Café Majestic

Café Majestic, Oporto, Portugal. 5 de marzo de 2016. ©Miki López

Café Majestic, Oporto, Portugal. 5 de marzo de 2016. ©Miki López

Hay un rincón a orillas del Duero en el que se respira la pura esencia colonial portuguesa. Un local con olor a vino dulce y café de manga, con el aroma rancio de los viejos puertos de mar donde buscan reposo los marineros. La Rua Santa Catarina se libera del destartalado Tranvía 22 en el que viajaban los sueños de algún adolescente indiano condenado a no volver a su añorada Praça de Ribeira, al ravelo cargado de barricas de vino junto al férreo puente de don Luis I, a los besos dulces del Oporto en el café Majestic. Un camarero de blanca casaca y botones dorados levanta la bandeja sorteando con maestría las mesas de mármol. Una chica pierde su mirada en el exterior de la calle. Seguramente una taza de café no alivia la espera porque todo en el Majestic respira la nostalgia de las historias que no terminan, que viven ancladas en el tiempo como en aquella canción del muelle de San Blas… “su cabello se blanqueó, pero ningún barco a su amor le devolvía”. Y el tiempo pasa sobre esas calles estrechas y casi sucias, envueltas en el perfume de la hermosa decadencia del barrio de Ribeira, en el aroma del río que le da la vida antes de morir dulce en el inmenso oceano atlántico. Dulce como el beso de aquellos labios y de aquel vino de Oporto en el Café Majestic.
Que delicia.