Viva la danza y los que en ella están (A Xose Ambás)

Danza. Ambás (Grao). 25 de noviembre de 2016. © Miki López

Danza. Ambás (Grao). 25 de noviembre de 2016. © Miki López

Nos apeamos del coche.Las últimas luces de la tarde acariciaban una de las lomas que bordeaban el pueblo extendiendo un manto anaranjado sobre los árboles que lucían sus últimos ocres otoñales. Caminamos sin prisa por el estrecho sendero que llevaba a la casa, encogiendo los hombros mientras abotonábamos los abrigos hasta el cuello, en un intento de combatir el frío y la humedad que poco a poco se cernía sobre la aldea. Al llegar a la quintana, un murmullo rompía la quietud de este rincón salcedano, haciendo una rara excepción en la triste enfermedad del despoblamiento que sufre esta tierra. Algo mágico hay en ese bullicio que parece el eco de tiempos lejanos. Tiempos de esfoyaza y amagüestu, de sidra dulce y aroma a pan recién hecho. Tiempos de cantares y cuentos al calor del fuego después de la sestaferia…. Voces y palabras en una lengua casi olvidada, pera a fin de cuentas, la lengua de un país.

Xose aparece entre el tumulto con la cámara en la mano. Se abraza a nosotros mientras intento que no se desparrame ni una gota del vaso de vino que su padre acaba de entregarme casi sin preguntar. Rostros conocidos por todas partes. Amigos y compañeros de este hombre excepcional, de este héroe de la cultura asturiana que acrecienta en todos el amor por Asturias y los asturianos. Celestina, su abuela, presenta un disco memorable. Nunca mejor dicho, porque la grabación es precisamente eso: memoria. Una memoria que ya no corre riesgo de ser olvidada por el empeño de ese nieto que se revela y se niega a que la tradición de este pueblo pase a ser presa del olvido. Xose Ambás lucha día a día, disco a disco contra el olvido que, como él bien sabe , es la enfermedad mortal de la cultura tradicional. El disco de Celestina no es solo un homenaje a una salcedana extraordinaria. Es un regalo de una mujer casi centenaria a todos los asturianos que entienden que nuestro país pierde un trozo de alma cada vez que una de esas voces se apaga por el implacable paso del tiempo. Y allí, en aquella fría quintana, volvió a alzarse imponente la voz de Celestina Ca Sanchu, sobre los árboles ocres, sobre los hórreos vacíos, sobre las casas cerradas….

Y de pronto todo cobró vida en una metamorfosis casi espontanea de sentimientos que se transformaron en danza. Las manos se unieron en un movimiento oscilante, casi hipnótico, al son de una melodía sencilla y minimalista. Una melodía que Xose Ambás heredó de su abuela, un tesoro , como tantos, rescatado de lo más profundo de la memoria de nuestros mayores.
Iyán y yo desandamos el camino hacia el coche cuando la “xelada” comenzaba a arañar la piel. Atrás dejábamos el murmullo de la danza que se fue apagando poco a poco hasta que cesó…y comenzó a sonar una gaita. Mi hijo y yo nos miramos…y sonreímos.
Gracias Xose. Gracias Celestina. Viva la danza y los que en ella están.

Corias, febrero de 2006

Creo que mi primer viaje a Cangas del Narcea fue durante una calurosa jornada de un verano a finales de los años 70. Aquel viaje fue más una aventura que un largo trayecto por una de esas impracticables carreteras del suroccidente asturiano.
-“Estamos llegando”

Museo del Monasterio de Corias. 14 de febrero de 2006. © Miki López

Museo del Monasterio de Corias. 14 de febrero de 2006. © Miki López


La conductora de aquel reluciente volskswagen nos avisaba de nuestra llegada a destino justo cuando pasábamos delante de un espectacular edificio que mi inocencia infantil confundió con un castillo. Era el monasterio de Corias, hoy reconvertido en Parador Nacional y testigo de la hegemonía que ejerció el poder eclesiástico y monacal durante siglos en estas tierras empinadas que bordean los viñedos del río Narcea.
Años después visité los intramuros del monasterio con mis hermanos y con Elsa. Pero en el 2006 Eduardo Lagar y yo, fuimos guiados por las imponentes salas y largos pasillos de un edificio que ocultaba un verdadero museo de los horrores en la primera planta de una de sus alas. Una colección de calaveras, animales disecados y extraños engendros de la naturaleza sumergidos en formol, llenaban las vitrinas de aquella habitación provocando una rara sensación de inquietud en el entorno. Los textos que acompañaban a las “piezas” también tenían lo suyo. En especial aquella calavera en cuya frente alguien rotuló una sentencia tan inquietante como segura.
El museo se desmontó. No era lo más atractivo para formar parte de la oferta de un parador nacional y, aunque un poco friki, estoy seguro que tendría una buena clientela.
Las fotos de aquella visita en http://www.mikilopez.com/fotos/corias/index.htm

Ibias

Cabras pastando en la cola del Embalse de Grandas a la altura de Riodeporcos (Ibias). Enero de 2006. © Miki López

Corría el invierno de 1992 cuando crucé por primera vez el Pozo de la Mujeres Muertas. Recuerdo que me cayó el “marrón” porque a ninguno de mis veteranos compañeros fotógrafos les apetecía sufrir semejante viaje de 4 horas desde Oviedo para cruzar por San Antolín de Ibias en dirección a Cecos. La carretera serpenteaba estrecha y peligrosa por sombrías laderas blanqueadas por el hielo. Recuerdo que al llegar al alto la lluvia hizo acto de presencia oscureciendo un valle al que coronaba un cielo plomizo y triste. Con todo, el paisaje era sencillamente sobrecogedor. La inmensidad del espectáculo me hizo parar el coche para hacer la primera foto. Tristemente todo aquel material se quedó en el desparecido archivo de La Voz de Asturias y pese a que repetí muchas veces aquella ruta, jamás volví a sentir aquella sensación de haber descubierto un mundo nuevo, el mundo mágico y secreto en el que todos los seres de la mitología asturiana habían decidido esconderse.

Bendito “marrón”.

Campanario de la iglesia de San Antolín de Ibias. Junio de 2012. © Miki López

Banderas para el 12 de octubre

Inauguración. Castrillón 2009. © Miki López

Inauguración. Castrillón 2009. © Miki López


Pocas banderas tienen un efecto tan anti integrador como lo tiene la española. En Asturias (y en muchos otros sitios), en cuanto ves un llavero, un polo ó una inocente pegatina en el maletero de un coche con el emblema nacional, ya tienes calficativo político-ideológico para el portador. Y la cosa es que la mayoría de los asturianos vivimos ajenos a los colores patrios debido al peso de nuestra propia bandera asturiana, omnipresente en las maletas de los aficionados que viajan a la final de Roland Garrós, a la de la eurocopa, a la de la copa del rey, al tour de Francia o a las Olimpiadas. O a los sanfermines. Si en otras comunidades la española provoca rechazo, aquí es indiferencia.
San Nicolás de Bari, 2009. © Miki López

San Nicolás de Bari, 2009. © Miki López


Aunque hay excepciones: no puede haber xata de la raza asturiana de los valles o campeona frisona que se precie que no sea engalanada con la cinta española. Y lo mismo ocurre con las inauguraciones de autovías, caminos o autopistas. Esas bandas, que eran obligadas en los tiempos en que casi todo era obligado, se mantienen hoy en día, en muchos casos esperando a ser cortadas por las tijeras que, una chica vestida de asturiana, sostiene sobre una bandeja de plata. Da igual la edad que tengamos. Esa escena nos suena a todos.
Hoy día 12 de octubre, solo he visto las banderas de España en las celebraciones de la Guardia Civil. Aunque para ser justos, tengo que decir que tampoco he visto la asturiana. Y lo digo como mero observador. Esos si, un tanto indiferente.