Un café en La Luna

Café. Calle La Luna.  2 de abril de 2014. © Miki López

Café. Calle La Luna. 2 de abril de 2014. © Miki López


No hace mucho que me aficioné al café. Y como casi todo lo bueno y lo malo que me pasa en la vida, la culpa la tiene este trabajo mío al que, aun después de tantos años, soy incapaz de desalojar de mi necesario espacio de tiempo personal. Las horas muertas, esos paréntesis en tierra de nadie de nuestra jornada laboral terminan, inevitablemente, por hacerte adicto a algo. Yo opté por el café, que paradójicamente te acelera para matarte lentamente. Total que aunque uno intente tomarse la vida con calma, resulta que acabas cruzando la puerta del bar con el firme propósito de pedir un descafeinao y la fuerza de voluntad desaparece con el aroma de grano recién molido.
-Ponme un cortao
Ya se jodió. Coges el periódico (otra vez el periódico) y lees los dos primeros párrafos de una noticia antes de que suene el teléfono. Anotas dos encargos más en la agenda, uno de ellos para estar al otro extremo de la ciudad en menos de 10 minutos y el cortao desaparece en medio segundo con un chutazo de cafeína demoledor. Se acabó el descanso, si es que a eso se le puede llamar descanso.
Quien pudiera tomar un café en La Luna. Pero en la de verdad.
Lo digo en serio.

Abril

Milio y Maruja. La Magdalena, Soto del Barco. 16 de abril de 2008. © Miki López

Milio y Maruja. La Magdalena, Soto del Barco. 16 de abril de 2008. © Miki López


Ayer en Soto, volví a sentir la presencia de mi abuelo Milio. Creo que fue un 14 de abril de hace 4 años. Unos días antes me había sentado delante de su cama con el dolor de la certeza de lo que sería mi última visita. Me imagino que no me perdonará el que hubiese rezado aquella tarde ante el lecho de muerte de aquel ateo redomado, de aquel hombre que había vivido entre las sombras de las leyendas de tesoros escondidos, de misteriosos encuentros con viejas leyendas arraigadas en los más profundo de nuestra tradición mitológica asturiana.
Maruja. La Magdalena. Soto del Barco. 17 de abril de 2014. © Miki López

Maruja. La Magdalena. Soto del Barco. 17 de abril de 2014. © Miki López


Por eso ayer, entre los juegos de media docena de sus biznietos, en aquella terraza con vistas a la desembocadura del Nalón, en el mismo lugar donde pasó tantas tardes dejando consumir su cigarro entre los dedos mientras contaba las historias de su vida, volvimos a echarlo de menos. Sobretodo Maruja, mi abuela coraje que presume sus 87 años entre los profundos surcos de las arrugas que ocultan esos ojos azul intenso, empeñada como siempre en que le sobran abriles. Tiempo habrá “güelita”. No tengas prisa.

Demasiado silencio

Sonaban las campanas. A intervalos impredecibles, casi eternos y sin armonía. Era el sobrecogedor tañido de la muerte rompiendo el silencio que inundaba todos lo rincones del pueblo. Escondidos entre los setos veíamos bajar mujeres enlutadas por la cuesta de la iglesia que entre murmullos, escondían frases de dolor y tristeza. Eramos niños y aprendimos que aquel silencio era muchas veces la antesala del dolor. En otras ocasiones se convertía en el fúnebre pregón de los pájaros de mal agüero. Cantaba el cuco o aullaban los perros y volvía la muerte. Y volvía el silencio. Un silencio denso que enmudecía la propia naturaleza.

Minuto de Silencio. La Morgal, marzo de 2014. © Miki López

Minuto de Silencio. La Morgal, marzo de 2014. © Miki López


Seguíamos el cortejo fúnebre desde los muros de las fincas que rodeaban el cementerio. Los mayores no querían niños en los funerales y apenas nos atrevíamos a respirar. Seguramente intentando no romper aquel silencio, aquel eterno silencio que oprimía el pecho.
En este último trimestre hemos revivido demasiadas veces aquellas sensaciones infantiles: la tragedia de Burgos, el naufragio del Santa Ana, el incendio de Baselgas….
Va muy poco año para demasiados minutos de silencio.
Ruido, por favor.

Felicidad

Elena, Nel, Iyán e Inés. Gijón, 8 de marzo de 2014. © Miki López

Elena, Nel, Iyán e Inés. Gijón, 8 de marzo de 2014. © Miki López


Gracias canijos…por llenarnos los espacios vacios (y los llenos también) , por hacernos reir con ese ingenio infantil que supera cualquier inteligencia paterna. Por esos dolores de cabeza, por esas noches sin dormir, por esos sustos en forma de 40 de fiebre. Por dar sentido a nuestra vida, por hacernos entender que el tiempo solo se pierde cuando no lo pasamos con vosotros. Por mostrarnos que el verdadero sentido de la felicidad se dibuja en esas caras de sonrisa sincera y de sentencia demoledora. Por sonrojarnos con preguntas evidentes que nos dejan en evidencia. Por hacernos perder pelo y ganar kilos mientras se nos cae la baba viendo como crecéis. En definitiva, por ser la esencia de la vida.

La esencia de la felicidad.
Guapos.

Cautivo y desarmado

Llevo varios días dándole vueltas a un problema que tuve el pasado domingo en el estadio Carlos Tartiere, en el último partido de liga del grupo I de 2ªB en el que compiten los equipos asturianos. Me gusta el fútbol y aunque me confieso sportinguista, es cierto que me llevo muy bien con muchos de los profesionales que rodean al histórico y sufrido club carbayón .

Guardia de seguridad y fotógrafo en el estadio Carlos Tartiere durante el partido Real Oviedo y la SD Logroñés. © Miki López/La Nueva España

Guardia de seguridad y fotógrafo en el estadio Carlos Tartiere durante el partido Real Oviedo y la SD Logroñés. © Miki López/La Nueva España


A primeros de los 90 aprendí y disfruté de los años dorados del fútbol asturiano Viví muchos derbis y viajé por buena parte de los campos históricos del fútbol español persiguiendo fundamentalmente a los azules de Carlos, Jerkan, Prosinecky y demás estrellas de aquel histórico Real Oviedo. En aquellos tiempos trabajábamos siguiendo las normas habituales que nos marcaba la LFP: petos, zonas de paso y lo más importante, sentido común. Jamás hubo un problema.

Lo que uno no entiende es porqué, con el paso de los años,, las cosas se hacen cada vez más complicadas. El derecho constitucional que nos asiste como informadores va menguándose, arrinconándose cada día que pasa acorralado por normas absurdas esgrimidas de forma peregrina por algunos responsables de seguridad que, dentro de eventos de interés general, parecen disfrutar jugando a policías y ladrones. Pues bien… yo ya estoy hasta los huevos de que me toque siempre de ladrón. Lo mio no es un delito. Es un trabajo. Cierto es que el pasado sábado, después del pitido final de un partido que terminó a las 23:00, crucé el campo apurado por la hora de cierre del periódico en dirección al túnel de vestuarios donde un vigilante jurado me echó una bronca de tres pares por haberle pisao el cesped. Hasta ahí llego y lo acepto. Aun sabiendo que nadie me avisó de esa norma que se aplica dependiendo del campo al que vayas. Pero lo que no es permisible es que este individuo, en plan venganza, se ponga a empujarnos a mi y a mis compañeros para marcarnos una mierda de linea imaginaria de las de “aquí no pasáis, por mis huevos”. Y por eso ya no paso amigo. La primero es la educación y a mi me pasa que si me la pierden, yo hago lo mismo. Y lo puse de vuelta y media mientras mi compañero Pablo Lorenzana hacía fotos del episodio en previsión de que me dieran un guantazo.
mano

Total, que vamos de culo. Cada día más. Personalmente me dan ganas de tirar la toalla. De escribir una carta al club y decirles que se compren un móvil nuevo y que pasen ellos las fotos, tal y como ya se hace con la ópera del teatro campoamor, donde distribuyen las mismas imágenes para todos y así evitan esos 60 segundos con nuestros molestos obturadores cortando las melodías que envuelven a tenores y sopranos. Ya se encargan ellos de pasar la foto de algún ensayo que, por lo visto, no pierde valor informativo. Escribir otra nota a los UIP de la Policia Nacional para que se encarguen ellos de llevar una GoPro en la punta de la porra (con todos mis respetos) y luego la pasen a todos los periódicos y agencias para evitar que los sufridos reporteros lleven algún toletazo o sean arrollados por “error” durante el transcurso de alguna intervención. Además de ahorrar pasta a las empresas, volvemos a los tiempos en que la información y el poder eran una misma cosa por el bien de los españoles. También habría que escribirle una carta a los responsables de seguridad de los juzgados de Oviedo donde un guardia jurado increpó a Fernando, el cámara de TVE que en ese momento grababa el edificio desde la vía pública como recurso para una información judicial. Por mi le pueden cambiar las esposas por una compacta digital que grabe en HD y que acontinuacuón lo distribuya por wifi aplicándole algún filtrín de esos que dejan inmaculao los edificio de cristaleras espectaculares

Parecen pijadas, pero los que llevamos muchos años en esto, somos conscientes de que las cosas se están poniendo muy feas. Publicamos nuestras vidas en internet, compartimos fotos con miles de personas a través de redes sociales y blogs de lo más variopinto y aún así, algunas veces un viandante me llama la atención porque se cruza por delante de mi cámara cuando estoy haciendo una foto a una escena que no tiene nada que ver con él pero que puede tener ese carácter de interés general que la ampara como imagen informativa.

-“Me da igual. Por tú bien no quiero que salga mi imagen en esa foto.”

Y en mi cabeza resuena aquella emisión histórica del 1 de abril de 1939:

-“Cautivo y desarmado….”

Pues eso.