No hay palabras

Bicicleta. San Juan de La Arena. 2014. © Miki López

Bicicleta. San Juan de La Arena. 2014. © Miki López

No hay palabras. Ayer crucé al atardecer un Soto desolado por la muerte de dos niñas. Nunca había visto así las calles de mi pueblo. La tristeza flotaba en el ambiente como si del mismo aire se tratase y solo las luces en el interior de las casas indicaban que pudiese haber alguien sobreviviendo al pesar de la tragedia. Visité la casa de mis padres. Bajo una aparente normalidad los encontré desanimados, como sus vecinos, incapaces de creer la pesadilla que había quitado el sueño a toda Asturias. Mi madre confesaba que solo tenía ganas de llorar mientras que mi padre trataba de rehuir un tema que le arañaba el ánimo. Horas antes centenares de personas se habían dado cita en la plaza del ayuntamiento en un intento por aplacar la pena y mostrar la indignación colectiva ante acto vil e incomprensible. Es difícil creer que algún día este pueblo pueda superar semejante tragedia. Es difícil que los niños y profesores del colegio Gloria Rodríguez puedan olvidar los nombres de Amets y Sara. Pasarán años, pasarán décadas y Soto seguirá llorando un trozo de alma arrancada de cuajo por un loco asesino, por un cobarde que no tuvo los huevos de vivir para digerir la vergüenza de su miserable espíritu. Los pensamientos se nos van hacia esa madre destrozada, impotentes ante la evidencia de que no hay consuelo. Ni consuelo, ni suficientes lágrimas, ni recuerdos más dolorosos en las esquinas de aquel parque, en aquel rincón de la playa, en el bullicio de los críos en bicicleta, junto aquel pequeño pupitre del colegio o en la casita de muñecas. Que injusta puede llegar a ser la vida. Siempre estaremos con vosotras, con vuestra familia y vuestros amigos. Sólo podemos pedir que descanséis en paz.
Hasta siempre pequeñas.

Sacando callo

Cuando uno lleva muchos años en esto parece que se saca callo para todo. En el plano personal, dedicarse al periodismo exige un fuerte componente vocacional para poder aguantar esa montaña rusa en la que nos subimos día a día, compartiendo cada jornada con gente de lo más variopinto: ciudadanos de a pie, políticos, artistas, gente desesperada y algún que otro sinvergüenza. Pasamos de la alegría a la tragedia con una simple llamada de teléfono o con un tono de wasap que te pone los pelos de punta. Es la inevitable bipolaridad del periodismo que escribe la historia diaria de una ciudad y que en muchas ocasiones pasará rapidamente al olvido en unas horas o apenas unos días. Aguantamos guardias interminables, picamos a puertas de dudosa legalidad y nos vemos en situaciones de las que, muchas veces, no tienes ni puta idea de como salir.

Un policía judicial se cubre la cara en el interior del coche en el que viaja esposado uno de los detenidos por el crimen del niño de Vallobín. Oviedo, 11 de noviembre de 2014. © Miki López/La Nueva España

Un policía judicial se cubre la cara en el interior del coche en el que viaja esposado uno de los detenidos por el crimen del niño de Vallobín. Oviedo, 11 de noviembre de 2014. © Miki López/La Nueva España

Y desde luego os puedo decir que no lo hacemos por gusto. Como yo, la mayoría de mis compañeros se mueven por el impulso de la profesionalidad, a veces con la angustia que aparece cuando crees que no estás en el lugar adecuado, convirtiendo este oficio en uno de los trabajos más estresantes del panorama laboral actual. El equipo de La Nueva España del que formo parte, lleva varios días informando del despreciable asesinato de Imran, un pequeño de dos años muerto a golpes dentro del entorno familiar. Un drama en toda regla difícil de entender para cualquier persona, pero mucho más para todos aquellos que somos padres normales, padres que moriríamos y mataríamos por nuestros hijos, incapaces de dormir cuando tienen unas décimas de fiebre, que nos desvivimos por su seguridad y bienestar, por allanarles un poco el camino de una vida en muchos casos dífícil e injusta por naturaleza. Por todo esto me acuerdo a diario del pequeño de Vallobín que murió sin apenas vivir, sin conocer el cariño y sufriendo un calvario difícil de imaginar para terminar tirado en un matorral víctima de unos miserables, unos individuos que llegaron ayer a las dependencias de la Policia Nacinal de Oviedo tras entregarse en León agobiados por la presión mediática y policial a la que se vieron sometidos. Cuando llegaron los fogonazos de nuestros flases sólo podían iluminar el interior de los coches para descubrir unos bultos cubiertos con cazadoras que tapaban la vergüenza que no exime de culpa. En el segundo coche nos despistó un policía judicial que se cubrió el rostro para no ser identificado. En ese momento creímos que se trataba de uno de los detenidos, pero al revisar las fotos, vi las manos en los grilletes de un individuo agazapado entre los asientos delanteros. No conseguimos la foto, pero esta noche antes de dormir, revisé una vez más las imágenes y me fijé con detenimiento en esas manos esposadas casi desapercibidas bajo el brazo derecho del policía que se cubre la cara. Las manos de la infamia. Joder…. hay veces que me gustaría tener a mano otra arma que no fuese una cámara de fotos. Con estas cosas no hay dios quien saque callo.

Los derechos de imagen de Don Vito y otras hierbas

Don Vito Corleone. Cudillero. 16 de enero de 2013. © Miki López/La Nueva España

Don Vito Corleone. Cudillero. 16 de enero de 2013. © Miki López/La Nueva España

Leo en La Nueva España que la compañía cinematográfica Paramount exige a un hostelero pixueto la retirada de todo el material gráfico que decora su establecimiento, un coqueto bar al que ha puesto el explícito nombre de Don Vito Corleone. Ni que decir tienen que todas esas imágenes son escenas y fotografías relacionadas con la mítica trilogía de El Padrino de Coppola y que personalmente me sirvieron de inspiración y atrezo para ilustrar algún reportaje sobre los “hechos oscuros” del gobierno local. Con bastante lógica alega la productora que se vulnera la propiedad intelectual de los autores con un evidente uso comercial. El caso es que si la decoración va perfectamente con el panorama político pixueto, asturiano y español en general no sería mala idea sustituir la icónica imagen en vinilo del elegante Marlon Brando por la de algún otro de los protagonistas de este culebrón de serie B. Seguramente no darían bien en cámara, pero ganaríamos en realismo. Aunque ojo… los derechos de imagen son los derechos de imagen, así que si a don Vito lo que es de don Vito, a Villa (por ejemplo) lo que es de Villa. Yo si fuera josiangel no tardaría en registrar mi imagen. Cagonmimanto incluido.

Aprendiendo a levantarse

Iyán. 2 de noviembre de 2014.  © Miki López

Iyán. 2 de noviembre de 2014. © Miki López

En esta casa tenemos la gran suerte de que el judo sigue dándonos lecciones de vida. Me explico. Avilés congrega uno de los grandes espectáculos relacionados con este deporte desde hace ya 14 años. Cita ineludible para las mejores canteras de este arte marcial con categoría internacional.

Iyán. Avilés, 2 de noviembre de 2014.  © Miki López

Iyán. Avilés, 2 de noviembre de 2014. © Miki López

Iyán, 2 de noviembre de 2014.  © Miki López

Iyán, 2 de noviembre de 2014. © Miki López

Mi hijo Iyán competía oficialmente por segundo año consecutivo, con unas enormes expectativas después de haber conseguido un merecidísimo bronce nacional en la temporada pasada. Entrenó duro, con ganas e intensidad, totalmente entregado a una pasión por un deporte que comenzó a practicar casi con los pañales puestos. Dos meses de un trabajo físico y mental difícil de compaginar con unos estudios a los que hay que añadir un mayor sacrificio en horas de tarea de más y horas de esparcimiento de menos solo para poder seguir entrenando. Iyán era consciente de que precisamente él era uno de esos rivales a batir en este gran torneo que es el Villa de Avilés. Las noches previas tenía un nudo en el estómago. Los nervios comenzaban a incomodar como tantas veces en otras competiciones, pero esta vez quería hacerlo bien porque era el torneo de su club, el de sus compañeros y entrenadores, el de su otra familia.
Y allí se plantó, con ese judo técnico que le enseñaron Carlos y Omar desde pequeñito, con un saber estar en el tatami digno de gran madurez, con un enorme respeto por el contrario inculcado por entrenadores y compañeros de un deporte del que seguramente jamás podrá llegar a vivir profesionalmente por muchos éxitos deportivos que alcance en su vida. Comenzó muy bien, tres combates, tres ippones a favor que le daban confianza para afrontar la fase más dura del torneo.

Iyán y sus amigos del Juso Club Avilés.  © Miki López

Iyán y sus amigos del Judo Club Avilés. 2 de noviembre de 2014 © Miki López

En el cuarto Iyán dominaba. A 20 segundos del final ganaba sin complicaciones y posiblemente un exceso de confianza y el buen hacer en el suelo de su contrincante terminó con una inmovilización que le dejaba fuera de la lucha por el oro. Las lágrimas hicieron acto de presencia al haber acariciado las semifinales, decepcionado consigo mismo, su cabeza trató de centrarse en el bronce y era necesario ganar tres combates más, los dos primeros a punto de oro. Otra presión añadida. Primera repesca, otro ippon. Solo quedaban dos. El cruce muy difícil con un rival muy alto y tremendamente físico que llevó la inciativa todo el combate y que Iyán no supo contrarrestar. De pronto un yuko y se acabó. Acostumbrado a ganar, Iyán se quedó en el suelo mirando al techo del pabellón, hundido como pocas veces le he visto. Su rival celebraba el merecido éxito con su entrenador. Sin ninguna duda había sido mejor en ese combate final y el chico terminaría por llevarse el bronce. Iyán se levantó y al salir del tatami volvieron a llenársele los ojos de lágrimas. Sus compañeros del Judo Avilés salían a su encuentro para consolarle como tantas veces había hecho él con muchos de ellos. Le abrazaban, le animaban pero no encontraba consuelo. La derrota en su torneo había dado paso a un combate consigo mismo. Uno de los judokas juniors, a los que tanto admira, le animó y le recordó que había hecho un gran torneo, que el deporte tenía estas cosas y que había que levantarse para volver a pelear. A las dos horas volvió a ser un niño. Corría por el tatami, jugaba con sus amigos y animaba a su hermano y sus compañeros en el torneo por equipos alevín.
Por la tarde merendábamos en el Mcdonalds olvidándonos de los pesos y las presiones.
-Papá, ¿te dijo Carlos cuando es la próxima competición?
Había comenzado a levantarse. Una lección más para la vida. Enhorabuena Iyán.
Como me gusta ese deporte.