Tantos por ciento

Un hombre pide limosna en la calle de La Cámara. Avilés, 18 de octubre de 2013. © Miki López

Un hombre pide limosna en la calle de La Cámara. Avilés, 18 de octubre de 2013. © Miki López

Soy un hombre de letras. A mi los números me aburren cuando van más allá del simple hecho de comprobar la primitiva, pero reconozco que son la mejor manera de hacer comparativas que se ajusten a la realidad del día a día. Las estadísticas siempre ponen las cosas en su sitio, porque tienen la virtud de no estar afiliadas a ningún partido político. Durante estas últimas semanas me he quedado con dos datos aportados por los medios de comunicación. Por un lado la ley de los números dice que 1 de cada 3 españoles activos cobra 600 euros al mes. Por otro que un 20% de los asturianos, los más ricos, acaparan el 43 % de todos los ingresos declarados en el año 2012. No hay que ser licenciado en Ciencias Exactas para darse cuenta de que mientras unos las pasan putas a partir del día 2 de cada mes, los otros se pasan la crisis por el forro y de paso se forran.

Salinas. 16 de febrero de 2008. © Miki López

Salinas. 16 de febrero de 2008. © Miki López

Si la solución de este gobierno del PP pasa por salir del atolladero económico a base de exprimir al que ya no tiene ni para comer, creando un millón de empleos en esas condiciones de precariedad decimonónica para, de paso, engordar las cuentas corrientes del otro 20 %, sus señorías solo conseguirán que el cabreo del otro 80 % se incremente un 200 %. La pobreza siempre fue el alimento más eficaz de las revoluciones. Y las desigualdades sociales fueron su mejor hilo conductor.

Y aplaudían el otro día cuando aprobaban sin consenso una reforma educativa vergonzosa, elitista e infumable. Algo se deben oler cuando tratan de hacernos comulgar con ruedas de molino en vez de con hostias reglamentarias de los antidisturbios a razón de unos razonables 30.000 euros por manifestación expontanea no autorizada. Gracias por las rebaja.

Sinceramente, yo no me reiría tanto. La cosa no está para bromas. Está claro que lo suyo no es la memoria histórica. Ahí si que les recomendaría que en este caso, se olvidasen de los números y cojan los libros. A ver si de una vez por todas somos capaces de aprender de los errores pasados. 

Aunque no se yo. Soy de letras, bobo.

La botella medio llena de Cospedal

Mercedes Fernández, Maria Dolores de Cospedal y José Manuel Felgueres en el Llagar de Sidra Castañón. Quintueles, Villaviciosa, 20 de noviembre de 2013. © Miki López/La Nueva España

Mercedes Fernández, Maria Dolores de Cospedal y José Manuel Felgueres en el Llagar de Sidra Castañón. Quintueles, Villaviciosa, 20 de noviembre de 2013. © Miki López/La Nueva España


Esperábamos a pie de llagar cerca de San Miguel de Arroes. Hacía frío pero los compañeros de los medios de comunicación siempre nos damos calor moral durante esos minutos de espera a los que nos someten los políticos de Madrid con sus turnés de provincias. Hoy toca el Cospedal tour 2013 por estas tierras norteñas donde, paradójicamente, parece que el PP no acaba de encontrar el norte. Lo cierto es que la Secretaria General del Partido Popular, como tantos otros políticos de otras siglas, quiere hacernos ver que la botella está medio llena cuando en realidad está casi vacía. Y se quedan tan anchos.
Hoy, la señora Cospedal me dejó perplejo cuando, después de tenderle uno de esos culinos de sidra del llagar de Castañón, llevó el vaso a los labios probando el caldo patrio asturiano como si de un vino castellano se tratase. Alguien le tuvo que decir que aquí la sidra se bebe al trago y de un tirón.
Bebiendo a “sorbinos” sabe peor, pero tiene la ventaja de que siempre ves el vaso medio lleno.
Tanto me presta la sidra, que yo siempre lo veo medio vacío. Qué le voy a hacer. Será este pesimismo innato que me gobierna.

En la playa

Pescador en la playa de Xivares, Carreño. 14 de noviembre de 2013.  © Miki López

Pescador en la playa de Xivares, Carreño. 14 de noviembre de 2013. © Miki López


La lluvia se acercaba con a fría brisa del norte. Le gustaba aquella sensación de frescor que le hacía sentirse vivo, en la misma orilla de la playa, cara a cara con aquel océano que le había quitado tanto como le había dado. Miraba fijamente el borde superior de aquella caña de pescar que había hincado en la arena húmeda del arenal, a escasos metros del acantilado al que no sabía cuantas veces se habría encaramado cuando era niño, escondiéndose de los gritos de su madre que jamás le buscaría tan cerca del lugar que tantas y tantas veces le habían prohibido visitar. Se sentía muy a gusto entre el mar y la pared vertical que rompía la llanura de la rasa costera. Las olas, las gaviotas y el viento formaban la banda sonora de su niñez, el refugio de unos recuerdos agridulces que jamás volverían. Como no volvería aquella infancia de juegos de piratas que luchaban con espadas de madera y se escondían entre los juncos de la ría. Los mismos juncos que sirvieron de escondite para aquellos primeros besos furtivos que sabían a tabaco negro robado de la pitillera del abuelo.
Se sentó en la arena sin perder de vista el ondulante balanceo del sedal que movía el borde de la caña al ritmo del oleaje. El abuelo. Una madrugada su madre le despertó angustiada. El viejo había salido con su bote al atardecer para recoger unos aparejos que había largado cerca de la isla. Eran las tres de la mañana y nadie sabía nada de él. Se fueron al muelle donde las linternas se movían entorno a los hombres que preparaban el equipo de rescate en el interior de una pequeña lancha de fibra. Esperaban el alba. Un amanecer plomizo de invierno que invitaba al pesimismo. O al menos eso le parecía visto en la distancia del tiempo, seguramente sugestionado por el hecho de que el viejo nunca regresó. Había decidido quedarse para siempre con la marea que tantas veces había esperado y ella, agradecida, aceptó gustosa su ofrecimiento. El bote apareció varado en la playa, frente a la pequeña isla. En su interior seguían los aparejos y la vieja pitillera grabada con la silueta de una gaviota que volaba hacia el horizonte.
Recogió la caña entre las últimas luces de aquella tarde plomiza y guardó el gancho y los sedales en el viejo cesto de mimbre. Lo cruzó en bandolera sobre el pecho y rebuscó en los bolsos de su chaleco. Sacó la pitillera y encendió un cigarro mientras la llama del mechero iluminaba la silueta de aquella gaviota que volaba hacia el horizonte, entre los murmullos de las olas y el viento, en una tarde plomiza de invierno. Y una vez más sintió en la distancia la voz lejana del viejo.