Curas, legionarios y capirotes

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Cruz y cofrade en la procesión del Cristo de la Misericordia. Oviedo, 11 de abril de 207. Foto: Miki López/La Nueva España

Ya lo decía el maestro Nacho Orejas: las fotos más estéticas para ilustrar un reportaje son las relacionadas con la iglesia y con el ejército. Y vuelve una Semana Santa más para demostrarlo, aunque a mi, cada día me cuesta más hacer algo distinto a lo del año pasado. Reconozco que me siento incapaz de reflejar la espiritualidad que debería de emanar de tanta procesión autopenitente. Algo me dice que detrás de los capirotes falta ese sentido inicial fervoroso de la pasión de Cristo. Y es que dicho así ,todo esto huele un poco a alcanfor. No discuto el poder turístico de todo lo que envuelve a estas procesiones que parecen sacadas de la noche de los tiempos, pero no deja de ser paradójico que, en plena crisis vocacional, las procesiones de esta semana congreguen a cada vez más personas al pie de los pasos de cristos y vírgenes de frente y corazón sangrantes. Toda una oda al sufrimiento en plena sociedad del bienestar que no parece estar muy cómoda bajo la cruz de la inmigración, los refugiados o el terrorismo. La cofradía de Los Estudiantes gana adeptos y público  año tras año. Mucho tiene que ver el atrezzo sureño de costaleros, legionarios, cabra y saetas que despliegan su carrera por la cuesta de Azcárraga. Es verdad Nacho Orejas: es imposible que las fotos salgan mal.

Las Bellezas de Longoria

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Eva Longoria. Longoria (Belonte de Miranda). 7 de Abril de 2017. Foto: Miki López/La Nueva España

Longoria es uno de esos pueblos asturianos por los que fácilmente pasas de largo. Y no por nada, sólo porque el destino y la carretera nacional lo han separado del mundo y de las fértiles vegas que riega el río Narcea en su pausado recorrido por el norte del concejo de Belmonte de Miranda.

Longoria fue cuna de los antepasados de Eva. Un palacio blasonado en mitad del pueblo es el solar de un apellido de hidalguía asturiana, como casi todos los de este país norteño. Pero como la hidalguía nunca llenó barrigas, más de un Longoria tuvo que hacer las américas en busca de un futuro mejor. Imagino que este sería el inicio de una historia que terminó en el regreso fugaz de una estrella de cine de Hollywood que, lejos de pasar de largo, se detuvo en aquel pequeño pueblo en el que se hundían las raíces de su familia.

Eva entró en Longoria móvil en mano, sonriente, cercana y sorprendida por el gaitero que la esperaba tocando a la entrada del pueblo. Un extraño “deja vú”, tipo Pueblo Ejemplar paso por el visor de mi cámara mientras Eva llegaba a su paraíso perdido. Pese a la discreción con la que los vecinos llevaron la organización de la visita, fue inevitable que allí nos plantásemos una docena de periodistas a esperar por aquella belleza en miniatura que, estos días, había aprovechado sus orígenes asturianos para lanzarle algún dardo de resentimiento a Donald Trump y a su nueva política migratoria.

La tarde trascurrió plácida entre vecinos, fotos y espicha junto al hórreo. Y siempre, siempre con una sonrisa en la cara que lo iluminaba todo. Y con muchos besos, regresó a su mundo de glamour dejando atrás la belleza de Longoria y de Belmonte de Miranda. No lo iba a llevar todo con ella.

Caminando sobre los raíles

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Vías del tren en San Román de Candamo. Miki López, 2006

Con 10  y 11 años mi hermano y yo hacíamos a diario equilibrios sobre los raíles de las vías del tren, camino de la estación de FEVE de Soto del Barco,  donde nos subíamos con un montón de chavles al destartalado vagón de gasóleo que bordeando el río Nalón,  acercaba a toda aquella “reciella” a los distintos colegios e institutos de Pravia. Llegando a destino, saltábamos al andén sin esperar siquiera a que la máquina se detuviese y, de vez en cuando,  veíamos como el más patoso del grupo terminaba de bruces sobre la gravilla del apeadero, entre las carcajadas histéricas de los que habíamos mantenido el equilibrio. Estas escenas repetidas a diario a finales de los 70 y principios de los 80, casi podrían costarle la custodia a más de uno de estos padres del siglo XXI entre los que me incluyo, porque la sociedad globalizada se ha obsesionado, a veces no sin razón, con la seguridad de los menores. El viernes, escuchando al gran Francesco Tonucci en la Universidad de Oviedo, reivindicando con evidente lógica una mayor participación de los niños en las decisiones transcendentales de la sociedad actual, uno se da cuenta de que el excesivo proteccionismo infantil es un lastre para los propios niños y, a la larga, para la propia sociedad. Somos capaces de dejar a  nuestros críos un móvil con conexión a internet sin ningún tipo de control al mismo tiempo que se nos eriza el pelo del cogote cuando vemos que se tienen que enfrentar por si mismos a un sencillo paso de peatones. Posiblemente los padres de los milenials no estamos preparados genéticamente para entender el peligro digital y en cambio, somos capaces de entrar en modo pánico cuando vemos a nuestros chavales caerse de una bicicleta en el parque tras provocar un derrape que termina pelando las piernas, las manos y los brazos, acabando la ventura en la consulta del médico de urgencias con doble dosis de antitetánica, ibuprofeno y de paso, un Tranquimacín para calmar la angustia de los progenitores.

En nuestros tiempos, los críos retorcíamos un tobillo y tirábamos un par de días cojeando. No recuerdo haber escuchado jamás la palabra esguince. Cuando alguno se caía de un árbol y se rompía un brazo, en los días siguientes tenías mucho cuidado de  no caerte tú, pero volvías a subirte al mismo árbol sin que tu madre te hubiese dictado una orden de alejamiento a menos de 1 kilómetro a la redonda del vegetal asesino.

Nos estrellábamos con las bicicletas  y no había una rodilla sin su correspondiente herida al lado de otra cicatriz abierta, pero era más fácil que llevases una bronca por romper el pantalón del chandal que por los arañazos sanguinolentos de brazos, manos y piernas que curaban a pelo y con saliva, sin que a nadie se le ocurriera saturar los servicios de urgencias del San Agustín. Vivíamos y disfrutábamos de la adrenalina del riesgo infantil como mero aprendizaje de los peligros que nos deparaba el futuro adolescente de los 80, lleno de motos de gran cilindrada, coches sin seguridad y playas sin vigilancia socorrista. Cayéndome de la bici en pantalón de deporte y sin casco,  aprendí lo importante que era ir bien equipado en moto y eso ya me salvó la vida una vez. Una traicionera corriente de agua en la playa de Aguilar me advirtió del peligro de bañarme con bandera roja en las aguas del Cantábrico y desde aquel día, nunca nado a contracorriente. Y así tantas cosas de mi vida infantil y adolescente que me han servido para ser una persona consciente de los riesgos como adulto. Pero mirándome al ombligo he de reconocer que quizás no esté preparado para asumir el riesgo que mis propios hijos deben correr en este nuevo entorno real y digital del Siglo XXI. Quizás fuese bueno que un día comenzasen a caminar otra vez sobre los raíles del tren, y a poder ser antes de cumplir los 18 años. Seguro que alguno pensará que este planteamiento no dejará de ser la chiquillada de un padre esquizofrénico, cuando en realidad puede que sea la recuperación de sentido común de un padre que fue tuvo una infancia feliz.

Magia en las Ubiñas

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Una carretera tortuosa y de asfalto infinitamente parcheado nos enfilaba lentamente hacia el valle por el que la luz se desparramaba con el brillo frío de la nieve. La silueta de la iglesia de Tuiza se recortaba contra las paredes verticales, mientras los copos recién caidos moteaban de blanco las rocas de la montaña en lo más alto del parque natural de Las Ubiñas. Aprovechando una inoportuna llamada de teléfono, detuve el coche y, tras atender a mi interlocutor, me apeé  con el firme propósito de intentar robar un poco de aquella belleza. Los contraluces con la nieve se hacen mágicos porque no hay mejor pintor o fotógrafo que la naturaleza misma. Entre rachas de viento helado, me subí a una pequeña loma que bordeaba la carretera echando de menos la cazadora que había dejado en el asiento trasero del Ford. Aguanté las embestidas de la brisa gélida que corría valle a bajo, busqué el encuadre y medí la luz. Mientras apretaba el disparador de la cámara, volví a sentirme afortunado de respirar una vez más el aire frío y balsámico de esta bendita tierra. De vuelta al coche vi como rápidamente las nubes negras volvían a oscurecer el cielo. Entre las ramas desnudas de las hayas se me presentaba una curva más,que seguramente escondía otro escenario en el que sería imposible no detener el coche para seguir robando esos trozos de magia que desprenden Las Ubiñas. Una gozada.

Recuperando la memoria

LNE OVIEDO

Ana García Boto, abogada de José Ángel Fernández Villa, pide tranquilidad a los periodistas que les rodean a la salida de los juzgados de Oviedo. 3 de marzo de 2017. Foto: Miki López/La Nueva España

 

Está claro que los juzgados le sientan bien a Villa. El ex secretario general del SOMA recuperó el carácter, el genio y hasta la lucidez después de un año y dos meses desaparecido en combate, atrincherado tras los informes médicos que su defensa blandía contra la justicia, las comisiones de investigación y los periodistas que querían saber de primera mano de donde venía toda esa pasta que el legendario sindicalista había tratado de blanquear acogiéndose a la amnistía fiscal en los tiempos de su última aparición pública a pie de barricada.

Ya lo dijo Arthur Shopenhahuer: “Cada uno tiene el máximo de memoria para lo que le interesa y el mínimo para lo que no le conviene”. Y ahora, dos meses después de tratar de hacer ver que no estaba para recordar determinadas cosas, resulta que solicitamos una pericial caligráfica, los originales de sus 17 tarjetas de crédito y que suba a declarar nada menos que una primera tanda de 34 miembros del SOMA. Encender el ventilador delante de la mierda es un clásico dentro de los clásicos, así que me imagino lo que estarán pensando todos aquellos que creían e idolatraban al gran líder de los mineros que ahora parece tener la intención de morir matando. Y viendo lo visto, será lentamente.

Gigantes

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Olas. San Esteban de Pravia. Miki López, 3 de febrero de 2017

Este blog suele ir de recuerdos. Muchos de ellos infantiles, con lo que ello supone de realidad sobredimensionada. Seguro que vosotros en alguna ocasión, al regresar a uno de esos lugares que no pisabais desde la infancia, os habréis visto sorprendidos por esa sensación de ver un espacio mucho más pequeño de lo que recordabais. Es como si la madurez nos hubiese convertido en un Gulliver inesperado, incluso decepcionado con la realidad que tus recuerdos engrandecían. Lo cierto es que las cosas son como uno las vive aunque no siempre como las recuerda. En este afán que ahora tenemos por cubrir los temporales del Cantábrico, echo la vista atrás y me veo asomado a la ventana de mi casa del barrio de La Magdalena, un escaparate inmejorable sobre la ría del Nalón y sobre aquel mar impetuoso que sobrepasaba con facilidad la barra del puerto de San Esteban. Las olas rompían sobre el espigón lanzando al aire toneladas de agua, espuma y piedras que caían al otro lado del muro ante la mirada acostumbrada de los que allí vivíamos. Esta mañana pensaba en aquellos temporales de hace años a los que nadie daba mayor importancia. Hoy, que todo gira entorno al océano de la red, cientos de fotógrafos profesionales y aficionados, nos damos cita frente a los faros y los acantilados de Asturias intentando ser los primeros en colgar nuestra foto en la web o en nuestras redes sociales, provocando una verdadera tormenta de inmediatez que deja obsoleta la imagen un minuto después de haber sido publicada en twitter, Facebook o Instagram. Tal vez sea por eso, por estar un poco cansado de esa carrera frenética de imágenes al segundo, que veo estas olas mucho más pequeñas que las que mi niñez recuerda. Quién sabe…tal vez eran gigantes como los de Don Quijote.

El cielo congelado

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Cielo estrellado. Puerto de Leitariegos. 18 de enero de 2017.© Miki López

Nunca me había planteado la idea de trabajar a 10 grados bajo cero. Mi última experiencia a bajas temperaturas en medio del temporal, terminó con la avería de las dos cámaras de fotos que me acompañaron en la aventura y eso que en ningún momento habíamos bajado de los 4 grados negativos. La tecnología sufre con el frío, pero desde luego lo pasamos peor los que no estamos acostumbrados a las cortantes ráfagas de viento gélido que atraviesan los valles más altos de las cordilleras asturianas. Subíamos el Puerto de Leitariegos con la vista fijada en el termómetro exterior de nuestro coche. Los números negativos nos acompañaron desde Cangas del Narcea hasta alcanzar los más de 1500 metros de altitud que terminan en las casas del Puerto de Leitariegos. Alguna luz tenue comenzaba a iluminar el interior de unos hogares que se cerraban herméticos a la cruda noche en mitad de la montaña. Dejamos el coche y cruzamos la carretera para perdernos en la oscuridad que a duras penas rompían las escasas farolas que bordeaban una de las calles del pueblo. Seguimos el estrecho camino que asciende con suavidad desde la pequeña plaza de la iglesia hasta los huertos que bordean la senda de la laguna de Arbas. Cuando miramos atrás, vimos el pueblo envuelto en la pátina  de una niebla casi trasparente, emergiendo de la oscuridad con la calidez de una hoguera recién encendida.  De pronto el viento levantó el telón de la calima que nos envolvía para mostrar por sorpresa la maravilla del cielo más estrellado que jamás habíamos contemplado. La temperatura bajaba por momentos y el frío entumecía los dedos con los que intentaba ajustar los controles de mi EOS 5, una cámara que decidió que esa noche, pese al frío, lo que iba congelarse era semejante espectáculo.