Recuerdos “vintage”

Sillas de cocina. Amieva 2007.  © Miki López

Sillas de cocina. Amieva 2007. © Miki López


En un chino te encuentras de todo. Incluso cosas que se habían quedado estancadas en el subconsciente infantil y que, en ocasiones, reflotan en el lugar más insospechado. Curioseando entre las estanterías, tropecé con unas jarras y tazones de latón que me devolvieron imágenes y escenas vividas en las viejas cocinas de mis abuelos, entre los aromas a carbón incandescente y café de manga. Eran recipientes como aquellos en los que se hervía la leche en los tiempos en los que no había microondas. Por aquel entonces, el menaje de las cocinas era el mismo en todas las casas. La vajilla, el moviliario, la cacharrería…Seguramente todo consecuencia del hermetismo franquista y de la fabricación en serie de los artículos de primera necesidad que se producían por el declive de la artesanía y el vertiginoso crecimiento demográfico de los años 60 y 70.
Me imagino que la apertura a los mercados exteriores propició que aquellos muebles y cacharros que duraban toda la vida, terminasen sus dias en los centenares de vertederos clandestinos que también se pusieron de moda por aquellos tiempos, y fueron sustituidos por otros artilugios postmodernos y de diseños variados que entraban a oleadas en el nuevo panorama de los hogares españoles.
Cogí uno de aquellos tazones metálicos, lacado en color crema y con un reborde pintado en azul con la sensación de que algún recuerdo difuso y agradable me venia a la memoria. Le di la vuelta y leí el precio: 0,80 €. Unas 140 pesetas de la época. A mi abuela le hubiese dado un patatús, pero hoy a mi no me da ni para un café. Fui a la caja y pagué. Cuando salía de la tienda me acordé de las viejas sillas de cocina que había fotografiado hace algunos años en un pueblin de Amieva y en la manía que tienen las modas de devolvernos a tiempos pasados pagando barbaridades. No era el caso de mi tazón.
Llegué a casa con la intención de escribir este post tomándome un café en mi flamante taza “vintage” de latón que por cierto, no vale para el microondas. Eso me pasa por retro.
Feliz sábado vintage.

Covadonga

Devotos de Covadonga suben la escalera que da acceso a La Cueva. Covadonga, Cangas de Onís. 20 de septiembre de 2015.  © Miki López

Devotos de Covadonga suben la escalera que da acceso a La Cueva. Covadonga, Cangas de Onís. 20 de septiembre de 2015. © Miki López


El verano no parece querer acabarse en Covadonga. Sólo la suave brisa que recorría los rincones de los jardines del príncipe hacían recordar que el otoño siempre ganará esta batalla de finales de septiembre. Caminábamos despacio. Aquí nunca hay prisa porque el tiempo parece pararse en uno de los rincones más maravillosos de los picos de Europa.
Llegamos a la entrada de la basílica. Una multitud de turistas y devotos salían entremezclados con las sotanas y las túnicas de los chavales de la escolanía que acababan de cantar la misa de 12. Cruzamos el umbral del pórtico entre el sol y la muchedumbre. La Cruz de la Victoria resplandecía sobre el altar mayor entre los humos y los aromas del incienso que inudaban un templo que a esas horas respiraba poco recogimiento. Como en una pequeña torre de Babel, los acentos multiculturales de los guías turísticos recorrían la explanada de Covadonga mientras la megafonía hacía recordar a los visitantes que se encontraban en un lugar de culto. A la entrada de la cueva, la gente se arremolinaba entorno a las estanterías repletas de velas encendidas, todas ellas con un ruego, un deseo o una esperanza. Cuantas penas ahogadas en una llama.
La cola para ver a la Santina se movía despacio. Los carteles rogaban un silencio negado por el continuo rumor de la multitud que, poco a poco, traspasaba la verja de la cueva. La mayoría se paraban ante la imagen de la virgen, se persignaban y daban la vuelta para salir por el mismo sitio. Otros se sentaban en los escasos bancos colocados frente al altar, se arrodillaban y rezaban en silencio. Yo debía esa visita del que no sabe rezar pero se siente agradecido a la vida, por poder compartirla con una familia maravillosa y unos amigos extraordinarios. Cierto es que da muchas hostias, todos lo sabemos y tarde o temprano se nos mostrará cruda, dura y muy cuesta arriba. No hay que desfallecer porque hay algo que ya decía el gran Andrés Montes y que ayer recordaba emocionado Siro López: ” La vida puede ser maravillosa”. Sin duda lo es.
Doy gracias.

El dilema de Nel

Que difícil debe ser para un crío romper con una actividad que le gusta, al ser incompatible con otra que también le fascina. Ese tipo decisiones a estas edades, son los mejores entrenamientos emocionales para otras decisiones vitales que les deparará el futuro.
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Creo que no hay nada más agobiante que la sensación de incertidumbre ante la duda de que si habrás tomado la decisión adecuada y la certeza de que nunca llegarás a saberlo. Pero así es la vida.
Algo tan banal como el deporte, se ha convertido en estas semanas en un dilema que no ha dejado dormir al más pequeño de la casa. Fútbol o judo. Nel terminó el verano convencido de tratar de compaginar sus dos pasiones deportivas de cara a su último año como deportista alevín en ambas especialidades. Terminó muy bien la temporada pasada de fútbol con su equipo del CD Quirinal y consiguió un merecidísismo subcampeonato de Asturias en su segundo año en la categoría de judo alevín, un resultado muy trabajado compitiendo totalmente fuera de peso, con la dificultad psicológica que eso supone para cualquier deportista, sea de la edad que sea.
Pero este año, la programación de los dos clubes hacía muy complicado el compromiso con ambos entrenadores. La dinámica de sus equipos suponía que el pobre crío tendría que entrenar todos los días de la semana, alguno de los cuales en sesión doble. Pese a ello, Nel decidió comenzar septiembre con ese propósito, siguiendo los pasos de su hermano Iyán, que se vio en esa tesitura durante su último año como alevín.
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Pero cada persona es un mundo, y los que conocen a Nel saben que su nivel de compromiso y su miedo a defraudar son para él un problema casi patológico. Por eso, y sin querer forzarle, desde casa le animamos a tomar esa decisión a la que le dimos un margen prudencial. Mi accidente diluyó un poco el asunto, porque cuando pasan estas cosas, la vida te enseña a relativizar problemas que no lo son en absoluto. Y tomó la decisión definitiva de abandonar el fútbol.
Dejamos atrás el CD Quirinal, donde nos quedan montón de amigos y buenos recuerdos. Como padre agradezco a la directiva y especialmente a los entrenadores que nos tocaron en suerte, todas las atenciones recibidas a lo largo de estos maravillosos años en lo que tantas cosas hemos aprendido. Os aseguro que, pese a que consideramos que es una decisión adecuada, sentimos una pena tremenda de dejar atrás tantas emociones y alegrías defendiendo esa equipación verdinegra del CD Quirinal, un club referente en el futbol base asturiano, sin duda, por merecimientos propios.
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Muchas gracias a nuestros tres entrenadores principales: Borja, Dani Celard y Vivi Busto, personas comprometidas que, casi de forma anónima y gracias a su amor por el fútbol, hacen grande a este deporte que les trae muchos quebraderos de cabeza. Se saben bien aquello de que todos los padres pensamos que tenemos un Messi en casa. Vaya moral que tenéis.

Y gracias y sobre todo mil disculpas a Lolo, el último entrenador de Nel, al que no conozco mucho, pero que esta semana me ha demostrado que jamás antepondrá los intereses de un club a las necesidades de los niños que tiene bajo su tutela. Eso solo lo hacen los maestros amigo mío.  Gracias Lolo, gracias por tu comprensión.
Y a los papis nuestros mejores deseos, en especial a los que subían con nosotros este año y con los que ya hemos compartido varias temporadas: Reyes, Marcos, Marisol, Juan, Esme y demás compañeros sufridores de grada. Os echaremos mucho de menos. Deseamos de corazón que vuestros hijos sigan aprendiendo a ganar, a perder y sobre todo a levantarse con los valores del trabajo en equipo que no solo forma deportistas. También forma personas que al final es lo importante.
Bueno, que sepáis que esta decisión va restar un gran jugador que llevaba camino de convertirse en Lio-NEL Messi, pero bueno, seguiré echando la primitiva, porque con esto del judo, no se yo…
Con esta sonrisa, mil gracias a todos y hasta siempre.

No solo profesores

Una vez tuve un maestro. Yo estaba en 1º de BUP pero ya no se les podía llamar así. Pasaban a una especie de categoría superior que los convertía en profesores.

Iyán y Nel en las escuelas abandonadas de Penzol (Castropol). Julio de 2015. © Miki López

Iyán y Nel en las escuelas abandonadas de Penzol (Castropol). Julio de 2015. © Miki López

Los maestros solo estudiaban tres años de una diplomatura de contenidos muy generalistas pero de gran carga pedagógica. De hecho, la pedagogía era la base fundamental de esa carrera que tenía un fuerte componente vocacional. Los jóvenes maestros de aquella lejana EGB de los años 70 y 80 tenían la oportunidad de trabajar con los críos en una escuela hasta que los chavales cumplían los 14 años. Eso daba una ventaja tremenda a los alumnos y a los propios educadores que, al menos en mi caso, tuvieron el tiempo suficiente para darnos las herramientas y las técnicas de estudio apropiadas para enfrentarnos al bachillerato en plena ebullición hormonal. Antes ibas a un instituto y solo veías adolescentes. Hoy ves un batiburrillo de niños imberbes, adolescentes, repetidores y algunos grunges que no distingues si son profesores o alumnos. Críos de 12 años se destetan en un ambiente caótico desencadenado por la LOGSE de 1990, una reforma que fue uno de los mayores errores educativos del Siglo XX.

Un niño vuelve del colegio en Llorío (Laviana). 26 de abril de 2007. © Miki López

Un niño vuelve del colegio en Llorío (Laviana). 26 de abril de 2007. © Miki López

Un sistema que obviaba aspectos básicos de la psicología evolutiva, que requería y requiere un profesorado muy especializado en pedagogía que solo se formaba en las escuelas universitarias de magisterio y en la facultades de Ciencias de la Educación. Cierto es que en los inicios de la reforma, por la propia inercia del sistema, muchos maestros pasaron a impartir clases en los dos primeros años de la nueva ESO, pero todo lo demás se solucionaba con el famoso CAP o curso de adaptación pedagógica que facultaba a licenciados de todas las ramas educativas a impartir clases en esos niveles con una gran formación académica y una dudosa capacidad pedagógica. Los fracasos escolares se dispararon. Eso está en las estadísticas que tanto les molan a los que mandan cuando salen a su favor, pero que enseguida entierran cuando no les convienen los números. Un verdadero maestro era capaz de mirarse al ombligo porque así nos lo enseñaban nuestros profesores de magisterio.
Aquellos pedagogos con mayúsculas nos decían que nosotros éramos los médicos a largo plazo de la cultura de un país. Que jamás diésemos por perdido un caso en el que tuviésemos la mínima duda de que el problema podría partir de nosotros mismos. Un buen maestro jamás se rinde. Mi hijo Iyán tuvo muchos buenos maestros en su primera etapa escolar. Uno de ellos repetía los exámenes hasta que no conseguía un 90% de aprobados y así consiguió una clase homogénea en la que los más capaces tiraban de los más lentos alcanzando juntos los objetivos del ciclo. Unos de forma más brillante y otros algo menos, pero seguían adelante sin recluirlos en un vagón de cola. Ahí estaba el verdadero maestro, velando precisamente por los que tenían más dificultades y tratando sin descanso de reengancharlos al ritmo de los más brillantes. Sin duda un trabajo duro y encomiable.
Pero llegó el instituto y el sálvese quien pueda. Pasamos de una escuela tradicional a un régimen casi universitario, complejo y lleno de sinsentidos como el de algunos institutos en los que los propios críos no traen sus exámenes a casa para poder ser revisados por los padres que tengamos interés en hacerlo. Y estamos hablando de niños de 12 años inmersos en clases con asignaturas en las que llega a suspender hasta el 50% del alumnado. Y no pasa nada oye. El problema es que no se puede perder el ritmo de los que si tiran, de los que se valen por sí mismos. Si suspendes ya sabes lo que tienes que hacer: ir a clase particular o que te ayuden en casa. Tócate los cojones. Menos mal que la enseñanza es pública. Y se de sobra que los alumnos no son como los de antes, que los docentes estás sobresaturados, muchos sujetos a la interinidad y la mayoría desanimados. Pero como en todos los trabajos oiga. Al final muchos profesores y pocos maestros. Qué pena me da saber que buena parte de nuestros hijos nunca vayan a tener la suerte que yo tuve de tener un profesor que era un maestro. Y nada menos que de matemáticas.
Siempre en la memoria, don Jose Luís.

La Boda

Aquel crío era un demonio. Lo recuerdo saliendo a la carrera de la casa de Maruja, nuestra abuela materna, mientras mi tía Tuti le perseguía desquiciada después de su última trastada de guaje inquieto. Siempre pensé que si un día lo llegaba a alcanzar terminaría por estrangularlo. Menudo elemento. Pero Jano, así le llamábamos, se convirtió en Alex y tuvo un hermano, Iván, otro gran tipo que también tuvo lo suyo.

Alex y Amaya. Luanco, 22 de agosto de 2015. © Miki López

Alex y Amaya. Luanco, 22 de agosto de 2015. © Miki López

Pero como de los palos salen las astillas, de gente como mis tios Tuti y Paco, no podía salir otra cosa que no fuese buenas personas. Y el buen Alex encontró a la dulce Amaya y decidieron casarse, cosa rara en estos tiempos. Nos dieron la noticia hace unos meses. Mi padre ya estaba enfermo y recuerdo la noticia con sabor agridulce, porque se que al viejo le hubiese encantado ver como se casaba otro de sus sobrinos. Los acontecimientos dictaron su ausencia y en consecuencia la de mi madre, pero los tres hijos, por deseo de ella y el nuestro propio, decidimos ir acompañando a todos nuestros tíos y primos a la primera reunión familiar tras la muerte de papá. La ausencia de mis padres fue una losa para todos. Se notaba en la atmósfera de una familia tan numerosa y siempre tan unida. Pero la vida continuaba y el ejemplo lo teníamos en nuestros anfitriones, así que aparcamos las lágrimas y acompañamos a los novios con todo el optimismo del mundo en el inicio de esa aventura de la vida en común para compartir, entre otras cosas, un montón de facturas.
Muchas felicidades y alegrías para el futuro. Es vuestro.

La boda en vídeo en flash en http://www.mikilopez.com

Volver a nacer

Han pasado cuatro días, solo han sido lesiones leves, pero todavía me duele todo. Aunque lo peor es rememorar el segundo fatal en el que la rueda de la moto resbaló a unos 120 km/h sobre la pintura de una de las señales viales en forma de flecha que el Ministerio de Fomento coloca en el medio de de lo carriles cuando las autovías se bifurcan.
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Eran las 9:20 de la noche y en ese momento no llovía. La carretera estaba húmeda y yo rodaba tranquilo por mi derecha y pendiente de las maniobras de los vehículos que me precedían. La intersección de la “Y” en sentido Avilés, es uno de los lugares más conflictivos de esta vieja autopista asturiana y soy muy consciente de ello. La cruzo prácticamente a diario y es un punto en el que coches y motos reducen la velocidad ante la disuasoria presencia del radar fijo que la DGT tiene colocado un centenar de metros más arriba de la separación de los carriles.
Todo pasó muy rápido. Circulaba por el medio del carril con una ligera inclinación hacia la izquierda para trazar la curva con suavidad. Recuerdo que miré por el retrovisor porque vi la luz de un coche que iniciaba la maniobra de adelantamiento. En ese momento sentí como el motor de mi moto subió las revoluciones sin que yo hubiese tocado el acelerador. Era la señal inequívoca de que la rueda de tracción había perdido adherencia y en milésimas de segundo la Honda comenzó a resbalar hacía la derecha perdiendo el centro de gravedad. Cuando la rueda salió de la pintura volvió a aferrarse al asfalto, pero ya era demasiado tarde. El latigazo me hizo soltar el manillar y comenzaron los segundos más terribles de mi vida. Caí a esa tremenda velocidad sobre mi costado derecho y comencé a dar vueltas sobre mi mismo. Hice todo lo posible por tratar de estabilizar la locura incontrolable de mi cuerpo, siendo totalmente consciente de que en cualquier momento podía llegar el golpe fatal de un quitamiedos o de cualquiera de los coches que me precedía.
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El ruido dentro del casco era estremecedor. La fibra del material rozaba contra la lija de ese asfalto de la “Y” que se convierte en un autético rastrillo de cemento. Conseguí equilibrar la “arrastrada sobre la espalda y vi la moto delante de mi, echando chispas por la fricción de sus metales contra el suelo, Parecía un cometa en la oscuridad. Levanté las piernas y redirigí mi cuerpo frenando con los brazos y los guantes pidiendo a Dios que no me arrollase nada de lo que venía detrás de mi. Fueron cien metros de terrible incertidumbre. Cuando me detuve la misma adrenalina me hizo levantarme como un resorte, miré hacia atrás y vi como, gracias a dios, los coches fueron deteniéndose detrás de mi y encendiendo los intermitentes de emergencia. La moto estaba en medio de la calzada unos cincuenta metros más adelante. Alguien salió de su coche y me ayudó a levantarla y dejarla en el arcén derecho de la autopista.
Victor, otro conductor que se detuvo en el arcén, me dio un chaleco reflector mientras otro joven llamaba al SAMUR.
Era consciente de que la adrenalina ocultaba los dolores y eso me hizo sentarme sobre un quitamiedos y tratar de chequear todas las partes de mi cuerpo. Me quité los guantes destrozados por la fricción y vi sangre en ambas manos. Comencé a notar dolor en el tobillo derecho y en ambos hombros. No podía creer lo que me había pasado. Nadie tenía la culpa. Solo la puñetera señal vial. Había perdido la cartera y el móvil. Los llevaba en el bolso de la pernera de mi pantalón motero. Y ese bolso había desaparecido. La ropa había quedado prácticamente inservible pero había cunplido con eficacia su función. De no ser por ella, mis lesiones, sin ninguna duda, serían muchísismo más graves.
Llegó la Guardia Civil. Ellos mismos me preguntaron que si había resbalado con la puñetera flecha y que cuando les avisaron se temían lo peor.
-“Volviste a nacer chaval”
No tengo la menor duda. Las luces de la ambulancia aparecían a lo lejos.
Hoy comienza otra lucha. La que entablaré contra los que permiten que esas señales viales se conviertan en las trampas que, estoy seguro, han segado más de una vida inocente que cumplía con las normas establecidas, mientras otros en sus despachos son capaces de mirar hacia otro lado. Solo se me ocurre un calificativo.
Sinvergüenzas. Por no llamarles otra cosa.