Sacando las uñas

Manifestación de estudiantes de psicología. Oviedo, 11 de Noviembre de 2010. © Miki López


Entre los petardazos ensordecedores de una manifestación obrera de los 90, se repetía como una letanía aquella consigna del “Obreru despedíu….patrón colgau!!!!!” Al final de la calle se veía la perfecta formación simétrica de los antidisturbios, imperturbable, impasible e impasable. La cabecera de la mani, pancarta en mano, llegaba al frente de los escudos de metacrilato. Se suponía que allí acababa la manifestación. Siempre pasaba aquello de que las ostias empezaban cuando los organizadores doblaban las pancartas y nunca se sabía muy bien porque narices había empezado la trifulca que terminaba con la identificación a pie de “lechera” y con las curas in situ de contusiones variadas.

Manifestación de estudiantes de psicología. Oviedo, 11 de noviembre de 2010. © Miki López


Lógicamente las situaciones eran mucho más dramáticas en aquellos inciertos tiempos de reconversiones de grandes empresas públicas en las que muchas familias vivían en la incertidumbre de un futuro nada halagüeño, pero me hace gracia ver la “dulzura” de estas manifestaciones estudiantiles tan programadas en hora y trayectoria que casi recuerdan una cabalgata de reyes. Está claro que los tiempos están cambiando y las manifestaciones son un recurso que en esta región empieza a ser más un espectáculo colorista tradicional que una forma de lucha en grupo para acabar con las injusticias. Tal vez hoy las cosas se consigan mejor de otra forma y todo esto no tenga más sentido que ser un controlado derecho a la pataleta. Soy de los que piensan que siempre hay que agotar las soluciones pacíficas por encima de todo. Y jamás arrojar la toalla.
En esta mani de estudiantes de psicología gritaban eso de “Sin pastillas, hacemos maravillas”.
Pues a ver si es verdad.

Manifestación de estudiantes de psicología. Oviedo, 2010. © Miki López

Despreciados

Manuel Preciado, entrenador del Sporting. © Miki López


Andaba yo terminando la EGB entre los muros del Colegio San Luis de Pravia, cuando a mitad de curso llegó al centro un nuevo compañero. Básicamente cumplía con los requisitos del estudiante interno tipo que nutría las aulas de aquel centro educativo con aires de reformatorio clasista: familia adinerada, sin un mínimo interés por el estudio y al que sus padres trataban de meter en vereda con este régimen de reclusión que no siempre daba el resultado apetecido.
A este nuevo alumno había que sumarle, entre otras virtudes, la arrogancia, la chulería, la prepotencia y un volumen de peso y tamaño bastante considerable para su edad, lo que le hacía potencialmente peligroso en los altercados de patio y pasillo que normalmente acababan en ensalada de ostias.
Recuerdo muy bien como trataba de medir sus “virtudes” con otras joyas de la corona sanluisera, hablando del jaguar de 8 cilindros de su padre, o de sus viajes veraniegos a California de donde se traía cajas y cajas de zapatillas Nike que, según él, regalaba a sus allegados más pobres después de estrenarlas. El caso es que el caballero en cuestión decidió que el resto de los mortales con los que compartía pupitre eran algo así como los lacayos que deberían de sacarle lustre a sus Nike. Cuando se enteraba de que tu padre trabajaba en ENSIDESA se doblaba a carcajadas y tenía el acto reflejo de echar la mano al bolsillo para darte una limosna. Y pa acabar, el individuo, además de 80 kilos de peso tenía la mano ligeramente suelta y una especial facilidad de herir en esa parte del orgullo que más suele doler.
El caso es que un día, uno de esos hijos de ENSIDESA, que llegaba al colegio en un Seat 127 y al que su padre le costaba un cojón llegar a fin de mes, le dejó la cara como si le hubiese pasado un Jaguar de 8 cilindros por encima.
La respuesta del padre de la criatura fue contundente: exigía la expulsión y correspondiente sanción disciplinaria hacia el agresor, al que su hijo previamente había llamado con reiteración “BORONO” (aldeano) a la entrada de la primera clase matinal. Además de la expulsión temporal, el altercado le costó un par de bofetadas de propina de la que subía al 127.
Total que el puntu se llevo un par de ostias pero siguió paseando su prepotencia por las aulas del San Luis durante unos años más, marchándose en el jaguar y con el estigma de haber llevado marcados en su cara, los puñetazos de un pobre borono.
Toda esta historia me la recordó estos días el altercado del Molinón, al que llega un señor con un montón de pasta (Florentino) y con un hijo (Real Madrid) al que la educación se le va escapando con los años. Y si el guaje las mama, papa encima enfádase.
A mí no me gustan los niños repelentes. Y creo que a Preciado tampoco y por eso se puso como un jaguar de ocho cilindros. La pena ye que ya verás cómo lleva dos osties en cuanto se suba al 127.

Pescadores

Pescador al atardecer. 2008. © Miki López


En verano bajábamos a la rambla, un antiguo cargadero de carbón que la pleamar dejaba totalmente cubierto en las mareas grandes. Mi padre preparaba aquellas cañas telescópicas de fibra azul que nos había comprado por navidad y nos mantenía fuera del alcance de la caja de los anzuelos mientras los anudaba con maestría en los aparejos de nailon fino que prendían de las plomadas.
Era una delicia sentarse entre los juncos de la ribera baja del Nalón y quedarse inmóvil esperando el leve pulsar de la caña cuando las roballizas mordían el anzuelo. Algunas mañanas aprovechábamos el sentido de las mareas para salir con la barca hasta un playón que quedaba enfrente del Castillo de San Martín. Todavía recuerdo aquellos bocatas de chorizo como uno de los manjares más preciados de mi culinaria memoria infantil, solo capaces de competir con los de la media barra de pan con nocilla de los sábados por la tarde.
En aquellos tiempos del naranjito y de la resaca del 23F, los críos del bajo Nalón éramos una especie de Tom Sawyers a la búsqueda de un tesoro tan efímero como el que suponía cruzar a nado El Cantil. Algo que hoy parace tan sencillo te daba categoría de algo así como un veterano de guerra ante tus iguales. Era el rito iniciático por el que dejabas de ser niño tan solo con hincar la rodilla en la orilla contraria. El sentimiento de triunfo era tan grande como el sofoco que te ahogaba el aliento. Pocas sensaciones he tenido tan gratificantes como aquella demostración de hombría infantil que casi te quitaba el sueño.
El río fue nuestro compañero de juegos hasta que se convirtió en nuestro socio de ingresos en los gloriosos tiempos de la angula. Mi hermano y yo pasamos auténticas noches de frio esperando unas mareas que parecían no llegar jamás. Botas de plástico, calcetines dobles y manoplas de borreguillo eran la débil defensa ante las temperaturas bajo cero que la brisa del nordeste convertía en verdaderas corrientes glaciares. Un viejo candil de carburo aportaba la única fuente de luz y calor en las noches de oscuro. Recuerdo que cuando llegábamos a casa y nos quitábamos los calcetines dobles, los pies comenzaban a picarnos de forma insoportable como consecuencia del brutal cambio de temperatura que suponía entrar en la enorme sala caldeada por la cocina de carbón que nuestra madre se encargaba de alimentar hasta avanzada la medianoche . Nos dormíamos a pocas horas del amanecer, mientras mi mente reproducía una y otra vez el serpenteante baile de las angulas que se deslizaban de la piñera al caldero.
Con el cansancio de la madrugada solo nos quedaba soñar. Y vaya que si lo hacíamos.

Niebla

Niebla en el Parque de San Francisco. Oviedo, noviembre de 2010. © Miki López


Cuando llegaba noviembre ya era capaz de aceptar las noches prematuras del invierno que se me echaba encima. Las agujas del reloj de pulsera casi marcaban las 7 de la tarde y aquella niebla densa rebuscaba entre los pliegues de la ropa tratando de arañar cualquier resquicio de piel sobre el que marcar su gélida caricia. Qué lejos quedaba aquel 1987 en el que los vinos de los chigres del Rosal eran el refugio ideal para engañar al frío y disfrutar de las dulces penurias económicas de un universitario de primer año. Era impresionante lo que podías hacer con 300 pesetas y un pincho de tortilla un jueves por la noche en aquel Oviedo de la movida ochentera. Dos botellas de corales desencadenaron una de las noches más extrañas de mi vida en la que acabé saliendo en volandas cual torero con dos orejas y el rabo, del Plaká, el pub de la calle Altamirano que hoy en día soy incapaz de reconocer.
Después vinieron muchas noches más, con más dinero y (gracias a Dios) con menos vino peleón. El Cuentu, un bar que quedaba justo en frente de La Maniega, y en el que un tema de Los Burning siempre marcaba el pistoletazo de salida de aquella movida universitaria, cerró hace ya bastantes años. Hoy le puedes preguntar a la dependienta de la tienda de ropa que ocupa el solar de aquel santuario del corto y el corales, que cojones hace una chica como ella en un sitio como ese, en el que las dulces borracheras eran la antesala de la terrible resaca con la que tenías que lidiar en los viernes más largos del año, en los días de las luces más cortas y en las noches en las que las nieblas del parque de San Francisco eran tan frías y densas como las tardes de este noviembre insulso y monótono por el que las personas cruzan como fantasmas que atraviesan el tiempo sin tocar el espacio. Igualito que los recuerdos.

Otoño Industrial

Baterías de Cocke, Avilés, 2 de noviembre de 2010. © Miki López


Volviendo de Oviedo tras un día emocionalmente más duro de lo normal, me escapo del agobio disfrutando de esa luz otoñal que este año se vende tan cara. Mira que llevaba años trabajando en Avilés y nunca había caido en esta toma de baterías de Coke de Arcelor. Una conversación con mi amiga y compañera Irma Collín me hizo recordar que muchas veces hay que tomar cierta distancia para coger perspectiva de las cosas. Y creo que esto podría aplicarse a todos los aspectos de la vida.
Gracias amiga.