Investidura sorpresa

Wenceslao López y Ana Taboada.  © Miki López/La Nueva España

Wenceslao López y Ana Taboada. Oviedo 8 de junio de 2015 © Miki López/La Nueva España


El desenlace final del pleno de investidura del alcalde de Oviedo parece un guión de Shyamalan, el realizador del “Sexto Sentido”, aquella peli en la que Bruce Willis se entera de que está muerto pensando que estaba vivo, aunque a Wenceslao López le ha pasado precisamente lo contrario: estaba muerto antes de las elecciones y resucitó en el último segundo por obra y gracia de Somos Oviedo, gracias a una maniobra política sin precedentes que ha dejado con cara de gilipollas a mas de uno, en especial a Javier Fernández que va tener que comerse con patatas el twit de ayer por la noche. Ana Taboada había prometido un cambio y si no lo hacía por activa, lo haría por pasiva así que, aunque sorprendidos, me imagino que nadie puede llamarse a engaño. Se podrá tener más o menos simpatía por las ideas y las maneras que esta abogada ovetense representa como cabeza de lista de Somos Oviedo, pero lo que está claro es que van a plantear una nueva forma de hacer política. Y hoy ya lo han demostrado. Los resultados de este experimento serán, para bien o para mal, totalmente imprevisibles, el tiempo lo dirá, pero esa ráfaga de aire fresco que hoy se ha colado por las ventanas del salón del plenos del ayuntamiento de Oviedo ha roto con todos los modelos de negociación política que se habían dado hasta la fecha.
Noviembre esta cerca, el veranito se presenta caliente y sobre todo, muy, muy interesante.

Cámara oscura

Jerome Muñoz en la cámara oscura del CISLAN. 5 de junio de 2015. © Miki López

Jerome Muñoz en la cámara oscura del CISLAN. 5 de junio de 2015. © Miki López


Lo de mi vocación docente me viene de atrás. Fui un convencido estudiante de magisterio reconvertido, también por razones vocacionales, en fotógrafo de prensa. En 2007 me dieron la oportunidad de fusionar mis dos pasiones enseñando fotografía y fotoperiodismo en el CISLAN de Langreo que dirigía y aún dirige mi amigo Jerome Muñoz. El centro que por entonces calentaba motores, me inyectó una sobredosis de optimismo e ilusión en unos años en los que comenzaba a flaquear mi ánimo de fotógrafo del siglo XX, consciente de que los nuevos tiempos digitales que se avecinaban, me hacían sentir como el dinosaurio que miraba la bola incandescente de aquel inmenso meteorito que se precipitó sobre el prehistórico suelo jurásico. Entré en clase por primera vez un día de febrero sin ser muy consciente de lo que me iba a encontrar en el interior de aquel laboratorio audiovisual. Aquellos chavales, hambrientos de ser fotógrafos, me hicieron sentirme orgulloso de haber elegido esta profesión tan hermosa como ingrata. Un oficio que siempre calificaré como el más hermoso del mundo, un trabajo que solo puede llevarse a buen termino entendiéndolo como una filosofía de vida, como el oficio de un contador de historias congeladas en fracciones de segundo, que produce instantáneas capaces de helar el corazón o de romper con ternura la coraza de los sentimientos más duros a golpe de obturador, con el simple apretar del botón de una cámara en el momento justo y en el lugar adecuado.
Tras tres años vinculado al centro, las vueltas de la vida me hicieron abandonar esa incipiente labor docente y me fui con el buen sabor de boca que te deja el haber compartido tanto, enseñando y aprendiendo de unos chavales extraordinarios que todavía hoy se pasan por el periódico, junto con otros compañeros de El Aramo, en unos periodos de prácticas que se me hacen cortísimos y que me aportan dosis de ilusión cuando llegan y de pena cuando se va terminando el curso y dejan el espacio vacío en unos puestos de trabajo donde cada día es más difícil encontrar gente joven. Se van y la mayoría, pese a las dificultades, siguen adelante con su proyecto de ser fotógrafos. Algunos hacen el petate y se lanzan a la aventura con una valentía admirable. Con poco dinero y muchos cojones siguen adelante. Están acostumbrados a ver el mundo boca a bajo, como en la cámara oscura. Un par de huevos (también ovarios) y una cámara en la bolsa. Basta solo eso para sentirse orgulloso de todos vosotros. Mucha suerte compañeros.

Asturias por bandera futbolera

Derbi Real Sporting de Gijón-Real Oviedo. © Miki López

Derbi Real Sporting de Gijón-Real Oviedo. © Miki López

Los que me conocen saben que me gusta tanto el fútbol como lo puedo llegar a detestar. Hay demasiadas cosas antideportivas en un juego que desata pasiones, mueve ingentes cantidades de dinero y convierte a determinadas personas en verdaderos animales. Me parieron sportinguista por obra y gracia de mi añorado padre que se aficionó al equipo rojiblanco durante su época de estudiante en la Universidad Laboral de Gijón. Mi madre cosió un maravilloso 11 en la espalda de aquella primera equipación que me regalaron una navidad, el número de Enzo Ferrero, el inolvidable zurdo argentino que acompañaba a Quini, Abel, Joaquín, Cundi y demás galácticos del Molinón que apunto estuvieron de tocar el cielo futbolístico a finales de los 70. Aquel escudo triangular me llenaba de orgullo infantil en unos años en los que para mi no había otro equipo que el Sporting de Gijón.
Los años fueron pasando y los críos de mi pueblo, de amplia mayoría gijonuda, disfrutábamos jugando al fútbol despellejando los balones de cuero contra el asfalto de las carreteras en las que arañábamos rodillas, codos y manos. Poco a poco fui conociendo la virulencia del fútbol, pero no fue hasta los años 90 cuando conocí de primera mano la rivalidad de los derbis asturianos y, paradójicamente el destino me puso a trabajar al lado del Real Oviedo, y no de un Real Oviedo cualquiera. En el viejo Tartiere fotografié cientos de veces a Carlos, Jerkan, Berto, Jankovic…Mi sportinguismo reconocido no me impidió disfrutar del fútbol de los carbayones a los que acompañé en muchas ocasiones por algunos de los mejores campos de España. Y como uno siempre lleva a Asturias por bandera, también simpaticé con los colores que defendían aquellos héroes de Buenavista. Excepto en los derbis, claro. La vena rojiblanca me hacía difícil concentrarme en el trabajo, teniendo muchas veces que morderme el labio para no cantar un gol de Manjarín, Juanma o incluso Abelardo agujereando la portería de Zubeldia o Mora
Fueron años gloriosos y la sincera alegría que siento por el Oviedo va más allá con la euforia que me embarga con el ascenso a primera de mi Sporting de Gijón. El derbi bien puede esperar un año más. Enhorabuena a todos. De corazón.