La magia de la noche en los Lagos de Covadonga

La noche cae sobre el lago Enol, 6 de junio de 2017. Miki López/LNE

En el mes de mayo es habitual que me reúna con alguno de los responsables de este periódico para tratar de poner en marcha algún reportaje que de inicio al suplemento de verano. Hacía tiempo que le habíamos dado vueltas al asunto de fotografiar la naturaleza durante la noche aprovechando la luz de la luna. Lo intenté en mayo, pero las condiciones meteorológicas no fueron las adecuadas, por lo que decidimos esperar al mes siguiente. Yo no estaba demasiado convencido de este experimento por varias razones. Una, por el mero hecho de mi falta de experiencia en  fotografía nocturna. La otra, por la seguridad de que este tipo de imágenes serían muy difíciles de trasladar al papel de un periódico, que no tiene precisamente la calidad de una revista.

Lagos de Covadonga y Picos de Europa al atardecer

Lago Ercina por la noche. 6 de junio de 2007. Miki López/LNE

Así todo, una tarde de junio cogí el equipo y el trípode y arranqué camino de los Lagos de Covadonga con más ganas que fe en los resultados. Al llegar a la vega de Enol, el sol caía sobre el horizonte escondiéndose de vez en cuando entre las nubes que arrastraba un primaveral viento del sur. La luna a la espalda, con un brillo aún tenue ahogado entre el resplandor del atardecer y el cielo azul pálido que todavía dominaba el firmamento. La tarde era tan agradable que decidí sentarme en la hierba y esperar a ver que sorpresas me deparaba la noche.

Me sentí bastante raro disfrutando de aquellos momentos de paz mientras trabajaba. Para un fotoperiodista como yo, los acontecimientos suelen ir mucho más deprisa. No solemos tener tiempo a pensar tanto las cosas, así que salió de mi el sentimiento negativo de que aquello no podría salir demasiado bien. Pero me dejé llevar por las circunstancias y decidí disfrutar de aquel anochecer que me regalaba la naturaleza.

Lagos de Covadonga y Picos de Europa en una noche de luna llena

Reflejos del Lago Enol. 6 de junio de 2017. Miki López/LNE

Jugué con el equipo, imaginé composiciones y las ensayé desde el trípode minutos antes de que alguien decidiese apagar las luces del paraíso. Y con la oscuridad llegó la magia y mi esfuerzo personal por tratar de grabar aquel espectáculo en el sensor de la cámara. Me sentí como un cazador del tiempo incapaz de dar alcance a su presa, pero también fui consciente de que estaba disfrutando del privilegio de haber tenido la oportunidad de presenciar aquel espectacular atardecer en los Picos de Europa.

La noche pasó rápido. Con la mirada acostumbrada a la plateada luz de la luna, recogí el equipo y revisando la cámara, me sorprendió el hecho de haber disparado apenas una veintena de fotografías. Casi tanto como el paisaje de cuento que tuve la suerte de presenciar en mitad de aquella cálida noche de junio en los Lagos de Covadonga.

-“Está claro que tendré que repetir en Somiedo”, pensé.  Un día de estos os lo cuento.

Reino sin rey

Bosque en los Picos de Europa. 19 de mayo de 2016. © Miki López/La Nueva España

Bosque en los Picos de Europa. 19 de mayo de 2016. © Miki López/La Nueva España

Caminamos entre los árboles. La brisa es suave. En ocasiones se arremolina entre los troncos cubiertos por líquenes y musgo, transportando el frescor de los neveros que todavía resplandecen bajo el sol de mayo. Los vemos entre el follaje verde esmeralda de las hayas, repartidos por las canales sombrías de este macizo sur de los Picos de Europa. Cruje la hojarasca seca bajo nuestras botas en este reino del urogallo, en este reino sin rey que, aun así sigue siendo todo un paraíso. Sobre la marcha, los miembros del proyecto Life Urogallo nos explican el proyecto de recuperación de uno de los emblemas de la fauna cantábrica. Los profesionales del periodismo hemos perdido muchas de nuestras facultades en estos tiempos de revolución tecnológica, pero aun mantenemos la capacidad crítica de distinguir entre los sueños y la realidad. Y la realidad sigue siendo tozuda por muy buenas que sean las intenciones. Con mucho esfuerzo y dinero de por medio, estos especialistas han conseguido soltar dos pollos de urogallo en las inmediaciones de Posada de Valdeón. Uno murió a los dos días y el otro tiene un futuro incierto dentro de un entorno hostil y cambiante que ya ha dejado de ser un refugio para el urogallo. Cambio climático, alimañas, presión urbana…todo parece jugar en contra del ave de los celtas, el hermano del capercaillie escocés que desplegaba con arrogancia su espectacular plumaje durante el cortejo, incluso descuidando su propia seguridad en el afán vital de apareamiento. Me recuerdan un poco al dodo, el ave que popularizo la película infantil “Ice Age”. Los productores de Pixar crearon la caricatura de una animal bobalicón que se extinguía victima de su propia estupidez. Resulta paradójico que en la realidad, el urogallo, pueda ser víctima de la estupidez humana. Solo una víctima más.
Mucha suerte amigos. La vais a necesitar.