Café de media tarde

Terraza del café Dolar. Plaza de Porlier (Oviedo). 24 de septiembre de 2014.  © Miki López

Terraza del café Dolar. Plaza de Porlier (Oviedo). 24 de septiembre de 2014. © Miki López


Me encanta ver como la plaza de Porlier recupera todo su esplendor tras la marabunta de San Mateo. El final de las fiestas de Oviedo marca el pistoletazo de salida de ese curso escolar-politico-laboral que nos devuelve a nuestra bendita monotonía. Pero para no caer en el depresivo ambiente otoñal, casi siempre acompañado por la mala compañía del estrés postvacacional, os animo a disfrutar de esta cálida luz de septiembre, preludio del maravilloso espectáculo de la “seronda” asturiana. Da igual donde. Ayer fue en el café Dolar, en la plaza de Porlier. Café de media tarde en un Oviedo que vuelve a ser Oviedo. Lo dicho… bendita monotonía.

8 apellidos astures.

Vamos p’allá. Otro día de Asturies camino del torto con picadillo vendido al estilo Quebab por unos chavales con una vestimenta hippie-medieval entre el tumulto ferial que este año toca en Candás. La globalización es lo que tiene. Uno ya no es capaz de distinguir entre la semana negra, la feria de muestras o el día de Asturies sin mirar el calendario. Vivimos en esa noria del año tras año, en la espiral que siempre termina en el mismo punto de partida para volver a empezar otra rutinaria legislatura escolar y política que parece un tablero del juego de la oca. Y todo sigue igual. De mi Asturies del alma parece que solo va quedando el nombre. Sigo escribiendo en castellano porque, tristemente, es la única lengua en la que me enseñaron a escribir.

Bandera de Asturias. Aristébano (Tineo), 27 de julio de 2014. © Miki López

Bandera de Asturias. Aristébano (Tineo), 27 de julio de 2014. © Miki López

Sigo pensando en asturiano porque es la lengua que mamé, la que me hace sentirme en casa, la que conserva mis raíces y la cultura con mayúsculas de mis padres y mis abuelos. No quiero que mueran estos sentimientos ahogados entre acusaciones de nacionalismos mezquinos que nada tienen que ver con la realidad de lo que está pasando en esta tierra. Asumo con resignación que mis hijos ya no piensen en asturiano, que todas sus expresiones sean en castellano y que yo, en muchos casos, me vea hablando únicamente en esa lengua llevado por el propio respeto que me produce comunicarme con alguien en el mismo idioma en el que se expresa. No tienen la culpa. Vivimos en un Avilés castellano parlante, consecuencia de la masiva llagada de trabajadores del sur debido a la industrialización de la comarca durante mediados del siglo pasado. La muerte del asturiano en las expresiones de mis hijos ya es un hecho, pero no es culpa de estos nuevos avilesinos. Es una situación provocada por una constitución que ha propiciado que mi país sea una comunidad de segunda al no proteger el tesoro de la llingua, al esconderlo en la enseñanza como asignatura optativa dentro de una sociedad globalizada en la que solo importan e imperan el castellano y el inglés. Ser asturiano no es tener 8 apellidos astures. Va mucho más allá. Es sentirse orgulloso de lo que tienes y utilizar ese orgullo en la integración de todo el que quiera trabajar por este país.
Pero hoy, 8 de septiembre, la realidad se me presenta muy negra. Vivimos entre el debate de los nacionalismos catalanes, vasco y español mientras agonizamos como pueblo singular, como sociedad solidaria y luchadora, olvidados por un gobierno central y autonómico que con descarada demagogia utilizan la expresión “nacionalismo” para enterrar estas reflexiones, que desde luego y en mi caso, nunca pretenden ser excluyentes. Mientras tanto, mis dos hijos con 8 apellidos astures, olvidan su lengua y su cultura ante la mirada impotente de su padre. Mejor éramos catalanes. O españoles.
Así nos va.