Remordimientos bajo los fuegos

Esperando los fuegos en la plaza de Santiago López. Avilés, 28 de agosto de 2014.  © Miki López

Esperando los fuegos en la plaza de Santiago López. Avilés, 28 de agosto de 2014. © Miki López


Caminábamos por un Avilés en penumbras. Todos los años, la noche de San Agustín, las farolas del entorno de la ría se apagan para dar más esplendor a uno de los platos fuertes de las fiestas. Los fuegos artificiales reúnen a miles de personas que contemplan hipnotizados el espectáculo de luz y color que pone colofón a las largas fiestas de agosto. Pero en esa marabunta de gente bienavenida, de familias enteras entrelazadas frente al fuego embelesador de la celebración estival, imagino que en este mismo momento, otras familias de Siria, Palestina o en Ucrania se funden en otro abrazo bajo un fuego que nada tiene que ver con el de una fiesta.
Fuegos artificiales de las fiestas de San Agustín. Avilés, 28 de agosto de 2014.  © Miki López

Fuegos artificiales de las fiestas de San Agustín. Avilés, 28 de agosto de 2014. © Miki López


Vuelvo a sentirme culpable por estar aquí, en la grapa del Niemeyer, formando parte de una masa insensible ante las desgracias ajenas a nuestro “primer mundo”, ciegos ante la masacre genocida, testigos indiferentes ante la epidemia o el hambre, paseamos sin remordimientos nuestra opulencia europea entre la frivolidad de la buena vida que nos ha tocado vivir. Bien es cierto que en nuestra sociedad va tomando presencia la pobreza extrema, haciendo estragos en una parte de aquella población que llamábamos de clase media, víctimas del desengaño de una tierra prometida por bancos e hipotecas basura que ofrecían el paraíso a cambio de nada.
Vendedor ambulante. Avilés, 28 de agosto de 2014.  © Miki López

Vendedor ambulante. Avilés, 28 de agosto de 2014. © Miki López


Pero el dolor de esa nada aun es aliviado por las pensiones de abuelos que mantienen a familias enteras, algunas de las que ayer se abrazaban bajo los destellos multicolores de los artificios embriagadores. El despertar de esa anestesia seguramente será doloroso y de consecuencias nada halagüeñas. Con todo eso, nada comparable con lo que ocurre lejos de nuestras fronteras.
Cuando todo terminó, un joven nigeriano trataba de vender una linterna láser a unos jóvenes cerca de la plaza de España. Mi hijo Nel le miraba fijamente y tras una pausa me preguntó:
-Papá, estos africanos que venden cosas…¿porque no sonríen nunca? ¿Tienen vergüenza?
-No, Nel. A veces creo que eso es precisamente lo que nos falta a nosotros. Sólo un poco de vergüenza

Pena de perro

Gila pesaría poco más de 10 kilos. La recuerdo vagamente asomada a la caseta de la huerta que se adosaba a la destartalada cuadra de ladrillo. Era una mestiza menuda y adorable que miraba con ojos brillantes todo lo que cruzaba por delante de su pequeño universo perruno a la caza de alguna de las caricias que conseguía de mi madre y que el pobre bicho agradecía como el mejor de los halagos. Una tarde se armó el revuelo. La pequeña perrita se había escapado provocando toda una revolución en la casa.Iniciamos la búsqueda con el recelo de encontrarla muerta en alguna de las cunetas de la carretera nacional que cruzaba el barrio de La Magdalena.

Perro en la carretera. El Franco. 3 de enero de 2014. © Miki López

Perro en la carretera. El Franco. 3 de enero de 2014. © Miki López


Eran mediados de los 70 y mi conciencia infantil no dio demasiada importancia a aquel acontecimiento que provocaba gestos serios en los mayores de la familia. Nunca más supimos de Gila. Posiblemente se desorientó y fue incapaz de regresar a su hogar por si misma. Quiero creer en la posibilidad de que aquel pequeño animal tuviese la suerte de haber sido rescatada por alguna persona que la hubiese tratado con la mínima dignidad que aquel pobre bicho merecía. Quien sabe. En mi casa la vida continuó con normalidad. Los perros que vinieron después fueron formando y ocupando una parte fundamental en la familia, porque sencillamente eran parte de ella. Nos enseñaron a tratarlos con respeto y cariño. Todos ellos, fueron seis en total, aportaron una enorme carga de felicidad a nuestra infancia y adolescencia. Todos ellos arrancaron de nuestros ojos las lágrimas de la despedida cuando la prematura vejez perruna los separaba de nuestro lado. Y todos siguen teniendo su espacio en la memoria colectiva de los que fuimos su familia durante los felices años de su existencia.
Y no entiendo otro sentimiento que este hacia un ser vivo tan fiel como ningún amigo de dos piernas podría serlo jamás. ¿qué puede llevar a una persona a ser incapaz de entender el sentimiento que emana de los ojos sinceros de su mascota? ¿De donde puede sacar esa mierda de escrúpulos para abrir la puerta de su coche y empujar a un inocente ser vivo a un asfalto que condena su perra vida? ¿Con que valor ese energúmeno se mete en la cama después de acostar a sus hijos sin que la podredumbre de su conciencia le impida dormir?
A todos ellos le deseo el mayor de los abandonos con la esperanza de que recuerden con claridad la mirada de su amigo de cuatro patas, aquel que miraba desconcertado como el coche en el que viajaba su querido amo cerraba las puertas para desaparecer tras una última curva. Mierda de gente. Pena de perros.

Baño al atardecer

Nel. San Xuan de L'Arena. 25 de agosto de 2014. © Miki López

Nel. San Xuan de L’Arena. 25 de agosto de 2014. © Miki López


Este verano se vende caro. Por eso hay que aprovechar cada resquicio de sol como si fuese el último. Superado el día 20 de agosto, las tardes refrescan a la sombra como anticipo de un otoño que se acerca a marchas forzadas invitando a recoger las toallas playeras en lo más fondo de nuestro armario ropero. Pero ayer hizo calor. Mucho calor. Por eso decidimos salir tarde a darnos un baño aprovechando la pleamar en la rambla de L’Arena. 29 grados. Un lujo para estas fechas en esas horas de luz oblicua. El agua demasiado fría para mi, pero a luz maravillosa. Opto por coger la cámara y mientras unos juegan con el agua yo lo hago con las luces y las sombras. Después de tantos días grises y cielos plomizos me siento como un crío con un juguete nuevo. Todavía queda agosto, pero hoy ya amaneció nublado. Asturias ye así.
Bicicleta.San Xuan de L¡Arena. 25 de agosto de 2014. © Miki López

Bicicleta.San Xuan de L¡Arena. 25 de agosto de 2014. © Miki López

Moteros

Motero.Posada de Llanes. 5 de gosto de 2014. © Miki López/La Nueva España

Motero.Posada de Llanes. 5 de gosto de 2014. © Miki López/La Nueva España


Sentir el roce del aire, los aromas húmedos de esta Asturias del millón de curvas que diría mi compañero Eduardo Lagar, es un placer indescriptible. Devorar kilómetros en silencio seguidos y precedidos por los compañeros de ruta que se esperan en los cruces dudosos o en aquella curva donde alguien plantó un bendito bar de carretera, es un ejercicio de compañerismo difícil de entender por el exclusivo conductor cuatro ruedas. Huimos de las autovías, buscamos el enredo de nuestras viejas rutas nacionales, las mismas que fueron escenario y tortura de tantos y tantos conductores hasta hace tan solo unos años. Disfrutamos de esos puertos enrevesados y sin quitamiedos que prolongan sus sombras en curvas trazadas a capricho de la imponente naturaleza que nos envuelve. Vigilamos la gravilla, los cruces peligrosos y más de una vez se nos “ponen de corbata” al cruzarnos con ese imprevisto en forma de perro o conductor despistado que aparece por arte de magia en la misma linea de nuestro trazado.
Sabéis de que hablo. Somos moteros, amantes de los espacios abiertos, viajeros de vocación y afición, capaces de asumir el riesgo de ser nuestra propia carrocería solo por el mero hecho de formar parte de estas maravillosas carreteras asturianas.
Uves a todos y feliz agosto.

La Cueva

Jean Clottes en la cueva de Candamo. 10 de agosto de 2014. © Miki López/La Nueva España

Jean Clottes en la cueva de Candamo. 10 de agosto de 2014. © Miki López/La Nueva España


La peña de San Román de Candamo es una de esas imágenes que se me vienen a la cabeza cuando trato de bucear en mis primeros recuerdos. Subíamos caminando con mi madre por los senderos que bordeaban el monte camino de Espinosa. Siempre a nuestra derecha se levantaba imponente aquella mole caliza, aquel castillo natural que dominaba el valle abierto que daba inicio al Bajo Nalón. Mi padre, siempre orgulloso de sus orígenes, sigue presumiendo 7 décadas después, de ser un candamín de pura cepa, un nativo de la tierra de la buena fruta, que quien sabe si conserva alguno de los genes de aquellos primeros homosapiens que trazaron las perfectas lineas equinas del camarín de la cueva de Candamo. La primera vez que entré en la gruta, fue precisamente mi padre quien hizo de guía. Yo era muy pequeño pero recuerdo la misma sensación de humedad y frío que sentí hoy cuando, más de treinta años después, crucé el umbral prefabricado que da acceso a una de las joyas del paleolítico europeo. La TPA retransmitía en directo una conferencia del especialista francés Jean Clottes. Un escenario inmejorable para una lección magistral. Sencillamente inolvidable.