Era por mayo

Arco Iris tras la tormenta. San Juan de Nieva. 13 de mayo de 2013. © Miki López

Arco Iris tras la tormenta. San Juan de Nieva. 13 de mayo de 2013. © Miki López


Era por mayo. Un día de semana cualquiera, la villa vaciaba sus calles con la lluvia de una primavera tan larga como esta. Las nubes se recortaban sobre ese horizonte tan especial que tiene el mar de Cudillero, un mar de múltiples tonalidades turquesa a las que siempre acompaña la grave melodía del Cantábrico. El bar estaba cerrado al público. Sobre una mesa del comedor fuimos dejando las cajas de los instrumentos mientras el resplandor del sol, reflejado sobre la rampa mojada, se colaba con fuerza por las cristaleras de puertas y ventanas. Solo era una espejismo. El manto negro de la tormenta engulló aquella intensa luz blanca dejándonos casi en penumbra. Afinábamos los instrumentos. Entre la pausa de aquel “mi Bemol” se coló el estruendo lejano de un trueno y el repiqueteo de la lluvia comnenzá a acompasar los primeros acordes de una guitarra que daba pie a flautas y violines de vertiginosos ritmos binarios. Los flases de los relámpagos rompían la penumbra de “La Taberna del Puerto”, el bar donde pasamos aquella aquella tormentosa tarde de mayo entre inolvidables melodías irlandesas, bretonas y asturianas. Era por mayo. Cualquiera lo diría.
Tormenta superando la pela de La Deva. 13 de mayo de 2013.© Miki López

Tormenta superando la pela de La Deva. 13 de mayo de 2013.© Miki López

Una vuelta corta

Hace casi 20 años cubría una de aquellas vueltas a Asturias de los 90 en las que era casi normal que participasen corredores de la categoría de Miguel Indurain. Bajábamos en moto puertos envenenados de gravilla y curvas de 180 grados persiguiendo a aquellos chiflados de maillot ajustado que se jugaban la vida rozando las cunetas que asomaban a verdaderos precipicios.

Vuelta ciclista a Asturias a su paso por los túneles de la carretera de Mieres, 11 de mayo de 2013.  © Miki López/La Nueva España

Vuelta ciclista a Asturias a su paso por los túneles de la carretera de Mieres, 11 de mayo de 2013. © Miki López/La Nueva España


Pasé miedo, mucho miedo descendiendo a tumba abierta el alto de La Cobertoria, atrapado entre dos escapados y un pelotón capitaneado creo recordar que por el mismísimo Miguelón. Pepe pilotaba como podía tras la estela de un motorista de la Guardia Civil que perdió el control de su máquina en una curva de izquierdas para terminar con sus hierros y sus huesos en una cuneta estrecha cubierta de vegetación. Yo seguía rezando. No se acababa el puñetero puerto y me agarraba a Pepe y a la cámara acordándome de todo el santoral del calendario. Llegamos sanos y salvos a meta, pero no tuvieron la misma suerte otros compañeros. Hoy me acuerdo de mi amigo Alberto Pérez que precisamente tuvo que dejar esta profesión por un desgraciado accidente de moto en la edición del año 2001 por culpa de un irresponsable que se saltó el cierre de la carretera.
Vuelta ciclista a Asturias. Arlós, 12 de mayo de 2013.  © Miki López/La Nueva España

Vuelta ciclista a Asturias. Arlós, 12 de mayo de 2013. © Miki López/La Nueva España


Hoy las cosas han cambiado bastante. Sigue siendo una prueba deportiva de riesgo para deportistas e informadores, pero la belleza indescriptible de esta carrera casi permite asumir los riesgos con sumo placer. Las carreteras han mejorado, los moteros son verdaderos pilotos profesionales que jamás asumen riesgos innecesarios. Manu Luengo y Tomás de Motovuelta son ejemplo de ello. Fueron mis pilotos en las ediciones de 2011 y 2013 respectivamente y con ellos trabajé con una seguridad para mi desconocida hasta la fecha. Llegamos incluso a disfrutar del paisaje espectacular de esas tranquilas rutas secundarias que rompe el estruendo vertiginoso del pelotón. Este años solo fueron dos días. De verdad que se me hizo corto.
Mucha suerte a los organizadores para la edición del año que viene. Ojalá podamos volver a las maravillosas carreteras de occidente. Se las echa de menos.

Osos

Alejandro me esperaba junto al cementerio de Larón. Eran poco más de las 9 de la mañana de un hermoso día de primeros de mayo de este año 2013 donde el invierno parecía no tener fin. Llegue en moto, medio congelado después de hora y media de una carretera sinuosa y bien asfaltada. Disfruté del viaje como buen motero porque, para ser sinceros, no confiaba demasiado en el éxito de la excursión.

Un grupo de personas observa osos pardos en una ladera de un monte próximo a Larón (Cangas del Narcea). 3 de mayo de 2013.  © Miki López/La Nueva España

Un grupo de personas observa osos pardos en una ladera de un monte próximo a Larón (Cangas del Narcea). 3 de mayo de 2013. © Miki López/La Nueva España


El día anterior Lagar me habló de una empresa que se dedicaba a enseñar osos en libertad a turistas en las proximidades de Muniellos. Ya habíamos hablado varias veces de hacer algo sobre el tema y siempre se planteaba como algo difícil por lo huidizo de este bicho con cara de bueno. Me dio un número de teléfono y llamé. Después de concretar sitio y hora, pregunté
-“Qué posibilidad tengo de fotografiar alguno”
-“Bastantes….”
Oso pardo en las inmediaciones de Larón.  © Miki López/La Nueva España

Oso pardo en las inmediaciones de Larón. 3 de mayo de 2013 © Miki López/La Nueva España


No es que no me lo creyese, pero me pareció una respuesta un tanto exagerada. Y con estas, inicié la jornada con un madrugón a las 06:30 am y arrancando la Honda Deauville camino del Rañadoiro. Al llegar a Larón seguí el coche de Alejandro, uno de los miembros de la empresa “Natur”, que me guió un par de kilómetros más arriba y tras girar una última curva a la derecha aparcamos los vehículos a la orilla de la carretera junto a un quitamiedos que servía de asiento a una veintena de personas armadas hasta los dientes con binoculares, prismáticos y teleobjetivos de hasta 500 mm. Aquello parecía una convención de astrónomos de la NASA.
Oso pardo entre las escobas en las inmediaciones de Larón. Cangas del Narcea, 3 de mayo de 2013.  © Miki López/La Nueva España

Oso pardo entre las escobas en las inmediaciones de Larón. Cangas del Narcea, 3 de mayo de 2013. © Miki López/La Nueva España


-“Hay un par de osos allá arriba. Son macho y hembra. Hace un momento estaban copulando”
Un oso no. Nada menos que dos. Y con espectáculo erótico incluido. Oye, que no me lo acabo de creer.
-“Están detrás de aquellos robles grandes. Ahora no se les ve por culpa del follaje”
Alguno bromea con lo del follaje.
Sigo sin creérmelo. Monto un 400 mm en la Canon y me dispongo a echar un vistazo a aquellos matorrales situados a medio kilómetro frente a nosotros.
Oso pardo en las inmediaciones de Larón. 3 de mayo de 2013.  © Miki López/La Nueva España

Oso pardo en las inmediaciones de Larón. 3 de mayo de 2013. © Miki López/La Nueva España


Miro por el visor y los veo entre las ramas de los árboles. Distingo esas orejas redondas y el color pardo oscuro de sus lomos. Es increíble pero ahí están. Dos enormes osos pardos al alcance de nuestros objetivos indiscretos. De pronto entendí la emoción de aquella gente que se amontonaba a lo largo de aquel quitamiedos de la AS-15 a menos de dos kilómetros de Larón.
Oso pardo en las inmediaciones de Larón. 3 de mayo de 2013.  © Miki López/La Nueva España

Oso pardo en las inmediaciones de Larón. 3 de mayo de 2013. © Miki López/La Nueva España


Y la mañana solo acababa de comenzar. En menos de dos horas aparecieron otros tres ejemplares para cortejar a la hembra. Uno de ellos me miró a cámara a menos de 300 metros de distancia. Algo tranquilizador había en la mirada de aquel bicho. Seguramente solo sería una sensación personal, pero me acordé de toda esa gente que a lo largo de los años se han esforzado en la recuperación de una de las joyas por excelencia de la fauna asturiana. Gracias a ellos aquella veintena de afortunados entre los que me encontraba, disfrutamos de une espectáculo inimaginable hace muy pocos años. Para mi inimaginable incluso el día antes.
Sencillamente alucinante.

Besos de madres (y abuelas)

Flora besa a su nieto Nel.  © Miki López

Flora besa a su nieto Nel. © Miki López


Los grillos cantaban mientras subíamos aquella pendiente interminable de praderías verdes. Era un día de cielo azul intenso que se difuminaba poco a poco devorado por la luz blanca del sol de primavera. Posiblemente fuese mayo. Cierro los ojos y aquella infancia temprana es capaz de volver a mi memoria con la fuerza de un recuerdo de hace unas horas. Me cogías la mano con firmeza, ayudándome a cada paso, mientras una brisa suave agitaba la falda de tu vestido rozándome la cara con suavidad. Al llegar al camino nos sentamos y me cogiste en el regazo, acicalaste mi pelo alborotado por la brisa descubriéndome la frente con tu mano. Recuerdo el beso. Un solo beso en la frente. No se si alguna vez te había contado la historia de aquel primer recuerdo infantil, pero hoy, como tantas veces, lo he revivido mientras veo que a mi alrededor, Elsa repite la escena con uno de tus nietos, esos nietos a los que también tú comes a besos. Y estos peques seguro que no saben que mañana, en un mañana en el que su infancia se vea tan lejana en la distancia, recordaran aquellos besos de su madre con la misma frescura con la que yo, durante toda mi vida, recordaré aquel que me diste una tarde de primavera junto aquel camino por el que, poco a poco, comencé a caminar solo.
Por aquel beso y por todos los que vinieron después para cada uno de tus tres hijos, gracias mamá. Feliz día.