Carrillo

Santiago Carrillo, Avilés. Junio de 2009. © Miki López


Siento una especial pena por la muerte de Santiago Carrillo. Puede ser porque dentro de mi historia familiar, la convicción, el hambre, las penurias (con cárcel y fusilamiento incluidos) nos cayeron siendo republicanos. Pero en el fondo creo que realmente, esta extraña sensación de tristeza va más orientada a la pérdida de otro histórico de la transición. Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Felipe González y Adolfo Suárez son, para nuestra afortunada generación de cuarentones, símbolos de la libertad añorada por nuestros padres y nombres seguramente ya condenados al olvido por nuestros hijos.

Santiago Carrillo. Avilés, junio de 2009. © Miki López


Lo verdaderamente triste es que con la que está cayendo, parece imposible que nuestros políticos de hoy alcancen la mitad del compromiso social y la calidad política de los padres de nuestra moderna democracia.
Para todos aquellos españoles de una y otra ideología que vivieron con esperanza y a veces con angustia los años del cambio, la pérdida de Fraga y Carrillo en el mismo año 2012, en el annus horribilis de la intervención de un país que ha perdido la fe en sus dirigentes, no deja de ser un recuerdo triste de lo que fuimos y de lo que parece que jamás volveremos ser: un pueblo que contra todo pronóstico consiguió remar en un único sentido.