Luis Foncueva: tras el ciclo de la vida

Luis Foncueva. San Román de Sariego, mayo de 2007. © Miki López

Creo que he visto “El Rey León” más de 50 veces. Y puedo asegurar que no es ni por masoquismo lacrimógeno ni por un cuelgue enfermizo por las dulzuras de la Disney. La culpa de todo la tiene mi hijo Iyán, que en cuanto cumplió los dos años se enamoró de la dulce bondad de Simba y descubría el efecto hipnótico de la maldad de Scar, el felino flaco y vil que maquinó la muerte de su hermano Mufasa, el legítimo Rey León y padre del cachorro protagonista

Ahora que Iyán ha crecido bastante, ya es capaz de entender que la vida no tiene ese color pastel de las películas de Walt Disney. Y que la frontera entre buenos y malos es el lugar en el que se desarrolla la vida real, el lugar en el que nos encontramos la mayoría de los mortales que tenemos que trabajar a diario para que no se nos zampe la indiferencia de todo lo que pasa a nuestro alrededor.

A mediados de 2007 Eduardo Lagar y yo encontramos a Luis Foncueva en su llagar de San Román de Sariego. Aquella linea de gigantescas barricas de madera en la semioscuridad y el silencio hueco de aquella estancia me fascinó tanto que permanecía totalmente ajeno a la conversación que Eduardo y Luis mantenían en el exterior en aquella cálida tarde de finales de mayo.
Quería aprovechar la luz al máximo y apuré a Eduardo para poder hacer las fotos antes de que el sol bajase demasiado y dejase de filtrarse en aquella especie de santuario de la sidra. Luis estaba de buen humor. Y Lagar también, así que pasamos a la sesión de fotos. Primero aquí, luego allá, abre esta pipa, cierra el grifo, vamos pa este otro lao, apaga la luz…. Probé un montón de opciones en menos de 15 minutos, pero ninguna me parecía lo suficientemente buena. Me superaba la belleza de aquel llagar limpio, brillante y con el olor amargo a sidra en elaboración que, como si fuese parte de su alma, fue impregnando muros, techos y suelos a lo largo de años y años de elaboración sidrera.
Cuando salíamos, Luis apagó los fluorescentes y al acercarse a la puerta , las últimas luces del sol se abrían paso por el vano, bañando tenuemente la figura de aquel hombre que sonreía continuamente. Le llamé para que me mirase y disparé tres fotos. Ya lo tenía. Un hombre feliz en su entorno natural, en el lugar que le gustaba estar y por el que había luchado durante tantos años. Un hombre orgulloso de lo que hacía porque sabía que el empeño es la base del éxito. Y su empeño había convertido a sidra Foncueva en uno de los mejores productos del sector, sin una pretensión de producción industrial en la que los números superasen el afán por conseguir la mejor sidra. Posiblemente la mejor sidra del mundo.
Nunca más pude volver a hablar con Luis Foncueva. Aquella fue la última foto que le hice y precisamente aquella fue la foto que el destino hizo que cayese en manos de su hijo Cele poco después de la muerte de su padre.

Y en el hijo descubrí la esencia del padre. Comenzamos a trabajar juntos. Me encargó la documentación fotográfica de todo el proceso de producción de su llagar, desde la floración de los manzanos hasta el consumo en alguna de las mejores sidrerías de Asturias. Y me dejó hacerlo desde mi óptica personal. Y con ese planteamiento, surgió la amistad. Y desde esa amistad pude entender mejor todo ese ciclo vital de la sidra, con todos sus problemas, que son muchísimos, con las alegrías de los buenos resultados, con los apurones de la recogida, el mayao, el trasiego, el embotellado y la distribución. La satisfacción del cliente final, que entra en la barra y pide una botella de sidra con el apellido de Foncueva cierra el ciclo. Que todo pueda volver a empezar depende de ese culín bien escanciado.
Como en la película del Rey León, Cele Foncueva vela por la continuidad del ciclo que inició su padre. Eso sí, no necesita comerse a nadie. Yo sencillamente me lo bebo. Y es todo un placer.

El próximo día 10 de julio inauguramos la exposición “La Espiral de la Sidra” en el mejor escenario posible: el Museo de la Sidra de Nava. Y va por Luis Foncueva.

Seguro que recibirás este abrazo allá donde estés.

Miki López

Jabulani

Probando el Jabulani. Parque de Las Meanas, Avilés. 23 de junio de 2010. © Miki López


Italia y Francia ya le pueden echar la culpa a la dichosa pelota. Campeón y subcampeón del mundo han hecho el mayor ridículo de su historia futbolera en la que se habla de todo menos de buen fútbol: Iker y la Carbonero, entrenadores mosqueaos que no se saludan, bubufelas, atracos, inseguridad y dudas, dudas por todas partes. Y “La Roja” no se libra. No se puede leer el Marca porque parece que quieren declarar persona “non grata” a Villa, me imagino que será por lo de fichar por el Barcelona. Según el periódico, y como si de un fantasma del pasado se tratase, volvemos a tener dos Españas: la del tiquitaca o la de del Bosque.
Ya lo decía Valdano: no hay rival pequeño. Mira la que nos liaron los suizos. Así que mañana a dejarse de historias, buscar verticalidad y marcar un par de goles prontín. Y por mi, que pongan a la Carbonero detrás de la portería de Casillas. Ye más fácil que despiste al delantero que a su novio y según tenemos al Iker no nos vendría mal cualquier tipo de ayuda.

Probando el Jabulani. Parque de Las Meanas, Avilés. 23 de junio de 2010. © Miki López


Yo por mi parte, estuve probando el Jabulani ayer en el parque. Que quieres que te diga…pa mi ye un balón de aquellos que llamaba mi padre “de reglamento”. La duda ofende. Probe pelota.

Verano

Salto al agua. San Juan de La Arena. Septiembre de 2009. © Miki López


Voy abrir este verano con la última foto estival del año pasado. La hice en San Juan de La Arena, una de esas tardes en la que los padres ya están cansados de playa, de arena, de terrazas y de dar tumbos de parque en parque. Los críos saltaban al agua desde los muelles del puerto viejo mientras los mayores los mirábamos recordando los mismos saltos que dábamos desde el mismo lugar. Y no hace tantos años.
Había que coger impulso porque la pleamar ocultaba las traicioneras escaleras de la escollera y siempre te quedaba el temor y la duda de que si serías capaz de caer más allá de donde se encontraban sumergidas en el agua. Todos saltábamos aunque tuviésemos los huevos en la garganta. Preferías romperte una pierna contra uno de aquellos escollos que quedar mal delante de los colegas y de las guajas que nos miraban con admiración. Una de las primeras lecciones que aprende uno en la vida es que vale más pasarse de largo que quedarse corto. Y si no vale más que no saltes. Aunque se rían de ti. En verano también se pueden hacer otras cosas. Felices chapuzones a todos.

Barayo, con el agua al cuello

Mandos de la Unidad Militar de Emergencia hablan por teléfono frente a una de las casas inundadas en El Bao © Miki López


Dos jornadas en Barayo me sirvieron para ponerme a pensar para que cojones sirve el rimbombante título de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. A ver si por lo menos el plan Bolonia mejora la utilidad de la titulación, porque lo del pueblo de El Bao no tiene nombre. Los técnicos responsables del trazado que terminó de construirse en 1985, fueron incapaces de prever lo que el más mínimo sentido común hizo poner en alerta a los propios vecinos. Ante sus narices se levantaba una presa de relleno de unos 20 metros de altura que atravesaban tres tubos metálicos de entre 2 y 3 metros de diámetro a modo de aliviadero bajo toneladas y toneladas de tierra sobre la que se asentaba el asfalto de la concurrida nacional 634.
Vecinos afectados por las inundaciones del río Barayo.  © Miki López
En Asturias llueve. Y llueve mucho. Ayer, mientras esperábamos a que las excavadoras pudieran “abrir compuertas”, recordaba con Eloy las grandes riadas del Nalón que aparte de árboles de gigantescas dimensiones, dejaban surrealistas escenas de vacas vivas bajando como lanchas a motor entre los restos de troncos y maderos. Y un río como el Barayo, rodeado de una frondosa vegetación como antesala del impresionante estuario de su desembocadura, no es una excepción y uno de esos arboles la lió parda. Tupió el tubo, inundó el pueblo y pone en peligro el paisaje protegido de Barayo. ¿Y ahora qué?. Pues nada. Tiramos la carretera.
Ya no vale.

Paseos ocres

Paseo de la ría. Avilés, 2010. © Miki López


No sabía yo que me iba a costar tanto lo del desarraigo avilesino. El caso es que tengo que reprimir el impulso de ponerme a tirar fotos a todo lo que se mueve por Avilés, con el fin de archivarlo pa publicarlo en cuanto se presente la mínima ocasión. Ir de paseo por la ría parece que me agrava los síntomas de esta enfermedad asociada a esta ciudad en metamorfosis postindustrial. La ría, el Niemeyer, baterías, los puentes de hierro y los anónimos compañeros de paseo que se cruzan conmigo, han formado parte de mi vida durante tanto tiempo, que son como parte de mi familia. Y la familia ye la familia. Ya lo decía Corleone.

Paseo de la ría. Avilés, 2010. © Miki López

Sombras de protesta

Manifestación de funcionarios. Oviedo, 2 de junio de 2010. © Miki López


Salir de la crisis nos va a costar bastante más que el 5% de los empleados públicos. La solución pasa por aumentar los ingresos (lo fácil ahí es subir los impuestos) y/o por reducir los gastos. Tengo muchos amigos funcionarios, la mayoría mileuristas y les jode un huevo lo de perder esos 50 euros al mes que hace que su hipoteca suba ese 5% que seguirá embolsando el mismo banco al que tenemos que rescatar por sus mal medidas maniobras “inmobiliarias”. Paradójico.
Lo cierto es que hay demasiados funcionarios. O por lo menos mal repartidos. En algunos sectores hay tres currantes donde sobran dos. En otros hay uno y se necesitan tres. Y suele pasar eso de que te atienden mejor donde faltan que donde sobran y eso termina por quemar a cualquiera (de un lao y del otro de la ventanilla).
Pero al César lo que es del César. Llegar a funcionario requiere un huevo de horas de estudio pa muy poca pasta y una vez que consigues una plaza de esas “pa toda la vida”, lo menos es que no te mengüen la pasta a golpe de decreto. Así todo, creo que hay que reconocer que los empleados públicos están arrimando el hombro y que esas sombras de protesta son más una venda para una herida que casi se ve como necesaria ante un panorama que se plantea tan negro. Habrá que esperar por tiempos mejores.