Ráfagas al cielo

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Morteros. Puerto del Palo. © Miki López/2013

Por suerte o por desgracia soy motero. He recorrido casi medio millón de kilómetros sobre las dos ruedas de dos Yamahas, una Kawasaki, una Aprilia y una Honda. Crucé montañas y carreteras desiertas bajo un sol implacable, bajo una tormenta perfecta. La mayoría de las veces, movido por cuestiones de trabajo que me llevaban de un lado a otro con la misma velocidad con la que las noticias cotidianas perdían actualidad. Mi trabajo es una crónica diaria de reportajes, sucesos, alegrías y tristezas con las que he aprendido a convivir, también por suerte y por desgracia. Cuantas veces he parado mi moto al lado de los hierros irreconocibles de un coche destrozado en un impacto mortal. Cuantas veces empaticé con la viuda, los hijos y los padres de aquel motero inerte que yacía junto a su moto, empotrada entre el aluminio afilado de unos guardarrailes asesinos. Tras el accidente llega el silencio. Un silencio sobrecogedor aliñado con olor a gasolina y aceite, lúgubremente adornado con las luces intermitentes de las ambulancias y los coches patrulla de Tráfico. Un silencio roto por el rodar sordo de los neumáticos de unos coches que pasan despacio convertidos en una procesión de conductores asustados por el fatal resultado que presagia la escena caótica del desastre.

Y un día, cuando vuelves de esa rutina cotidiana de un contador de historias, el destino decide darte una lección más. Un día lluvioso, una autopista conocida y unas líneas resbaladizas en la carretera. De pronto la moto se desliza sobre la pintura, agarra de nuevo sobre el asfalto y, tras el latigazo, salgo despedido de mi montura. Y en 15 segundos vi la muerte venir. Con el casco rozando sobre la carretera y desorientado por la caída, mi cuerpo indefenso esperaba el golpe final. Aunque parezca increíble, en esos eternos segundos solo pensaba en mis dos críos, en Elsa, en mis padres y hermanos…cuando conseguí dominar la inercia brutal de la caída y detener la horrible arrastrada, me di cuenta de que había sido enormemente afortunado. Me acordé de mi padre, fallecido pocos meses antes, casi convencido de que aquella fría tarde de septiembre, mi ángel de la guarda llevaba su nombre. Camino del hospital, dolorido y asustado,  me sentí enormemente aliviado, consciente de que un accidente como ese la mayoría de las veces se paga con la vida. Y en ese momento no busqué razones, sencillamente solo podía dar las gracias por continuar vivo. Y reconozco que me emocioné profundamente cuando vi a mi familia en el hall de Urgencias, cuando Nel pasó de la sonrisa al llanto en apenas dos segundos contagiando a su hermano Iyán. Una tremenda angustia volvió a inundarme por lo que podría haber pasado. Y yo no tenía la culpa. Una flecha en el suelo, pintura deslizante…en mi caso pudo haberse convertido en la línea más cara del mundo y en la tristeza más profunda de una familia .

Tristemente, este domingo reviví las sensaciones de hace un año. El mismo lugar, la misma circunstancia y distinta suerte. Las ambulancias se iban y llegaba el silencio de la muerte. Una crueldad del destino hizo que hubiese fotografiado a Julio Heres precisamente en una concentración en favor de las víctimas de accidentes de tráfico apenas dos horas antes.  Sentí rabia, impotencia y un inmenso desasosiego. Recordé las noches sin dormir, reviviendo aquellos terribles segundos que, al final, me habían dado una segunda oportunidad. Ayer, un montón de amigos despidieron a Julio. Ayer una carta de Fomento desestimaba mi reclamación al considerar que no estaba demostrado que mi accidente lo hubiese provocado una pintura deslizante. La culpa había sido mía por no haber adecuado la velocidad a las condiciones de la vía. Sinvergüenzas. Tal vez tengan que ser ustedes los que adecuen las vías a las necesidades de los usuarios. Tal vez alguno de esos técnicos y burócratas tendría que subirse a nuestra moto, un día de lluvia, y cruzar esa mierda de autopista a 100 km/hora, una velocidad nada adecuada para las nefastas condiciones de la vía. Solo me gustaría que sintiesen solo una mínima parte de la angustia de una caída en moto a esa velocidad, que viviesen la incertidumbre del que tira una moneda al aire sin saber si saldrá la cara de la vida o la cruz de la muerte, que sintiesen la impotencia del que no tiene la culpa de resbalar sobre una flecha de pintura deslizante. Ojalá nunca terminen empotrados contra un quitamiedos asesino. Ojalá puedan seguir contándolo. Aquí seguiremos luchando. Ráfagas al cielo Julio Heres. Siempre en nuestro recuerdo.

Eterno Leonard Cohen

Leonard Cohen. Oviedo, 19 de octubre de 2011. ©Miki López

Leonard Cohen. Oviedo, 19 de octubre de 2011. ©Miki López

Por la ventana abierta a un día cualquiera de un lejano mes de agosto, se escapaban la media docena de acordes que envolvían una voz ronca, monótona y mágicamente cautivadora.
“It’s four in the morning, the end of december…”
Songs of love and Hate…Canciones de amor y odio. Un sonriente retrato de Leonard Cohen en blanco y negro ilustraba la portada de aquel vinilo que mi hermano y yo escuchábamos una y otra vez durante aquellas mañanas estivales. Fueron canciones que pusieron una melancólica banda sonora a un verano post adolescente tan luminoso como inolvidable. Melodías que acompañaron tantas y tantas conversaciones al calor unas cervezas frías frente al mar ocre del atardecer que refrescaba el nordeste, sentados en la destartalada terraza de El Bus de la playa de L’Arena. Poco imaginaba yo en aquellos tiempos que algún día iba a tener la oportunidad de estrechar la mano del gran Cohen, de disfrutar de la humildad de sus palabras, de la honestidad de su mirada y de sentir en primera persona la cálida voz del hombre que solo era capaz de pronunciar versos. Inolvidable su discurso en la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias de 2011, toda una declaración de gratitud a un joven y anónimo guitarrista español que, antes de suicidarse, le enseñó la media docena de acordes en los que el veterano Cohen reconoció haber fundamentado su carrera musical. Pero hay algo más en el inolvidable canadiense errante, algo que hace que las emociones fluyan de Leonard Cohen con la misma facilidad con que caen las hojas en otoño, la estación en la que el poeta decidió terminar su última canción. Hasta el final del amor, eterno L. Cohen.

Violines de otoño

Angus R. Grant. Oviedo, 1996. ©Miki López

Angus R. Grant. Oviedo, 1996. ©Miki López

Este otoño ha dado para mucho. Los Premios Príncipe (ahora Princesa) hacen de mi un frenético del fotoperiodismo. Ni familia, ni amigos, ni tiempo para otra cosa que no sea el periódico. Este equinocio que tanto me gusta, no solo me trae un año más. Entre el ocre de entretiempo, los recuerdos se amontonan, recordando cumpleaños inolvidables alguno de ellos aquí, en Oviedo. Noches de Guiness, flautas y violines en el Ca Beleño donde todavía cuelgan aquella foto que le hice a Angus R. Grant, el vertiginoso violinista de Shooglenifty que nos cautivaba con unas composiciones fiel reflejo de su sempiterna sonrisa. Con él compartí escenario y más de una jam session y se dejó fotografiar por mi, ajeno a la cámara y sin importarle otra cosa que no fuese la melodía que flotaba sobre el humo del chigre folk por excelencia. Hace unas semanas la noticia de la muerte de Angus me dejó sin palabras. Con solo 49 años, el músico escocés de las melenas hippies y la barba poblada, dejó en su último suspiro todo el virtuosismo capaz de emanar de las cuerdas de un violín. Aquellas notas ejecutadas de forma tan peculiar e inigualable, todavía flotan en el aire del Ca Beleño, entre las pintas de cerveza y los chupitos de whisky. Fueron buenos tiempos. Y creo que también era otoño. Que no pare la música.