Navidad en el parque

Mañana de Navidad fría y luminosa. Llego al paseo de Los Alamos a media mañana, todavía en pleno proceso de digestión de una cena de Nochebuena que, aunque menos copiosa de lo habitual, está haciendo de las suyas en mi maltratado aparato digestivo. Como siempre, le voy echando la culpa al alcohol, al vino peleón con marca rioja que me dieron en una de esas estaciones de penitencia con forma de barra de bar en las que vamos soltando las penas del año que termina.

Trabajadores despedidos del servicio de parqeus y jardines de Oviedo acampados en el parque de San Francisco de Oviedo.. 25 de diciembre de 2012. © Miki López

Trabajadores despedidos del servicio de parqeus y jardines de Oviedo acampados en el parque de San Francisco de Oviedo.. 25 de diciembre de 2012. © Miki López


Un pequeño grupo de periodistas se arremolinaban al rededor de los trabajadores de parques y jardines que habían pasado la más triste de las nochebuenas en compañía del incombustible Roberto Sánchez Ramos, Rivi, después de 33 días durmiendo bajo las lonas de las tiendas de campaña que desplegaron en la parte baja del parque de San Francisco, junto al paseo de Los Alamos.
Tras la intervención política, uno de ellos lanzaba una desesperada llamada de atención a la clase política en una intervención de apenas unos segundos que se vio ahogada en la voz y en la mirada por las lágrimas que inevitablemente comenzaron a resbalar sobre los ojos de aquel trabajador. Era Ivan Alvarez, un joven de treintaypocos años con dos niñas preciosas que a esa misma hora jugaban entre los sacos de dormir y las mantas de la tienda en la que su padre pasa las noches a la bajo los árboles desnudos del parque. Dos niñas totalmente ajenas a la angustia en la que se debate su padre, apesadumbrado por la incertidumbre de un futuro imprevisible en la que le ha embarcado una crisis económica de la que nos es culpable. Ni él ni sus dos hijas.
Los periodistas se van, pero Iván y sus compañeros vuelven a las tiendas. Organizan los turnos y las tareas mientras alguien revuelve la sopa en un hornillo de camping y la sirve en pequeñas tazas de plástico que se van pasando unos a otros calentando las manos gélidas de los acampados.
En frente, en la calle Fruela, la gente va sentándose en las terrazas de los bares para poder fumar al calor de las estufas portátiles que flanquean las mesas.
Nadie levantó la mirada hacia el parque. Nadie vio a aquellos trabajadores organizando su lucha defendiendo su trabajo, su dignidad como personas. Nadie vio a aquellas pequeñas jugando entre las tiendas, con sus muñecas y pinturas de las Monster High ajenas a lo que se juegan sus mayores bajo los toldos de aquellas tiendas.
Al menos a mí la escena me amargó la comida de este 25 de diciembre. Tan frío, tan luminoso y tan triste.
Que queréis. Es Navidad.

Autoridad

Aquel chaval sonriente bajaba la calle Santa teresa al frente de la pancarta que sostenía junto con otros dos compañeros funcionarios. Bordeaban la Junta General del Principado en el mismo momento en el que otro grupo de empleados públicos abandonaban el edificio después de haber sacado unas pequeñas pancartas alusivas a todos los derechos pisoteados en los últimos meses por las nefastas decisiones políticas que nos han hecho retroceder décadas en derechos laborales.

Manifestación de funcionarios delante de la Junta General del Principado. Diciembre de 2012. © Miki López

Manifestación de funcionarios delante de la Junta General del Principado. Diciembre de 2012. © Miki López


La policía nacional, tras invitarles a salir del recinto, cierra las puertas de la Junta que, paradójicamente vivía su jornada de puertas abiertas. El grupo de manifestantes recién llegados solicita el acceso al edificio al mando del grupo de agentes de la UIP que ordena a sus hombres dar un paso al frente para hacer más evidente su negativa y como no, su autoridad incustionable. Se oyen los gritos acompasados de los manifestantes clamando contra los recortes, contra el paro y contra los irresponsables que manejan los hilos de nuestras desgracias.
Manifestación de funcionarios en Oviedo. Diciembre de 2012. © Miki López

Manifestación de funcionarios en Oviedo. Diciembre de 2012. © Miki López


El funcionario sonriente tiene un leve encontronazo (digo leve por no decir nulo) con otro funcionario uniformado que no va más allá de un cruce de palabras que ni siquiera rozan el insulto. “Tais aquí pa protegenos, no pa tocanos los huevos”. “Los culpables tan ahí dentro, no somos nosotros”.
Tiro algunas fotos del “enfrentamiento” por hacer algo, pero si noto algo extraño, casi perverso, en la mirada del UIP increpado. No le quita ojo al chaval sonriente al que, prudentemente, sus compañeros han separado de la línea de “defensa policial” que custodiaba el acceso al hemiciclo asturiano.
Policias de la UIP ante los funcionarios que se manifiestan frente al edificio de la JGP. Diciembre de 2012. © Miki López

Policias de la UIP ante los funcionarios que se manifiestan frente al edificio de la JGP. Diciembre de 2012. © Miki López


La marcha continúa sin mayores problemas hasta la puerta de Presidencia siguiendo el ritual de todos los viernes. Vuelven los pitos, las consignas y los policías. Un poco más adelante y con la poca discreción de la que puede hacer gala una lechera, la furgoneta policial se detiene esperando acontecimientos.
Cuando termina la protesta, los funcionarios se dividen para reincorporarse a sus puestos de trabajo o para volver a sus domicilios. El chaval sonriente estaba en esto cuando el furgón le adelantó en su retorno para interceptarle y borrarle la sonrisa de un plumazo con una identificación y una amenaza de denuncia por atentado contra la autoridad. Y eso si que no es ninguna broma.
Y el problema está ahí. Uno no sabe cómo enfrentarse legalmente a la autoridad sin que le den por el saco, sobre todo cuando la autoridad la ostenta alguien que la utiliza de manera cobarde y pendenciera.
Los funcionarios se encaran con los policias que custodian el acceso a la JGP. Diciembre de 2012. © Miki López

Los funcionarios se encaran con los policias que custodian el acceso a la JGP. Diciembre de 2012. © Miki López


La impotencia se va apoderando de esta sociedad nuestra abatida por el desánimo y desamparo. A los periodistas de calle cada día nos ponen las cosas más difíciles porque es evidente que incomodamos. Desde hace años veo como hacer una foto de lo más normal se está convirtiendo en una misión imposible obstaculizada por la autoridad competente o por nosequé posible derecho vulnerable. Y realmente lo único que se está vulnerando es la libertad de información, la libertad que da valor a nuestro trabajo y en la que nos va el futuro como trabajadores. No solo la crisis es la que justifica los miles de periodistas que han perdido su trabajo. Ya hace años que minamos nuestro oficio con el conformismo oficialista, acomodándonos a las agendas a la información interesada que nos facilitan nuestros propios compañeros de los gabinetes de comunicación. Y así nos luce el pelo.
Esto es como lo del cambio climático. Posiblemente sea ya demasiado tarde para reaccionar pero ahora es el momento de reivindicar nuestro trabajo para no dejarnos amedrentar por los dictados de una clase dirigente que presume de abanderar las libertades solo con las verdades que no les incomodan.
Nosotros no tenemos nada que esconder y mucho que contar. Aunque no les guste.

En aquel Bus

Sombra del Puente de los Fierros (Cudillero). Noviembre de 2012. © Miki López

Sombra del Puente de los Fierros (Cudillero). Noviembre de 2012. © Miki López


Las nubes llegaron de repente. Primero asomaron entre los edificios rompiendo el azul celeste inmaculado de aquella tarde de invierno. El blanco resplandeciente de sus formas iba tornándose de gris a negro con velocidad de vértigo, alzando ante la mirada una imponente pared oscura que se levantaba como una sobrecogedora amenaza por encima de los montes que bordeaban el río.
El aroma a sal impregnaba el aire como señal evidente de que un nordeste cargado de agua se abalanzaba sobre la villa con la intensidad con que acostumbraba a hacerlo todos los inviernos. Antes del chaparrón un sonido hidráulico y metálico abría la puerta trasera del autobús de la empresa “Angel Blanco” mientras un intento de hilera de viajeros se apelotonaba sobre la acera temiendo quedarse sin uno de los asientos destartalados que se distribuían a lo largo del estrecho pasillo del autobús.
El conductor miraba con pereza a través del espejo retrovisor mientras el “Farias” languidecía medio apagado entre los gruesos dedos de su mano derecha. A través de la ventanilla entreabierta comenzaban a colarse la gotas de aquella tormenta que llegaba con su habitual caos de viento, agua y silvidos descontrolados del nordeste invernal. Alguien acertó a tirar de la manecilla semioxidada que cerraba la ventana y cierta sensación de silencio y tranquilidad se apoderó del pequeño espacio interior del viejo coche.
El motor rugía anunciando la marcha. A través de los cristales salpicados por la lluvia recién llegada, las calles se movían sin vida, aletargadas por la repentina llegada de otro diciembre que las sumía en la frialdad del vacío. El coche sorteaba los ángulos muertos de la pequeña ciudad antes de salir al descampado de edificios que entraba en la vieja carretera nacional. El rio murmuraba bajo los pilares del puente. María miraba desde la ventanilla apoyando su frente en el gélido y húmedo cristal. En los asientos traseros un grupo de jóvenes conversaba animadamente, con ese brillo de alegría en la voz que daban las tardes de aquellos viernes estudiantiles.
Tormenta en el Pinar, Lamuño (Cudillero). Noviembre de 2012. © Miki López

Tormenta en el Pinar, Lamuño (Cudillero). Noviembre de 2012. © Miki López


Aquel autobús, como reflejo de la realidad, transportaba ilusiones de un fin de semana y cansancios de toda una vida, separados únicamente por el indefinido espacio que separaban los estrechos asientos de skay amarillento. Distancias tan cortas en lo físico, tan insalvables en lo personal, pero con un fin común a todas las vidas que los ocupaban. Como aquella parada que se divisaba al final de la carretera, en aquel rincón del camino donde el cielo volvía a pintar del azul intenso el eterno cielo de Asturias. Vertical e inquebrantable, que decía la canción.
María descendió con suavidad los dos escalones que la separaban del asfalto. Mientras el rumor del motor de gasóleo se alejaba en la distancia, volvió la vista a tras, justo en el momento que el viejo autobús desaparecía tras la última curva de la nacional que alcanzaba la mirada. La vida continuaba con su abrumadora monotonía invernal.
Otro diciembre más para un invierno menos.
Feliz Puente.
Viajando en bus bajo la tormenta en www.mikilopez.com