María

María Collado. Poladura (Colunga). 25 de noviembre de 2011. © Miki López


María jugaba escondiéndose entre los pegoyos del horreo de su casa. Desde el cruce de la playa de La Griega, la carretera se empinaba bruscamente durante un centenar de metros, pero los críos corrían incansables por la insufrible pendiente camino de Poladura. Escuchaba como sus risas se acercaban a la casa mientras apretaba su cuerpo contra las tablas centenarias del granero, tratando fundirse con la madera y pasar desapercibida.
Sus amigos la intuían y ella aguantó la respiración, tratando de contener las carcajadas que se apretujaban en su garganta. Cuando no pudo más, aquellas piernas de apenas 10 años salieron disparadas por la espalda de sus amigos, que sorprendidos por la niña, fueron incapaces de atraparla en su veloz escapada.
Tras las correrías y con la respiración entrecortada por los juegos y la emoción, todos se refugiaron del sol bajo las mismas tablas del horreo de Poladura.
Setenta años después, María, ilumina con su sonrisa una cara surcada de arrugas profundas, inequívocos trazos de la dureza de una vida que, tras el juego de aquella tarde de verano, se convirtió en un pesado camino de penas e infortunios.
Su padre moría poco tiempo después de aquella tarde en la que los juegos alegraban una infancia demasiado corta para una vida tan larga. Una viga golpeo a José en una de sus sienes dejándolo muerto en el acto “sin derramar una sola gota de sangre”. Su cuerpo quedó tendido en el suelo de una serrería de Colunga y María solo recuerda los llantos y la pena.
Y como las desgracias nunca vienen solas, su madre caía gravemente enferma por una infección intestinal muy poco tiempo después de la muerte de su marido. Su vida dependía de la penicilina. Trataron de vender el ganado que tenían para poder costear el tratamiento mientras esperaban la llegada del barco que traía la preciada medicina al puerto de Gijón. Pero el milagro no llegó a tiempo y la madre de María murió en el hospital de la cruz roja.
El resto de su vida la cuentan las arrugas que surcan su rostro apacible, que incluso hoy, pese a todo lo vivido, es capaz de sonreír como lo hacía hace más de 70 años bajo el horreo de Poladura.

Víctimas políticas.

Concentración con velas en defensa del Centro Cultural Niemeyer. Avilés, 12 de noviembre de 2011. © Miki López


En marzo me lo creía. En Avilés, por fin, había algo que nos ponía a todos de acuerdo. Con el Niemeyer nacían las esperanzas de una ciudad que había pasado de ser el monumento industrial de un dictador ególatra a tener la ilusión de poder formar parte de un circuito cultural de élite a nivel mundial. Después de haber pasado por una de las reconversiones laborales más traumáticas de España desmantelando un monstruo que dejó contaminación y deterioro por las cuatro esquinas de una ciudad milenaria, por fin se vislumbraba una alternativa que, lejos de ser un remedio mágico, parecía marcar el sendero de lo que muchos soñaban.

Un grupo de personas cruzan la pasarela del Centro Cultural Niemeyer de Avilés para unirse a la concetración con velas en defensa del Centro Cultural Niemeyer de Avilés. 12 de noviembre de 2011. © Miki López


Avilés se convirtió en muy poco tiempo, en una ciudad hermosa. Soy de los que se instalaron aquí por una mera necesidad laboral. En los noventa casi nadie lo hacía por gusto. Hoy me considero un avilesino convencido de vivir en la mejor ciudad de Asturias, gracias al esfuerzo de todos.
Por eso ya no me lo creo. No me creo nada de lo que hacen ni de lo que dicen.

Velas por el Niemeyer. Avilés, 12 de noviembre de 2011. © Miki López


Si es cierto que la gestión del Niemeyer ha sido irregular, no puedo concebir que no haya una forma menos traumática de que el responsable pueda rendir cuentas de sus acciones sin tener que ahogar a todo el complejo cultural recién estrenado. Después de tanto pelear, esta ciudad no merece poner en riesgo una de sus más destacables garantías de futuro por una puñetera vendetta electoral.
Menuda mierda de política.

De Bella a Inés pasando por Elena.

Erase una tarde de abril. Jugábamos en el patio trasero de la casa, un inmejorable balcón con vistas a los ondulantes meandros de la ría del Nalón, por el que correteábamos como locos detrás de una pelota de mal cuero arañado por la gravilla áspera del suelo.
La inquietud de los perros daba la señal de que alguien se acercaba. Mi madre cruzó la puerta que desde la cocina daba acceso al patio. Llevaba algo en brazos. Con mucho cuidado bajó el escalón y con esa tranquilidad que tienen las madres, se fue poniendo a nuestra altura de 6 años para enseñarnos el tesoro que acababa de traerse a casa. Mi hermano y yo mirábamos aquella criatura de pelo oscuro que asomaba entre los pliegues de la manta, con los ojos hinchados y apretujados contra una carita redonda y rosada.
-“Esta es Bella, vuestra hermana”.

Bella con chupete. Junio de 2011. © Miki López


Como niños que éramos, la emoción debió de durarnos poco y no éramos muy conscientes de lo que significaba la llegada del nuevo retoño. A fin de cuentas era una niña, y nosotros teníamos la certeza de que las niñas solo jugaban a cosas aburridas. A ellas no se les ocurría pegar patadas al balón, ni jugar a los tiros, ni saltar los muros de las fincas con perros para ponerse moraos de manzanas, peras y cerezas.
Pero el tiempo pasó rápido y aquella pequeña máquina de llorar abrió unos ojos inmensos, azules como el cielo y hermosos como el mar, espejo de un alma valiente y de paciencia infinita ante los agobios y las bromas pesadas a las que le sometían unos hermanos despiadados, que poco a poco, comenzaron a quererla como lo que era: una hermana.
36 años después acaba de nacer Inés. Seguramente Elena la mirará con la misma cara de sorpresa con la que yo te miré en aquel Abril del 1975.
Que sepas que hoy te miro con el orgullo de que seas mi hermana, la valiente, la que saca fuerzas de flaqueza, la que siempre está ahí para lo que se necesite. Eso sí, tan cabezona como siempre.
Sabes que nosotros estamos aquí. Para lo que sea.
Te veo pronto hermanita.
Lo dicho, un orgullo.
Posdata: “Andresín, tocote la lotería”

Negro Valledor

Árboles calcinados. El Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


Una soleada tarde de julio de 2006 disfrutaba de uno de esos paseos en moto de los que hacen afición a las curvas. Serpenteaba la ruta por una carretera bien asfaltada con mi recién estrenada Honda Deauville, entrando y saliendo en los claroscuros de las sombras que proyectaban los frondosos árboles autóctonos que bordeaban el camino desde Berducedo. En algunos tramos, el bosque se despejaba dejando disfrutar de la impresionante panorámica del Valledor, dominado por un verde infinito de hayas, robles y pinos que ondulaban sobre las suaves pendientes que descendían hasta el río.

Restos del incendio. El Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


El tiempo se había detenido en el valle del oro desde hacía ya un par de siglos y el aislamiento se había acentuado debido al poder gravitacional que ejercían las villas de Pola de Allande y Grandas de Salime. Desde la construcción del embalse del Navia, el Valledor quedó aislado camino de ninguna parte, perdiendo población gradualmente y ganando en una belleza agreste y salvaje que enamora, envuelve y cautiva al viajero que se atreve a descubrir los encantos de un valle que desemboca en la carretera del Pozo de las Mujeres Muertas, en la otra línea de comunicaciones que conecta San Antolín de Ibias con Cangas del Narcea.

Carretera al Pozo de las Mujeres Muertas. El Valledor, 1 de noviembre de 2011. © Miki López


El silencio y la brisa cálida de aquella tarde de julio no presagiaban lo que mis ojos iban a ver 5 años después.

Ruinas tras el incendio en una casa de San Martín de Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


El 1 de noviembre de 2011 subíamos el puerto del Palo, esta vez en coche. Al llegar a Berducedo cogimos el desvío al Valledor. Era un día tan luminoso como el de aquel mes de julio de 2006. En la primera curva tras rebasar el pueblo, el desastre se presentó ante nosotros. Los restos del infierno se extendían a lo largo de todo el valle. No quedaba nada más que un triste y tenebroso manto negro acorde con el día que vivíamos. Era la mismísima pesadilla el día de los muertos que seguía a la terrorífica noche de Halloween.

Ruinas de un horreo tras el incendio. Berducedo, 1 de noviembre de 2011. © Miki López


Silencio en todo el valle y olor a quemado. En las cunetas aun humeantes, se retorcían los restos de árboles y arbustos convertidos en un seco carbón vegetal, alzándose al cielo como dedos retorcidos en señal de clemencia.

Ganado y monte. El Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


Por nosotros no habrá clemencia para los responsables de tal atentado ecológico. Ni para el que encendió la cerilla del desastre ni para el que consintió que el núcleo inicial del fuego ardiese durante días sin mover un solo dedo.

Ladera arrasada. El Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


Seguramente esta generación no volverá a ver ni a disfrutar el Valledor como yo lo hice en aquel julio de 2006.

Arboles calcinados. El Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


Volvimos a casa con la misma sensación que dejamos entre la gente del valle. Con la tristeza de saber que este otoño no tendrá tonos ocres.
Solamente negros.