Humo

 

incendio

Humo de los incendios en los valles del concejo de Ibias. 21 de abril de 2017.©Miki López/La Nueva España

El coche iba trazando con suavidad las curvas del corredor del Narcea bajo un sol primaveral. El verde intenso de los árboles suspendidos sobre el embalse de Pilutuertu oculta la realidad de un abril que se presentan como uno de los más secos de los últimos años. Al llegar a Cangas una inmensa nube de humo blanco con reflejos ocres se recortaba sobre el cielo como un extraña nube de tormenta. En línea recta calculamos que estaría a unos 15 km de distancia en dirección al Pozo de las Mujeres Muertas. Un incómodo hormigueo en el estómago me recuerda sensaciones ya vividas meses atrás: Allande, El Valledor, El Franco, Tapia…vuelve el fuego devastador, el cáncer de la España Verde que transforma el verde primaveral en naranja que vuelve negro todo lo que toca.

Atravesamos el puerto siguiendo la huella inconfundible del desastre, atravesando un valle de Valvaler calcinado donde ya no queda nada que el fuego pueda consumir. El aire seco huele a madera quemada y el sol de la tarde intenta abrirse paso entre la siniestra calima rojiza que lo envuelve todo. Llegando a San Antolín vemos los primeros helicópteros que cogen rumbo hacia las  columnas de humo que se ven a lo lejos. Se pierde entre ellas haciéndose pequeño, casi como una mota de polvo sobre el horizonte que domina el fuego. David contra Goliat en medio de un paraíso de nuevo en peligro. Media hora más tarde llegamos a Torga, un pueblo pequeño moteado por cerezos en flor y con una población mermada en la que el vecino más joven ya ha superado los 70 años. Torga es el balcón al desastre ecológico que amenaza a la reserva de Muniellos, una de las masas forestales más espectaculares de Europa. Los helicópteros maniobran con destreza sobre las lomas humeantes del Valle . Las lenguas de fuego, con llamas de más de tres metros devoran todo con la avidez de un monstruo incontrolable. Un hidroavión aparece sobre el horizonte descargando miles de litros de agua que se evaporan antes de tocar el suelo. La tarde avanza y la caída del sol deja un agridulce espectáculo de color gris anaranjado sobre el estrecho valle donde se esconde Omente, el pueblo donde se originó el incendio. Dos enormes castaños centenarios parecen vigilar el pueblo que la noche anterior casi se había convertido en un infierno. El fuego respetó los años de los viejos árboles bordeando la cuneta de la carretera para emprender una carrera endemoniada monte arriba, dejando tras de si el negro manto del desastre. Que pena.

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