Lealtad

Porrón es levantado por su compañeros del Lealtad tras detener el penalti que les dio acceso a 2ªB. © Miki López/La Nueva España

Porrón es levantado por su compañeros del Lealtad tras detener el penalti que les dio acceso a 2ªB. © Miki López/La Nueva España


Mira que es un nombre guapo para un equipo de fútbol. Y sobre todo para unos aficionados leales a sus colores, que a fin de cuentas es lo que significa palabra en si mismo.
Pero como la lealtad no es precisamente un valor en alza en los tiempos que corren, quizás muchos directivos y aficionados de equipos grandes deberían de mirar con envidia a los jugadores del equipo malayés. Y no por sus cuentas corrientes, ni sus coches, ni por sus contratos publicitarios inexistentes. Solamente por lo que pone su escudo que es mucho más que una declaración de intenciones. Este domingo disfruté de un espectáculo que para mi estuvo muy por encima de cualquier final de copa o de champions.
Jugadores de Lealtad de Villaviciosa cellebran el ascenso a 2ªB. © Miki López/La Nueva España

Jugadores de Lealtad de Villaviciosa cellebran el ascenso a 2ªB. © Miki López/La Nueva España


Vi a unos jugadores que lloraban emocionados cuando su portero detuvo el último penalti, el que les daba derecho a ser jugadores de un equipo de 2ª B. Lloraban por un éxito únicamente deportivo, porque lo económico es otro cantar. Leí por ahí que los jugadores del Atlético de Madrid iban a cobrar una prima de 500.000 euros por barba por haber conseguido alzarse con el campeonato de liga. El Lealtad tendrá suerte si consigue la pasta necesaria para jugar en 2ªB. No son comparables las alegrías. Todos fueron felices viendo a sus parroquianos disfrutar del éxito de los dos equipos. La diferencia es que seguramente, los jugadores del atlético, del Madrid o del Barça terminaran sus contratos y sus cuentas corrientes seguirán aumentando defendiendo los colores de un equipo contrario. Y muchos aficionados se quejaran de lo de siempre: donde sobra pasta escasea la lealtad. Y eso no les falta a los de Villaviciosa. Mucha suerte Lealtad. De verdad que os la merecéis.

14 veces ochomil

Me despierto con la noticia de que Jorge Egocheaga por fin ha vencido al poderoso Kanchenjunga, la última cumbre de más de ocho mil metros que le quedaba por pisar al alpinista asturiano. La primavera pasada le hacía unas fotos en el rocódromo de Otero y volvía a sorprenderme el hecho de que una persona tan pequeña pudiese vencer a monstruos tan gigantescos.

Jorge Egochega. Otero, Oviedo. 19 de junio de 2013. © Miki López/La Nueva España

Jorge Egochega. Otero, Oviedo. 19 de junio de 2013. © Miki López/La Nueva España

Posiblemente la tranquilidad que emana de ese cuerpo fibroso y casi diminuto sea la clave del éxito de un hombre que jamás se dio por vencido pero que nunca actuó precipitadamente. Enfrentarse al peligro de la montaña es un reto que requiere tanta fuerza mental como física, al margen de una preparación específica que pasa por ir avanzando paso a paso y sin prisas por un entrenamiento que debe incrementar su dificultad poco a poco, garantizando una experiencia que en muchos casos puede ser vital para la propia supervivencia. Eso es lo que recomienda Egocheaga a todos los aficionados que le piden consejo.
La montaña se cobra muchas vidas tan llenas de ilusión como carentes de destreza. Y ni siquiera la experiencia es una garantía de seguridad en las cimas más altas del mundo. Bien lo sabe Jorge que pagó uno de los precios más caros perdiendo a su compañera Joëlle Brupbacher, víctima del agotamiento en la expedición al Makalu en abril de 2011. Está claro que la tragedia no freno en Jorge la necesidad de seguir ascendiendo hacía unas cumbres que solo se alcanzan como un reto de superación personal. Allí no hay tesoros, ni contratos millonarios. Solo frío, viento y soledad. Y unas ganas tremendas de volver a bajar para sacudirse un mal de altura que no deja pensar con claridad. Jorge ya sabe bien lo que eso significa. Lo ha probado 14 veces. Casi nada.
Enhorabuena gigante.

Yago

Lo vi por primera vez a su llegada al aeropuerto tras su histórico 8,56 m en aquel mundial de Maebashi de 1999. No encuentro la foto, pero la tengo fijada en la retina. Un chaval de 22 años rodeado de cientos de personas en la terminal de Santiago del Monte exultante de felicidad. Entrevistas, homenajes, cientos de reportajes ilustraron los periódicos y televisiones de Asturias y de España con el nuevo héroe del deporte español. En aquel verano me cansé de hacerle fotos y puedo asegurar que era un tipo cercano, paciente y eternamente risueño.

Yago Lamela. Avilés, 12 de diciembre de 2004.  © Miki López/La Nueva España

Yago Lamela. Avilés, 12 de diciembre de 2004. © Miki López/La Nueva España


Por eso hoy, 15 años después de aquellos buenos tiempos, no soy capaz de borrar de mi mente aquellas conversaciones que compartimos en la plaza del Carbayedo y menos, siendo consciente de las jugadas que el destino le tenia preparadas al atleta avilesino. La suerte le dio la espalda, llegaron las lesiones y con ellas la terrible depresión, esa enfermedad que arrasa la mente y el cuerpo del que la sufre y de los que le rodean y contra la que Yago empleaba todas sus fuerzas hasta dejar a su propio corazón sin ellas . Por eso no me queda más que expresar mis condolecias a su familia que hoy está pasando por el trago más horrible por el que nadie puede pasar. Seguro que nada podrá aliviarles pero por mi parte me gustaría que supiesen que posiblemente su hijo, su hermano, su compañero haya sido el deportista más grande que ha pasado y posado frente a mi objetivo.
Descanse en paz.

El tejo de Domingo

Domingo Miranda nació hace 75 años al lado del Tejo de Santibañez. Comenzó a trabajar también a su lado cuando apenas era un adolescente, construyendo el depósito de agua que se alza al lado de la iglesia. Levantó con sus propias manos una casa pocos metros más abajo del árbol centenario. Compartió con él la prematura muerte de su mujer, que le dejó solo al cargo de dos hijas de corta edad. Las sacó adelante metiéndose a picador en la mina, estudiaron y salieron fuera de Asturias por causas laborales.

Domingo Miranda junto al tejo. Santibañez de la Fuente (Aller). 30 de abril de 2014. © Miki López/La Nueva España

Domingo Miranda junto al tejo. Santibañez de la Fuente (Aller). 30 de abril de 2014. © Miki López/La Nueva España


Las visita de vez en cuando, pero ni por asomo se plantea alejarse del tejo de Santibañez, al que vio flaquear después de que a alguien se le ocurriera rodearlo con un muro de piedra y rellenar el espacio con tierra.
Pero ahora reverdece y Domingo presume de árbol. Del árbol con el que quiere seguir compartiendo su vida. Por dura que sea.

Salvador

Cuando éramos críos jugábamos en la enorme finca de Los Cedros, un caserón de estilo indiano y hermoso ambiente decimonónico con un espectacular jardín francés plagado de hortensias en cuyo extremo se levantaba el típico bosque de árboles nobles. Crecimos entre hayas, robles y camelias. Aguantaron nuestros juegos, nuestras dentelladas en forma de hachazos, perdigonadas y demás travesuras propias aquellos niños de la EGB que crecían felices entre la naturaleza de un pueblo.

Tejo de Bermiego. Quiros, 30 de abril de 2014. © Miki López/La Nueva España

Tejo de Bermiego. Quiros, 30 de abril de 2014. © Miki López/La Nueva España


Un día mientras jugábamos en una de las mohosas escaleras del jardín, un gigantesco pastor alemán se escapaba de la perrera. Alguien gritó y nos dimos cuenta de que aquel animal corría hacia nosotros con dudosas intenciones. Salimos disparados hacia el árbol que teníamos más cerca, amontonándonos unos encima de otros tratando de alcanzar las ramas salvadoras. Y salvadoras fueron porque no quiero imaginar lo que pudiera haber pasado aquella hermosa tarde de un verano de finales de los 70. Desde aquel día nuestro árbol quedó bautizado. Nos había salvado y Salvador le quedó.
Cosas de niños agradecidos. No era para menos.
Feliz mayo.