Gigantes

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Olas. San Esteban de Pravia. Miki López, 3 de febrero de 2017

Este blog suele ir de recuerdos. Muchos de ellos infantiles, con lo que ello supone de realidad sobredimensionada. Seguro que vosotros en alguna ocasión, al regresar a uno de esos lugares que no pisabais desde la infancia, os habréis visto sorprendidos por esa sensación de ver un espacio mucho más pequeño de lo que recordabais. Es como si la madurez nos hubiese convertido en un Gulliver inesperado, incluso decepcionado con la realidad que tus recuerdos engrandecían. Lo cierto es que las cosas son como uno las vive aunque no siempre como las recuerda. En este afán que ahora tenemos por cubrir los temporales del Cantábrico, echo la vista atrás y me veo asomado a la ventana de mi casa del barrio de La Magdalena, un escaparate inmejorable sobre la ría del Nalón y sobre aquel mar impetuoso que sobrepasaba con facilidad la barra del puerto de San Esteban. Las olas rompían sobre el espigón lanzando al aire toneladas de agua, espuma y piedras que caían al otro lado del muro ante la mirada acostumbrada de los que allí vivíamos. Esta mañana pensaba en aquellos temporales de hace años a los que nadie daba mayor importancia. Hoy, que todo gira entorno al océano de la red, cientos de fotógrafos profesionales y aficionados, nos damos cita frente a los faros y los acantilados de Asturias intentando ser los primeros en colgar nuestra foto en la web o en nuestras redes sociales, provocando una verdadera tormenta de inmediatez que deja obsoleta la imagen un minuto después de haber sido publicada en twitter, Facebook o Instagram. Tal vez sea por eso, por estar un poco cansado de esa carrera frenética de imágenes al segundo, que veo estas olas mucho más pequeñas que las que mi niñez recuerda. Quién sabe…tal vez eran gigantes como los de Don Quijote.

El cielo congelado

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Cielo estrellado. Puerto de Leitariegos. 18 de enero de 2017.© Miki López

Nunca me había planteado la idea de trabajar a 10 grados bajo cero. Mi última experiencia a bajas temperaturas en medio del temporal, terminó con la avería de las dos cámaras de fotos que me acompañaron en la aventura y eso que en ningún momento habíamos bajado de los 4 grados negativos. La tecnología sufre con el frío, pero desde luego lo pasamos peor los que no estamos acostumbrados a las cortantes ráfagas de viento gélido que atraviesan los valles más altos de las cordilleras asturianas. Subíamos el Puerto de Leitariegos con la vista fijada en el termómetro exterior de nuestro coche. Los números negativos nos acompañaron desde Cangas del Narcea hasta alcanzar los más de 1500 metros de altitud que terminan en las casas del Puerto de Leitariegos. Alguna luz tenue comenzaba a iluminar el interior de unos hogares que se cerraban herméticos a la cruda noche en mitad de la montaña. Dejamos el coche y cruzamos la carretera para perdernos en la oscuridad que a duras penas rompían las escasas farolas que bordeaban una de las calles del pueblo. Seguimos el estrecho camino que asciende con suavidad desde la pequeña plaza de la iglesia hasta los huertos que bordean la senda de la laguna de Arbas. Cuando miramos atrás, vimos el pueblo envuelto en la pátina  de una niebla casi trasparente, emergiendo de la oscuridad con la calidez de una hoguera recién encendida.  De pronto el viento levantó el telón de la calima que nos envolvía para mostrar por sorpresa la maravilla del cielo más estrellado que jamás habíamos contemplado. La temperatura bajaba por momentos y el frío entumecía los dedos con los que intentaba ajustar los controles de mi EOS 5, una cámara que decidió que esa noche, pese al frío, lo que iba congelarse era semejante espectáculo.

Del Black Friday al Blue Monday

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Riospaso, Lena. 15 de enero de 2017.© Miki López

Ayer caminaba por Riospaso viendo caer la noche, pensando en esa ola de frío que parece que se nos echa encima. Seguramente nada comparable con la que está cayendo en el campo de refugiados de Ritsona en Grecía, desde donde llegan estos días unas fotos que ponen los pelos de punta, y no solo por las gélidas temperaturas. La similitud de estas imágenes con aquellas que la vergüenza nazi trataba de ocultar durante los negros años de la guerra mundial, es más que evidente. Pero los occidentales, con esa tendencia tan propia al olvido, con es máxima tan nuestra del “ojos que no ven…”, pasamos página y nos centramos en lo nuestro para agobiarnos con alguna terminología anglosajona que además, es mucho más global que las miserias tercermundistas. Y así pasamos los meses: del Black Friday al Blue Monday, de la fiesta del despilfarro al a la fiesta de la tristeza del lunes más triste del año. El lunes que, según dicen, es consecuencia de la resaca alcohólica y consumista de diciembre. El lunes en que te das cuenta que todos tus buenos propósitos han caído presa de la misma rutina que se los engullía a mediados del mes de diciembre. Y óiganme bien por favor, ninguno de nosotros con un poco de salud y bienestar económico, tendríamos el más mínimo derecho a sentir semejante gilipollez. Mejor nos olvidamos del asunto y nos volvemos a fijar en las fotos de Ritsona. Tal vez volvamos a ser lo que éramos y consigamos enrojecer un poco la jeta por vergüenza. Allí hoy es un Black Monday: un lunes negro, frío y que seguramente mañana ya habremos olvidado.

Reflejos del año que acaba

Elsa reflejada en el escaparate. Oviedo, 31 de diciembre de 2016. © Miki López

Elsa reflejada en el escaparate. Oviedo, 31 de diciembre de 2016. © Miki López


Todos los años nos miramos en el reflejo del escaparate del año que termina. Hace tiempo que trato de no valorar los años en función de los acontecimientos porque, a fin de cuentas, el baremo no deja de ser una cuestión personal en la que muchas veces se da la paradoja de que lo que es bueno para uno es terrible para el que tienes al lado. Ahora únicamente procuro que los años me vayan cayendo poco a poco y si puede ser, que se tomen su tiempo para conseguir saborear la vida rodeado de esas personas con las que comparto este camino que tan pronto se ensancha como se estrecha, que se allana en la comodidad para volverse cuesta arriba, muchas veces coronando una loma desde la que se descubre el maravilloso paisaje por el que nos tocará seguir caminando. Lo malo de este viaje es que jamás sabes lo que te espera en la próxima curva. Y como uno no tiene ni idea de dónde termina esta aventura de la vida, me siento feliz despertándome en este 1 de enero de 2017 sin resaca, con una gran sonrisa y con la conciencia tranquila del que ha pasado un año más tratando de hacer feliz a los que quiere, porque esa es la mejor manera de ser feliz con uno mismo. Salud y trabajo para todos.

Viva la danza y los que en ella están (A Xose Ambás)

Danza. Ambás (Grao). 25 de noviembre de 2016. © Miki López

Danza. Ambás (Grao). 25 de noviembre de 2016. © Miki López

Nos apeamos del coche.Las últimas luces de la tarde acariciaban una de las lomas que bordeaban el pueblo extendiendo un manto anaranjado sobre los árboles que lucían sus últimos ocres otoñales. Caminamos sin prisa por el estrecho sendero que llevaba a la casa, encogiendo los hombros mientras abotonábamos los abrigos hasta el cuello, en un intento de combatir el frío y la humedad que poco a poco se cernía sobre la aldea. Al llegar a la quintana, un murmullo rompía la quietud de este rincón salcedano, haciendo una rara excepción en la triste enfermedad del despoblamiento que sufre esta tierra. Algo mágico hay en ese bullicio que parece el eco de tiempos lejanos. Tiempos de esfoyaza y amagüestu, de sidra dulce y aroma a pan recién hecho. Tiempos de cantares y cuentos al calor del fuego después de la sestaferia…. Voces y palabras en una lengua casi olvidada, pera a fin de cuentas, la lengua de un país.

Xose aparece entre el tumulto con la cámara en la mano. Se abraza a nosotros mientras intento que no se desparrame ni una gota del vaso de vino que su padre acaba de entregarme casi sin preguntar. Rostros conocidos por todas partes. Amigos y compañeros de este hombre excepcional, de este héroe de la cultura asturiana que acrecienta en todos el amor por Asturias y los asturianos. Celestina, su abuela, presenta un disco memorable. Nunca mejor dicho, porque la grabación es precisamente eso: memoria. Una memoria que ya no corre riesgo de ser olvidada por el empeño de ese nieto que se revela y se niega a que la tradición de este pueblo pase a ser presa del olvido. Xose Ambás lucha día a día, disco a disco contra el olvido que, como él bien sabe , es la enfermedad mortal de la cultura tradicional. El disco de Celestina no es solo un homenaje a una salcedana extraordinaria. Es un regalo de una mujer casi centenaria a todos los asturianos que entienden que nuestro país pierde un trozo de alma cada vez que una de esas voces se apaga por el implacable paso del tiempo. Y allí, en aquella fría quintana, volvió a alzarse imponente la voz de Celestina Ca Sanchu, sobre los árboles ocres, sobre los hórreos vacíos, sobre las casas cerradas….

Y de pronto todo cobró vida en una metamorfosis casi espontanea de sentimientos que se transformaron en danza. Las manos se unieron en un movimiento oscilante, casi hipnótico, al son de una melodía sencilla y minimalista. Una melodía que Xose Ambás heredó de su abuela, un tesoro , como tantos, rescatado de lo más profundo de la memoria de nuestros mayores.
Iyán y yo desandamos el camino hacia el coche cuando la “xelada” comenzaba a arañar la piel. Atrás dejábamos el murmullo de la danza que se fue apagando poco a poco hasta que cesó…y comenzó a sonar una gaita. Mi hijo y yo nos miramos…y sonreímos.
Gracias Xose. Gracias Celestina. Viva la danza y los que en ella están.

Ráfagas al cielo

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Morteros. Puerto del Palo. © Miki López/2013

Por suerte o por desgracia soy motero. He recorrido casi medio millón de kilómetros sobre las dos ruedas de dos Yamahas, una Kawasaki, una Aprilia y una Honda. Crucé montañas y carreteras desiertas bajo un sol implacable, bajo una tormenta perfecta. La mayoría de las veces, movido por cuestiones de trabajo que me llevaban de un lado a otro con la misma velocidad con la que las noticias cotidianas perdían actualidad. Mi trabajo es una crónica diaria de reportajes, sucesos, alegrías y tristezas con las que he aprendido a convivir, también por suerte y por desgracia. Cuantas veces he parado mi moto al lado de los hierros irreconocibles de un coche destrozado en un impacto mortal. Cuantas veces empaticé con la viuda, los hijos y los padres de aquel motero inerte que yacía junto a su moto, empotrada entre el aluminio afilado de unos guardarrailes asesinos. Tras el accidente llega el silencio. Un silencio sobrecogedor aliñado con olor a gasolina y aceite, lúgubremente adornado con las luces intermitentes de las ambulancias y los coches patrulla de Tráfico. Un silencio roto por el rodar sordo de los neumáticos de unos coches que pasan despacio convertidos en una procesión de conductores asustados por el fatal resultado que presagia la escena caótica del desastre.

Y un día, cuando vuelves de esa rutina cotidiana de un contador de historias, el destino decide darte una lección más. Un día lluvioso, una autopista conocida y unas líneas resbaladizas en la carretera. De pronto la moto se desliza sobre la pintura, agarra de nuevo sobre el asfalto y, tras el latigazo, salgo despedido de mi montura. Y en 15 segundos vi la muerte venir. Con el casco rozando sobre la carretera y desorientado por la caída, mi cuerpo indefenso esperaba el golpe final. Aunque parezca increíble, en esos eternos segundos solo pensaba en mis dos críos, en Elsa, en mis padres y hermanos…cuando conseguí dominar la inercia brutal de la caída y detener la horrible arrastrada, me di cuenta de que había sido enormemente afortunado. Me acordé de mi padre, fallecido pocos meses antes, casi convencido de que aquella fría tarde de septiembre, mi ángel de la guarda llevaba su nombre. Camino del hospital, dolorido y asustado,  me sentí enormemente aliviado, consciente de que un accidente como ese la mayoría de las veces se paga con la vida. Y en ese momento no busqué razones, sencillamente solo podía dar las gracias por continuar vivo. Y reconozco que me emocioné profundamente cuando vi a mi familia en el hall de Urgencias, cuando Nel pasó de la sonrisa al llanto en apenas dos segundos contagiando a su hermano Iyán. Una tremenda angustia volvió a inundarme por lo que podría haber pasado. Y yo no tenía la culpa. Una flecha en el suelo, pintura deslizante…en mi caso pudo haberse convertido en la línea más cara del mundo y en la tristeza más profunda de una familia .

Tristemente, este domingo reviví las sensaciones de hace un año. El mismo lugar, la misma circunstancia y distinta suerte. Las ambulancias se iban y llegaba el silencio de la muerte. Una crueldad del destino hizo que hubiese fotografiado a Julio Heres precisamente en una concentración en favor de las víctimas de accidentes de tráfico apenas dos horas antes.  Sentí rabia, impotencia y un inmenso desasosiego. Recordé las noches sin dormir, reviviendo aquellos terribles segundos que, al final, me habían dado una segunda oportunidad. Ayer, un montón de amigos despidieron a Julio. Ayer una carta de Fomento desestimaba mi reclamación al considerar que no estaba demostrado que mi accidente lo hubiese provocado una pintura deslizante. La culpa había sido mía por no haber adecuado la velocidad a las condiciones de la vía. Sinvergüenzas. Tal vez tengan que ser ustedes los que adecuen las vías a las necesidades de los usuarios. Tal vez alguno de esos técnicos y burócratas tendría que subirse a nuestra moto, un día de lluvia, y cruzar esa mierda de autopista a 100 km/hora, una velocidad nada adecuada para las nefastas condiciones de la vía. Solo me gustaría que sintiesen solo una mínima parte de la angustia de una caída en moto a esa velocidad, que viviesen la incertidumbre del que tira una moneda al aire sin saber si saldrá la cara de la vida o la cruz de la muerte, que sintiesen la impotencia del que no tiene la culpa de resbalar sobre una flecha de pintura deslizante. Ojalá nunca terminen empotrados contra un quitamiedos asesino. Ojalá puedan seguir contándolo. Aquí seguiremos luchando. Ráfagas al cielo Julio Heres. Siempre en nuestro recuerdo.

Eterno Leonard Cohen

Leonard Cohen. Oviedo, 19 de octubre de 2011. ©Miki López

Leonard Cohen. Oviedo, 19 de octubre de 2011. ©Miki López

Por la ventana abierta a un día cualquiera de un lejano mes de agosto, se escapaban la media docena de acordes que envolvían una voz ronca, monótona y mágicamente cautivadora.
“It’s four in the morning, the end of december…”
Songs of love and Hate…Canciones de amor y odio. Un sonriente retrato de Leonard Cohen en blanco y negro ilustraba la portada de aquel vinilo que mi hermano y yo escuchábamos una y otra vez durante aquellas mañanas estivales. Fueron canciones que pusieron una melancólica banda sonora a un verano post adolescente tan luminoso como inolvidable. Melodías que acompañaron tantas y tantas conversaciones al calor unas cervezas frías frente al mar ocre del atardecer que refrescaba el nordeste, sentados en la destartalada terraza de El Bus de la playa de L’Arena. Poco imaginaba yo en aquellos tiempos que algún día iba a tener la oportunidad de estrechar la mano del gran Cohen, de disfrutar de la humildad de sus palabras, de la honestidad de su mirada y de sentir en primera persona la cálida voz del hombre que solo era capaz de pronunciar versos. Inolvidable su discurso en la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias de 2011, toda una declaración de gratitud a un joven y anónimo guitarrista español que, antes de suicidarse, le enseñó la media docena de acordes en los que el veterano Cohen reconoció haber fundamentado su carrera musical. Pero hay algo más en el inolvidable canadiense errante, algo que hace que las emociones fluyan de Leonard Cohen con la misma facilidad con que caen las hojas en otoño, la estación en la que el poeta decidió terminar su última canción. Hasta el final del amor, eterno L. Cohen.