Ibias

Cabras pastando en la cola del Embalse de Grandas a la altura de Riodeporcos (Ibias). Enero de 2006. © Miki López

Corría el invierno de 1992 cuando crucé por primera vez el Pozo de la Mujeres Muertas. Recuerdo que me cayó el “marrón” porque a ninguno de mis veteranos compañeros fotógrafos les apetecía sufrir semejante viaje de 4 horas desde Oviedo para cruzar por San Antolín de Ibias en dirección a Cecos. La carretera serpenteaba estrecha y peligrosa por sombrías laderas blanqueadas por el hielo. Recuerdo que al llegar al alto la lluvia hizo acto de presencia oscureciendo un valle al que coronaba un cielo plomizo y triste. Con todo, el paisaje era sencillamente sobrecogedor. La inmensidad del espectáculo me hizo parar el coche para hacer la primera foto. Tristemente todo aquel material se quedó en el desparecido archivo de La Voz de Asturias y pese a que repetí muchas veces aquella ruta, jamás volví a sentir aquella sensación de haber descubierto un mundo nuevo, el mundo mágico y secreto en el que todos los seres de la mitología asturiana habían decidido esconderse.

Bendito “marrón”.

Campanario de la iglesia de San Antolín de Ibias. Junio de 2012. © Miki López

Bendita Sombra

Un anciano fuma a la sombra de los árboles de la plaza de Porlier. Oviedo, 18 de agosto de 2012. © Miki López


No nos acostumbramos a estas temperaturas oiga. Las olas de calor en Asturias ya son más habituales que las de frío, que año tras año se hacen esperar cada vez más. Nosotros, los Mazinger Celtas del norte, sufrimos lo indecible por encima de los 25 grados y miramos con envidia a la legión de turistas sureños que corren en chanclas por la plaza de la Catedral con 32 a la sombra y con la soltura de un camello por las dunas del Sahara. Pensar en dar dos pasos por encima del enlosado ardiente me da escalofríos. Así que llevo toda la tarde buscando esos resquicios de sombra en los que purgar los calores de agosto de este Oviedo sin playa.
30 kilómetros hacia el norte esta ciudad sería casi perfecta. ¿O no?

Fuente del paseo del Bombé. Parque de San Francisco (Oviedo). 18 de agosto de 2012. © Miki López

Agosto

En agosto Oviedo se amodorra como una lagartija al sol del desierto. A ratos, pequeñas oleadas de turistas parecen despertar a la ciudad de la dulce siesta estival. En una terraza de Porlier una mujer se afana tratando de mover la sombrilla que protege el carrito de su bebé en un intento baldío por refrescar a una criatura que inexplicablemente duerme cubierta por una manta.

Vendedor ambulante. Oviedo, 17 de agosto de 2012. © Miki López


A las 3 todo se para. Excepto los avezados a este calor africano que siguen moviéndose ágiles entre terraza y terraza con su catálogo de gafas de sol y relojes de “palo”, sin importarles ni el calor ni la policía ni su in-seguro médico.

San Lázaro, Oviedo. 17 de agosto de 2012. © Miki López


El viajero de Úrculo es una trampa abrasadora para los incautos que posan para la foto apoyándose en el broce ardiente de una estatua apertrechada en su eterno abrigo invernal y su sombrero de ala ancha.
La pereza me puede a esta hora de la tarde.

Turistas en la plaza de Porlier. Oviedo, 17 de agosto de 2012. © Miki López


Camarero por favor, un café con hielo. Bien cargado.

Playa de L’Arena

Tengo yo un cariño especial a la playa de Los Quebrantos. Seguramente porque allí me di aquellos primeros baños de mar entre los restos de la gravilla de carbón que el río Nalón escupía hacia el arenal de L’Arena. Y fue precisamente ese carbón el que mantuvo alejados durante muchos años a los turistas avezados a las arenas blancas de otras conchas asturianas. Al igual que otras playas de regodón que salpican la costa occidental de Asturias, estos refugios de naturaleza marina se vieron libres de los asaltos urbanísticos de las últimas décadas, quizá salvados por la campana de los planes de costas justo en el momento en que una serie de peligrosos proyectos comenzaban a asomar entre las suculentas licencias de obra de algunos ayuntamientos.

Playa de Los Quebrantos. San Xuan de L´Arena. 10 de agosto de 2012. © Miki López


En los años noventa bajábamos a la playa a tomar cervezas al rededor de una hoguera. Entrado el verano, en las tardes próximas a las fiestas de San Telmo, despedíamos las vacaciones universitarias con buena música en “El Bus”, un chiringuito neohippy regentando por el bueno de Bernardo y su compañera Pili, que en sus orígenes era literalmente un autobús anclado en la arena de las dunas. Jamás olvidaré los atardeceres que disfrutamos al calor de su música acompañados del amargo sabor de las cañas a cien pesetas.
Hoy, en el mismo solar que ocupaba “El Bus”, tomé un café con hielo en la típica terraza de un típico chiringuito rodeado de típicos veraneantes enchancletados en sus típicas bermudas mientras decenas de coches deambulaban buscando un aparcamiento más que improbable. Algo muy típico también en los días que corren.
En el regusto del café busque el sabor de lo auténtico y no lo encontré.
Recordé la vieja canción.
Cualquier tiempo pasado….

El Sella

Fiesta de les piragües. Arrindas, 4 de agosto de 2012. © Miki López


Lo del descenso del Sella, como tantas cosas del verano, no deja de ser un bucle en mi vida periodística al que siempre llego con la intención de hacer algo distinto para acabar haciendo lo mismo de todos loa años. Al final no hay más cera que la que arde y si te arriesgas con florituras puedes acabar quemándote y sin foto. Mi amigo Alberto Morante, que sabe mucho de esto, lo dice y tiene toda la razón del mundo “¡Pero si siempre es los mismo! No hay que comerse la cabeza.”
Lo importante del descenso del río a nivel deportivo es la salida, por lo vistoso y la llegada, por lo emocionante (a veces). Lo demás aunque muy, muy bonito, supone el serio riesgo de comerse alguna de las fotos indispensables.

Descenso del Sella, antes de la prueba. Arriondas, 4 de agosto de 2012. © Miki López


Descenso del Sella. Tras la prueba. Arriondas, 4 de agosto de 2012. © Miki López


Cualquiera que conozca este tramo del río sabe que hay infinidad de ángulos ideales para una prueba deportiva donde lo verdaderamente espectacular es el paisaje y la fiesta. El viernes descendí por tercera vez el Sella guiado, una vez más, por mi amigo Calo Soto y por tercera vez me maravillé con el espectáculo visual de un río por el que podemos sentirnos orgullosos. Evidentemente, la víspera de la prueba deportiva del año no es el día idóneo para conocerlo. El caudal del Sella se convierte en una autopista con atascos incluidos. Carteles en medio del pedrero rozan lo surrealista invitándote a apearte de la canoa para tomar unas sidras, o lo que se tercie, en un chiringuito que casi hace la función de bar de carretera, con la salvedad de que no hay controles de alcoholemia tras la primera curva. Al menos de momento, que todo se andará.
Pese a todo, el Sella mantiene su hermosura abstrayéndote de esta locura turística de agosto.
En septiembre, cuando el otoño asome, volveré a emborracharme de la bendita belleza de este cauce. Seguro que volverá a sorprenderme.
Es el Sella, amigo.