El bibliotecario (En memoria de Roberto Trelles)

Roberto Trelles. Soto del Barco. Febrero de 1987. ©Miki López

Roberto Trelles. Soto del Barco. Febrero de 1987. ©Miki López


Eran las 6 de la tarde de un frío día de febrero. Apuré el paso para entrar en calor tras salir de la caldeada cocina de mi casa, donde mi madre atizaba la cocina de carbón poco antes de que cayese la noche cerrada. El camino al Campo malamente se iluminaba con resecos postes de luz colocados a un solo lado del camino, separados por medio centenar de metros entre uno y otro. Mi sombra se alargaba y desaparecía en la oscuridad cada vez que pasaba por debajo de las tenue luz amarillenta de las bombillas incandescentes que parpadeaban casi hasta apagarse cada vez que una ráfaga de aire invernal rompía el silencio de esas últimas horas de la tarde. Crucé el umbral del enorme portalón de madera. Aquella biblioteca olía a humedad y libros viejos. Un olor que aun hoy, casi 30 años después recuerdo con claridad y nostalgia. Una destartalada estufa de butano trataba, con poco éxito, de comerse el frío que se colaba por las rendijas de unas descoloridas ventanas de madera y cristales empañados que se asomaban a la oscura noche invernal.
Y allí, escondido tras una montaña de libros y enfundado en su sempiterna zamarra verde, leía enfrascado Roberto Trelles. Su mano abierta aguantaba una cabeza afilada, de entradas prominentes que engrandaban su frente sobre un rostro casi oculto tras unas enormes gafas de pasta. De vez en cuando bajaba su mano para coger un lápiz y garabatear con velocidad unas notas sobre un folio blanco. Y volvía a escudriñar aquel mar de letras que se abría en forma de libro, como un Jim Hawkins en la incansable búsqueda de su isla del tesoro. Porque Roberto siempre tuvo algo de aventurero. Un espíritu que me contagió con su entusiasmo durante aquella ya lejana década de los 80. Enamorado de su pueblo de adopción, profundizó en la investigación de la historia sotobarquense, localizando documentos en diferentes archivos históricos y pateando el terreno en busca de los vestigios olvidados del riquísimo patrimonio del Bajo Nalón. Con él visite las ruinas del castro de doña Palla, el castillo de San Martín, los vestigios romanos de Murias de Ponte y los restos de las capillas de Ranón y los Veneros, en Riberas de Pravia. Precisamente esta última fue reconstruida a raíz del interés que el propio Roberto despertó en un grupo de vecinos encabezados por Jose Manuel Menéndez “Pipo” con los que el propio Roberto trabajó durante algunas jornadas que recuerdo personalmente con especial cariño.
Y mi memoria vuelve a la improvisada biblioteca que ocupaba los fríos y húmedos bajos del ayuntamiento de Soto del Barco. A las apasionadas tertulias históricas que mantenía con mi gran amigo Lolo Landajo, que continuaban con exploraciones sobre el terreno y solían terminar con algún pequeño hallazgo arqueológico que confirmaba las teorías de aquellos dos chiflados del pasado histórico asturiano.
El trabajo y el tiempo me separaron de mi pueblo y de la mayoría de mis amigos. Todos fuimos desarraigándonos de aquella juventud ochentera menos Roberto, que con la edad de mi padre, seguía intentando mantener el contacto conmigo, con este desastre de fotógrafo de prensa que siempre le dejó a deber cientos de fotografías de aventuras compartidas por las sendas de la historia. Guardo como oro en paño un libro que me regaló, escrito por Juan Antonio de Bances y Valdés a finales del siglo XVIII. Se trataba de todo un ensayo de geografía política y humana del antiguo concejo de Pravia que en aquel entonces abarcaba también los territorios de Soto del Barco y Cudillero. Con su regalo venía una dedicatoria que concluía así: “…quiero hacerte llegar una copia del libro en el que encontrarás cosas conocidas, alguna desconocida y un montón de ellas olvidadas que seguro te ayudarán a entender mejor el entorno en el que vives hoy. Un abrazo.
Firmado: Roberto Trelles Camino, en Soto del Barco, febrero de 1987”
Y vaya si entendí amigo Roberto.
Descanse en paz maestro. Bien merecido lo tienes.

Umbrales

Dos kilos de angula fresca recién pescada. Soto del Barco, noviembre de 1995. ©Miki López

Dos kilos de angula fresca recién pescada. Soto del Barco, noviembre de 1995. ©Miki López

Dice mi dentista que soy un tipo con resistencia a la anestesia. Y es cierto. Maria Antonia, la estomatóloga que me sufre como paciente desde hace unos años, me tiene que meter verdaderas dosis de caballo para mantenerme tranquilo en ese diván quirúrgico de su clínica de Piedras Blancas.Gracias a dios, mi umbral del dolor parece ser bastante alto y con una cosa voy compensando la otra. Y eso de los umbrales constata aquello de que cada persona es un mundo y cada cual reacciona a los estímulos como puede o como su propia naturaleza dictamina. Y no son solo los límites físicos, también están los sentimentales. Y el de la vergüenza es realmente singular. Me imagino lo que debe de sentir un voluntario de cáritas, de médicos del mundo o de cualquier otra ONG que se desespera por esos míseros y abandonados rincones del planeta, cuando lee estos días que un puñetero kilo de angulas supera los mil euros en su primera subasta. Cualquiera podría pensar que pudiese encerrar el secreto de la eterna juventud o la cura del ébola. Pero no señores, es para comer. Es sencillamente insultante que un producto natural que quitó tanta hambre a mis abuelos y bisabuelos, se haya convertido en un lujo exclusivo de alguien en el extremo opuesto del umbral de la pobreza. Otro umbral en el que también somos tan distintos.
Por estas fechas, mi padre comenzaba a regalar kilos y kilos de angula que pescábamos en frías madrugadas de oscuro y con el río revuelto. Era nuestra dieta diaria invernal, hasta el punto en que hubo un año en el que me negué a comerla, asqueado por los olores de cocción y ajo frito que inundaban la cocina de mi casa cuando llegábamos del colegio. Muchos días las angulas terminaban en los gallineros del bajo Nalón como suplemento alimenticio para las “pitas”. Y ahora alguien sería capaz de pagar 100 euros por 80 gramos de ración. Sin despeinarse oye. No se. A mi me daría vergüenza. Igual tengo ese umbral muy bajo. El dolor en eso también lo tengo alto. Uno por otro.