Una playa fuera de estación

Playa del cuerno

Playa del Cuerno, Salinas. ©Miki López

El cerezo de la huerta empieza a tirar la hoja. Uno ya no tiene ni idea de si los ciclos naturales de esta tierra sufren la esquizofrenia del cambio climático o si sencillamente soy yo el que vive obsesionado con ese asunto del efecto invernadero. Lo cierto es que no me acostumbro a estar mirando este cielo plomizo de agosto mientras recuerdo los tórridos meses de diciembre que sufrimos en estos últimos años. A primeras horas de la mañana, la playa del Cuerno parece desolada por un invierno adelantado que, posiblemente en un par de días, se habrá convertido en la caldera sofocante de un verano desconocido. Las nubes van y vienen casi con la misma frecuencia y velocidad con la que lo hacen estas olas que provocan el suave arrullo de los cantos rodados que acuna el Cantábrico. Me quedo mirando al mar y fotografío los caminos del agua entre las piedras que asemejan las lágrimas de una naturaleza que actúa con la inercia del maltrato al que la seguimos sometiendo. Y mientras tanto, el cerezo de la huerta, empeñado en que ya estamos en otoño. No me extraña nada.

Ese café contigo.

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Tomando un café con Elsa. Oviedo, 15 de agosto de 2017. ©Miki López

Esta va para todos aquellos a los que os debo (o me debéis) un café. Porque ya estoy un poco cansado de ese tan manido “a ver cuando tomamos un cafetín”. Pues no coño, vamos a cambiarlo por un “¡ala!, vamos a tomar un café”, porque tengo muchas cosas que compartir contigo, porque siempre vamos a la carrera, porque ese café sólo es el pretexto para pasar un rato juntos y poner en valor esas cosas que hacen que seamos, todavía y a pesar de todo, amigos o compañeros. Así que mañana, cuando nos crucemos, no habrá pretextos ni excusas que valgan. Cruzamos la puerta del primer bar y nos lanzamos al desenfreno de la cafeína y de una buena charla de cafetería. Aparcamos esas prisas y olvidamos por un rato el quehacer diario de este puñetero estilo de vida que nos devora. Pago yo.

P.D. No se nota nada que estoy de vacaciones. Así que aprovechar pa lo del café que esto se me pasa pronto.

Dignidad, comida rápida y periodismo

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Policías nacionales en un simulacro de atentado terrorista con muertos en La Morgal. 23 de mayo de 2017.  ©Miki López/La Nueva España

Tengo que reconocer que hay días en los que me meto en charcos con cierta premeditación porque la veteranía te hace ver las cosas de forma muy distinta a como lo hacías cuando tenías 25 años menos. Soy eso que se llama un fotoperiodista en tiempos de paz, lo cual no implica que no me haya tocado vivir profesionalmente historias terribles que, evidentemente,  jamás me hubiese gustado fotografiar. Recuerdo especialmente el primer accidente con muertos. Fue en la autopista de Pola de Siero a Oviedo. Creo recordar que a principios de 1992. Yo tenía 22 años y trabajaba con ese vigor juvenil del que se cree casi un inmortal. Dejé el Renault en el arcén, justo detrás del Patrol de la Guardia Civil que acababa de llegar al lugar del siniestro. Salí rápido del coche y me acerqué al agente que inspeccionaba los amasijos retorcidos de lo que minutos antes había sido un flamante vehículo. El asfalto se había convertido en una pista de patinaje cubierta por el aceite y el combustible derramado tras el impacto. Esquivando piezas de motor, ruedas y cristales llegué a la altura del guardia que movía impotente la cabeza de un lado a otro. Me asomé al abismo de aquella desgracia en la que acababan de morir tres jóvenes soldados de apenas 20 años. Un tremendo mareo me hizo doblar las rodillas hasta casi caer al suelo. Sentí brotar la náuseas desde la boca del estómago mientras aquel guardia veterano me ayudaba a incorporarme.

-Tranquilo chaval.

Nadie me lo pidió, pero di un paso atrás desencajado por la tragedia y comencé a hacer fotos consciente de que aquellos chavales seguramente tendrían padres, hermanos y novias. Evité fotografiar los cuerpos y me centré en el caos y la impotencia que provoca la muerte en la carretera reflejada en los rostros de los sanitarios y bomberos que cubrían los cadáveres con sábanas tras la escarcelación. Después de aquel accidente vinieron muchos más. Era rara la semana en la que la historia no se repetía consecuencia de imprudencias, alcohol y vehículos viejos e inseguros conducidos por chavales que, como yo, también se creían casi inmortales. Tuve que fotografiar muchos amasijos, muchos funerales de gente joven y mucho dolor. Y lo hice con la pena en el corazón que te provoca la empatía, pero con el convencimiento de que aquel trabajo era una labor de concienciación necesaria para alertar sobre el peligro del alcohol y las imprudencias en la carretera. En ocasiones hemos sido crudos pero, al menos en mi caso, he respetado la identidad y la dignidad de las víctimas. Sinceramente creo que nuestro trabajo ha salvado muchas vidas precisamente por eso, porque alguien haya levantado el pie del acelerador al recordar esa imagen que vio en la portada del periódico un domingo por la mañana. Pero la cosa cambia con el terrorismo. Si yo me hubiese visto la semana pasada en Las Ramblas hubiese actuado de forma similar a como lo hago en los accidentes de tráfico, pero soy consciente de que si publicamos esas fotografías en toda su crudeza, pasaremos a ser un mero instrumento del terror,  los altavoces de los asesinos que buscan precisamente ese eco mediático de cuerpos destrozados por el fanatismo ilustrando portadas y abriendo telediarios en todo el mundo. Es así de claro. Tampoco creo que sea el momento de gilipolleces como la de colgar gatitos en Twitter ni hastags #prayfor…. que sólo parecen pretender tapar el sol con un dedo. Vivimos tiempos de viralidad en las redes sociales consecuencia de una humanidad en peligro de deshumanización, que consume dolor y morbo de manera preocupante. La gente quiere esa información “amarilla” que dispara audiencias y que después crítica poniendo verdes a medios de comunicación y periodistas. Y aquí me miro al ombligo recordando mis  ataques contra el negocio de la prensa del corazón que a mi modo de ver, ha desprestigiado en buena parte el concepto que la sociedad tiene hoy de los periodistas. No soy quien para juzgar lo que la gente consume. Al fin y al cabo es como una droga que volvemos a probar una y otra vez. Y mientras tanto aquí estamos nosotros, los trabajadores de esos medios, una especie de cocineros de comida basura con pretensiones de chef que viven con resignación el hecho de que a nadie le interesa los verdaderos platos de calidad que podemos llegar a cocinar. Así es la sociedad en la que vivimos, una sociedad que prefiere las cadenas de comida rápida a los restaurantes de toda la vida. Aunque el 90% nos avergoncemos de ello, volvemos a pedir esa hamburguesa con patatas y cocacola. Y algunos, con la barriga llena, también pedirán la cabeza del cocinero. Así de triste.

Repitiendo el camino

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Nel sobre las vías. San Juan de Nieva, Avilés. 14 de agosto de 2017. ©Miki López

En aquellos tiempos en los que en septiembre volvía el colegio y el frío, me encantaba hacer equilibrios sobre las vías del tren que nos llevaba a Pravía. El apeadero destartalado de Soto era nuestro refugio en los minutos de espera habituales de aquel cercanías que casi siempre llegaba tarde. Cuando veíamos la vieja máquina de gasoil asomar por el túnel, saltábamos al andén intentando adivinar el lugar exacto en el que el vagón abriría  sus puertas. Entrábamos a la carrera, arrastrando las mochilas de los libros que terminaban bajo los asientos de escay azul, desteñidos y rajados por el uso reiterado de los mismos pasajeros somnolientos y aburridos por su propia rutina que reposaban sobre ellos. El sonido hidráulico de las puertas daba paso al pitido agudo del tren que reanudaba quejumbroso su ruta en un via crucis diario que repetía con la misma asiduidad con la que nosotros caminábamos sobre sus vías, repitiendo el camino que, poco a poco y casi sin avisar, fue terminado para unos y comenzando para otros. Como la vida misma.

La cabaña del lago

Miembros del equipo de TVE de “80 cm” fotografían la puesta del sol sobre el Lago del Valle. 21 de junio de 2017. © Miki López/LNE

El agradable murmullo del agua que se se desprendía del caño del abrevadero se entremezclaba con los  mugidos del ganado que pastaba a orillas del lago. Me fijé en las salpicaduras de la fuente que brillaban como perlas anaranjadas con las últimos destellos del sol que se ponía  sobre El Valle. Un enorme mastín se acercó amistoso, meneando el rabo de un lado a otro, seguramente buscando una caricia que le sacase de su monótona vida de perro guardián. Posé mi mano sobre la enorme cabeza que salía de aquel collar de púas a prueba de lobos mientras el animal me soltaba un lametazo cariñoso en el antebrazo. Un equipo de TVE terminaba la grabación de un documental para el programa “80 cm”. Recogían su equipo justo en el momento en que el sol toma esos tonos anaranjados que inundan el paisaje con una luz tan cálida como fascinante.

Atardecer sobre el lago del Valle. 21 de junio de 2017. © Miki López/LNE

Otra vez la magia del atardecer me sorprendía en uno de esos parajes que te enorgullecen como asturiano y que justifican el exagerado amor que podemos llegar a sentir por nuestra tierra. Sentí pena por aquellos compañeros de la tele que se iban a perder semejante derroche de belleza natural. Prepare el equipo junto a la cabaña de los Cobrana, una conocida familia ganadera del Valle del Lago. Una palloza tradicional que le da un punto, si cabe, más pintoresco al que para mi es el más hermoso de los lagos de Asturias. Las sombras comenzaban a engullir su emblemática isla mientras la hora mágica del atardecer fundía los azules en ocre, palideciendo los verdes de los prados. Con la cámara sobre el trípode volví a la fuente para incluir en la composición del imponente atardecer la potencia visual de aquella cabaña que parecía sacada de un cuento de hadas.

Noche en el lago del Valle. 21 de junio de 2017. © Miki López/LNE

Elsa me ayudó a poner dimensión a la imagen añadiendo su silueta recortada sobre el fondo plateado del lago. Medí la luz con prisa, con el temor de que aquella maravilla pudiese esfumarse en un suspiro. Y poco a poco el sol se escondió en valle dando paso a unas estrellas que se querían asomar entre las pocas nubes que desde el sur amenazaban con ocultar su espectáculo. Pero teníamos el viento del norte y la suerte de cara. Las nubes se retiraron y la oscuridad nos dió la oportunidad de iluminar la cabaña con la linterna del frontal. Nada se movía en el Lago Del Valle, nada interrumpía la belleza que la noche otorgaba a aquel paraje de ensueño. Entre disparo y disparo solo podíamos disfrutar de esos momentos únicos que te regala Somiedo, entre los aromas limpios de su naturaleza y el murmullo acogedor de aquella fuente que brotaba un poco más arriba de la cabaña del lago. Hay cosas en la vida que no se pagan con dinero.

Silencio en Saliencia

Mar de nubes sobre el valle de Saliencia. Alto de La Farrapona, Somiedo. 15 de junio de 2017. © Miki López/LNE

La carretera del puerto de La Farrapona serpentea por el valle de Saliencia entre la densa niebla de la tarde y se empina con rampas que se abren al esplendoroso cielo azul durante el último tramo del trayecto. La que ya es una de las etapas míticas de la Vuelta Ciclista a España, corona en el alto de la cordillera que nos separa de las tierras leonesas, a las que se accede por una pista de tierra que no invita demasiado a continuar el camino. El amplio aparcamiento de La Farrapona está casi vacío. Dos o tres coches aparcados junto al terraplén del que arranca la senda a los lagos de Saliencia. Cae la tarde y algunos ganaderos observan sus reses desde la orilla de la carretera, convertida en un espectacular balcón al mar de nubes que comienza a inundar el valle.

El sol se pone sobre el lago Cerveriz. Saliencia, Somiedo. 15 de junio de 2017. © Miki López/LNE

El camino  desciende suavemente hacia la enorme cazoleta cóncava en la que se esconde el lago de la Cueva. El silencio se rompe únicamente por el crujir de las piedras  bajo las botas que avanzan por la senda que aprovecha los accesos a la antigua explotación minera que se levantaba en el entorno del lago. Tras la curva se descubre el verde turquesa de sus aguas. Silenciosa y tranquila, la enorme laguna se presenta a la vista como una piedra preciosa que emerge del fondo del pozo sobre el que descansa. Las sombras avanzan sobre esta maravilla de la naturaleza que rodean las cumbres más altas del concejo de Somiedo. La ruta se empina bordeando las terrazas de escombro que la actividad minera fue amontonando en las laderas. La altura va empequeñeciendo el lago en la inmensidad del valle moteado de hierba y caliza rota por la antigua glaciación.

Lago Calabazosa. Saliencia, Somiedo. 15 de junio de 2017. © Miki López/LNE

Un poco más arriba se adivina el lecho de una laguna desecada por la escasez de lluvias de la época estival. Desde el alto se descubre el lago Cerveriz, asentado sobre una espectacular campera que desciende con suavidad hacia sus orillas, escoltado por los riscos escarpados entre los que ya comienza a esconderse el sol. Por unos momentos el tiempo se detiene mientras observo el espectáculo. Preparo la cámara y me dispongo a capturar el efecto cegador de este tardío sol de junio que no quiere irse a dormir. Los reflejos del agua vuelven a facilitarme la composición con esas simetrías perfectas que únicamente puede ofrecer la naturaleza. A mi espalda se abre el valle que conduce al otro gran lago de Saliencia: el de Calabazosa. Enorme, oscuro y con un halo de misterio algo inquietante pero con un irresistible magnetismo que te hace contemplarlo sin prisas desde el alto de la vega de Cerveriz.

Las estrellas sobre el lago de la Cueva. Saliencia, Somiedo. 15 de junio de 2017. © Miki López/LNE

La luz anaranjada de la tarde ya inunda todo con la calidez de las últimas horas de la tarde. El azul del cielo se oscurece para dar paso a las primeras estrellas sobre el firmamento. Comienzo a hacer fotos cuando el silencio comienza a reinar en Saliencia, cuando la noche y las estrellas se convierten en protagonistas del paraíso. Como en Covandonga, la velada se me hizo corta. La distancia, la oscuridad y el tiempo hicieron que al menos, esa noche, desechara la idea de acercarme al Lago del Valle. Con la idea de hacerlo a la semana siguiente, recogí el material dejando tras de mi los lagos de Saliencia en la paz absoluta de la oscuridad de una noche con estrellas. Continuará…

La magia de la noche en los Lagos de Covadonga

La noche cae sobre el lago Enol, 6 de junio de 2017. Miki López/LNE

En el mes de mayo es habitual que me reúna con alguno de los responsables de este periódico para tratar de poner en marcha algún reportaje que de inicio al suplemento de verano. Hacía tiempo que le habíamos dado vueltas al asunto de fotografiar la naturaleza durante la noche aprovechando la luz de la luna. Lo intenté en mayo, pero las condiciones meteorológicas no fueron las adecuadas, por lo que decidimos esperar al mes siguiente. Yo no estaba demasiado convencido de este experimento por varias razones. Una, por el mero hecho de mi falta de experiencia en  fotografía nocturna. La otra, por la seguridad de que este tipo de imágenes serían muy difíciles de trasladar al papel de un periódico, que no tiene precisamente la calidad de una revista.

Lagos de Covadonga y Picos de Europa al atardecer

Lago Ercina por la noche. 6 de junio de 2007. Miki López/LNE

Así todo, una tarde de junio cogí el equipo y el trípode y arranqué camino de los Lagos de Covadonga con más ganas que fe en los resultados. Al llegar a la vega de Enol, el sol caía sobre el horizonte escondiéndose de vez en cuando entre las nubes que arrastraba un primaveral viento del sur. La luna a la espalda, con un brillo aún tenue ahogado entre el resplandor del atardecer y el cielo azul pálido que todavía dominaba el firmamento. La tarde era tan agradable que decidí sentarme en la hierba y esperar a ver que sorpresas me deparaba la noche.

Me sentí bastante raro disfrutando de aquellos momentos de paz mientras trabajaba. Para un fotoperiodista como yo, los acontecimientos suelen ir mucho más deprisa. No solemos tener tiempo a pensar tanto las cosas, así que salió de mi el sentimiento negativo de que aquello no podría salir demasiado bien. Pero me dejé llevar por las circunstancias y decidí disfrutar de aquel anochecer que me regalaba la naturaleza.

Lagos de Covadonga y Picos de Europa en una noche de luna llena

Reflejos del Lago Enol. 6 de junio de 2017. Miki López/LNE

Jugué con el equipo, imaginé composiciones y las ensayé desde el trípode minutos antes de que alguien decidiese apagar las luces del paraíso. Y con la oscuridad llegó la magia y mi esfuerzo personal por tratar de grabar aquel espectáculo en el sensor de la cámara. Me sentí como un cazador del tiempo incapaz de dar alcance a su presa, pero también fui consciente de que estaba disfrutando del privilegio de haber tenido la oportunidad de presenciar aquel espectacular atardecer en los Picos de Europa.

La noche pasó rápido. Con la mirada acostumbrada a la plateada luz de la luna, recogí el equipo y revisando la cámara, me sorprendió el hecho de haber disparado apenas una veintena de fotografías. Casi tanto como el paisaje de cuento que tuve la suerte de presenciar en mitad de aquella cálida noche de junio en los Lagos de Covadonga.

-“Está claro que tendré que repetir en Somiedo”, pensé.  Un día de estos os lo cuento.