón, 2 de julio de 2015. © Miki López

Me bajé a la carrera del autobús y encaminé mis prisas dirección al taller de David. Necesitaba mi moto, el único medio de transporte que ese día me daba medias garantías de poder cubrir la interminable lista de fotografías que pitaban desde mi teléfono móvil. En esa carrera estresante emboqué la calle Fray Luis de León, arrastrando en mi carrera la cámara, la bolsa y la chaqueta. En la distancia vi a una anciana apoyada en su muleta y en la pared de un edificio, iluminada por el único rayo de sol de la tarde que se colaba entre los dos edificios de la acera opuesta. Sentí envidia de esa tranquilidad, pero en mi estrés enfermizo, en mi manía de fotografiar todo lo que me llama la atención, hice una rápida medición puntual con el fotómetro de la cámara y no pude evitar hacerle una foto sin detener la marcha. Lo dicho. Es una puta enfermedad.
-“Que coño fairá este rapaz….a la carrera y sacándome una foto…esta juventud!
Ay señora…si usted supiera.
Y seguí corriendo.

Volando

Iyán. Tapia de Casariego. 11 de julio de 2015.  © Miki López

Iyán. Tapia de Casariego. 11 de julio de 2015. © Miki López


Iyán crece. Ya es para todo un campeón, un portento físico que la adolescencia y el entrenamiento van convirtiendo en un atleta. Pese a las lógicas dificultades de su cambio hormonal, sigue siendo un chico de enorme corazón, que empatiza fácilmente con la gente con dificultades. Posiblemente sea eso lo que me haga sentirme tan orgulloso de éste chaval. Sabe que para él, por unas razones u otras, las cosas suelen resultarle más sencillas que a los demás y es consciente de ello. Sabe lo que es el sacrificio y que este no siempre da el resultado apetecido. Sabe que tras una derrota la primera victoria es la de levantarse. Iyán, con catorce años, sabe hacerlo. Se levanta y sigue volando. Feliz verano chaval.

La escuela

Huyendo de las nubes cruzamos la rasa costera occidental y recalamos en Tapia. Un hermoso día para disfrutar aún sin los agobios de la masificación turística que abarrota estas maravillosas calas tapiegas en el mes de agosto. Baño fresco. El mar no caldea aún sus aguas y hace a uno pensarse seriamente lo del chapuzón de primera hora de la tarde.

Escuela abandonada de Penzol. Castropol, 11 de julio de 2015. © Miki López

Escuela abandonada de Penzol. Castropol, 11 de julio de 2015. © Miki López


Mis peques no tienen esas dudas. Iyán y Nel vuelan sobre las tranquilas aguas de la antigua cetarea hoy convertida en piscina natural, zambulléndose de lleno en la frescura del Cantábrico. Hiriendo mi orgullo les sigo en su gélida aventura. Elsa nos mira desde la toalla. No sopla ni una brisa y el sol brilla fuerte en lo más alto. Ni con la protección solar 50+ soy capaz de aguantar más de 15 minutos sin ponerme la camiseta por encima. Convenciendo a la familia decidimos acercarnos a media tarde a la maravillosa cascada de Cioyo.
Aula de la escuela abandonada de Penzol. Castropol, 11 de julio de 2015. © Miki López

Aula de la escuela abandonada de Penzol. Castropol, 11 de julio de 2015. © Miki López


Aparcamos el coche junto a la escuela abandonada de Penzol, en el concejo de Castropol. La curiosidad nos hizo cruzar el umbral de la antigua
clase. Un viejo encerado de pizarra, aun pintarrajeado con monigotes, sumas y frases, llevan a mi imaginación las risas de los crìos que jugaban en el pequeño patio, hoy cubierto de maleza, y que entraban corriendo al aula con la llamada de su maestra. Se hacía tarde y decidimos bajar hasta la cascada. Por la empinada pendiente bordeada de cordajes, seguía pensando en la vieja escuela, en la pena tan grande que da ver el abandono de la zona rural asturiana condenada al envejecimiento y posiblemente a la desaparición. Las heladas aguas de Cioyo me despertaron el ánimo pero al volver a la carretera invité a mis peques a convertirse otra vez en los alumnos de la vieja escuela. Apreté el disparador de la cámara mientras los críos leían las palabras escritas en la pizarra. Salimos. Y volvió el silencio del abandono.