Magia en las Ubiñas

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Una carretera tortuosa y de asfalto infinitamente parcheado nos enfilaba lentamente hacia el valle por el que la luz se desparramaba con el brillo frío de la nieve. La silueta de la iglesia de Tuiza se recortaba contra las paredes verticales, mientras los copos recién caidos moteaban de blanco las rocas de la montaña en lo más alto del parque natural de Las Ubiñas. Aprovechando una inoportuna llamada de teléfono, detuve el coche y, tras atender a mi interlocutor, me apeé  con el firme propósito de intentar robar un poco de aquella belleza. Los contraluces con la nieve se hacen mágicos porque no hay mejor pintor o fotógrafo que la naturaleza misma. Entre rachas de viento helado, me subí a una pequeña loma que bordeaba la carretera echando de menos la cazadora que había dejado en el asiento trasero del Ford. Aguanté las embestidas de la brisa gélida que corría valle a bajo, busqué el encuadre y medí la luz. Mientras apretaba el disparador de la cámara, volví a sentirme afortunado de respirar una vez más el aire frío y balsámico de esta bendita tierra. De vuelta al coche vi como rápidamente las nubes negras volvían a oscurecer el cielo. Entre las ramas desnudas de las hayas se me presentaba una curva más,que seguramente escondía otro escenario en el que sería imposible no detener el coche para seguir robando esos trozos de magia que desprenden Las Ubiñas. Una gozada.

Recuperando la memoria

LNE OVIEDO

Ana García Boto, abogada de José Ángel Fernández Villa, pide tranquilidad a los periodistas que les rodean a la salida de los juzgados de Oviedo. 3 de marzo de 2017. Foto: Miki López/La Nueva España

 

Está claro que los juzgados le sientan bien a Villa. El ex secretario general del SOMA recuperó el carácter, el genio y hasta la lucidez después de un año y dos meses desaparecido en combate, atrincherado tras los informes médicos que su defensa blandía contra la justicia, las comisiones de investigación y los periodistas que querían saber de primera mano de donde venía toda esa pasta que el legendario sindicalista había tratado de blanquear acogiéndose a la amnistía fiscal en los tiempos de su última aparición pública a pie de barricada.

Ya lo dijo Arthur Shopenhahuer: “Cada uno tiene el máximo de memoria para lo que le interesa y el mínimo para lo que no le conviene”. Y ahora, dos meses después de tratar de hacer ver que no estaba para recordar determinadas cosas, resulta que solicitamos una pericial caligráfica, los originales de sus 17 tarjetas de crédito y que suba a declarar nada menos que una primera tanda de 34 miembros del SOMA. Encender el ventilador delante de la mierda es un clásico dentro de los clásicos, así que me imagino lo que estarán pensando todos aquellos que creían e idolatraban al gran líder de los mineros que ahora parece tener la intención de morir matando. Y viendo lo visto, será lentamente.

Gigantes

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Olas. San Esteban de Pravia. Miki López, 3 de febrero de 2017

Este blog suele ir de recuerdos. Muchos de ellos infantiles, con lo que ello supone de realidad sobredimensionada. Seguro que vosotros en alguna ocasión, al regresar a uno de esos lugares que no pisabais desde la infancia, os habréis visto sorprendidos por esa sensación de ver un espacio mucho más pequeño de lo que recordabais. Es como si la madurez nos hubiese convertido en un Gulliver inesperado, incluso decepcionado con la realidad que tus recuerdos engrandecían. Lo cierto es que las cosas son como uno las vive aunque no siempre como las recuerda. En este afán que ahora tenemos por cubrir los temporales del Cantábrico, echo la vista atrás y me veo asomado a la ventana de mi casa del barrio de La Magdalena, un escaparate inmejorable sobre la ría del Nalón y sobre aquel mar impetuoso que sobrepasaba con facilidad la barra del puerto de San Esteban. Las olas rompían sobre el espigón lanzando al aire toneladas de agua, espuma y piedras que caían al otro lado del muro ante la mirada acostumbrada de los que allí vivíamos. Esta mañana pensaba en aquellos temporales de hace años a los que nadie daba mayor importancia. Hoy, que todo gira entorno al océano de la red, cientos de fotógrafos profesionales y aficionados, nos damos cita frente a los faros y los acantilados de Asturias intentando ser los primeros en colgar nuestra foto en la web o en nuestras redes sociales, provocando una verdadera tormenta de inmediatez que deja obsoleta la imagen un minuto después de haber sido publicada en twitter, Facebook o Instagram. Tal vez sea por eso, por estar un poco cansado de esa carrera frenética de imágenes al segundo, que veo estas olas mucho más pequeñas que las que mi niñez recuerda. Quién sabe…tal vez eran gigantes como los de Don Quijote.

El cielo congelado

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Cielo estrellado. Puerto de Leitariegos. 18 de enero de 2017.© Miki López

Nunca me había planteado la idea de trabajar a 10 grados bajo cero. Mi última experiencia a bajas temperaturas en medio del temporal, terminó con la avería de las dos cámaras de fotos que me acompañaron en la aventura y eso que en ningún momento habíamos bajado de los 4 grados negativos. La tecnología sufre con el frío, pero desde luego lo pasamos peor los que no estamos acostumbrados a las cortantes ráfagas de viento gélido que atraviesan los valles más altos de las cordilleras asturianas. Subíamos el Puerto de Leitariegos con la vista fijada en el termómetro exterior de nuestro coche. Los números negativos nos acompañaron desde Cangas del Narcea hasta alcanzar los más de 1500 metros de altitud que terminan en las casas del Puerto de Leitariegos. Alguna luz tenue comenzaba a iluminar el interior de unos hogares que se cerraban herméticos a la cruda noche en mitad de la montaña. Dejamos el coche y cruzamos la carretera para perdernos en la oscuridad que a duras penas rompían las escasas farolas que bordeaban una de las calles del pueblo. Seguimos el estrecho camino que asciende con suavidad desde la pequeña plaza de la iglesia hasta los huertos que bordean la senda de la laguna de Arbas. Cuando miramos atrás, vimos el pueblo envuelto en la pátina  de una niebla casi trasparente, emergiendo de la oscuridad con la calidez de una hoguera recién encendida.  De pronto el viento levantó el telón de la calima que nos envolvía para mostrar por sorpresa la maravilla del cielo más estrellado que jamás habíamos contemplado. La temperatura bajaba por momentos y el frío entumecía los dedos con los que intentaba ajustar los controles de mi EOS 5, una cámara que decidió que esa noche, pese al frío, lo que iba congelarse era semejante espectáculo.

Del Black Friday al Blue Monday

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Riospaso, Lena. 15 de enero de 2017.© Miki López

Ayer caminaba por Riospaso viendo caer la noche, pensando en esa ola de frío que parece que se nos echa encima. Seguramente nada comparable con la que está cayendo en el campo de refugiados de Ritsona en Grecía, desde donde llegan estos días unas fotos que ponen los pelos de punta, y no solo por las gélidas temperaturas. La similitud de estas imágenes con aquellas que la vergüenza nazi trataba de ocultar durante los negros años de la guerra mundial, es más que evidente. Pero los occidentales, con esa tendencia tan propia al olvido, con es máxima tan nuestra del “ojos que no ven…”, pasamos página y nos centramos en lo nuestro para agobiarnos con alguna terminología anglosajona que además, es mucho más global que las miserias tercermundistas. Y así pasamos los meses: del Black Friday al Blue Monday, de la fiesta del despilfarro al a la fiesta de la tristeza del lunes más triste del año. El lunes que, según dicen, es consecuencia de la resaca alcohólica y consumista de diciembre. El lunes en que te das cuenta que todos tus buenos propósitos han caído presa de la misma rutina que se los engullía a mediados del mes de diciembre. Y óiganme bien por favor, ninguno de nosotros con un poco de salud y bienestar económico, tendríamos el más mínimo derecho a sentir semejante gilipollez. Mejor nos olvidamos del asunto y nos volvemos a fijar en las fotos de Ritsona. Tal vez volvamos a ser lo que éramos y consigamos enrojecer un poco la jeta por vergüenza. Allí hoy es un Black Monday: un lunes negro, frío y que seguramente mañana ya habremos olvidado.

Reflejos del año que acaba

Elsa reflejada en el escaparate. Oviedo, 31 de diciembre de 2016. © Miki López

Elsa reflejada en el escaparate. Oviedo, 31 de diciembre de 2016. © Miki López


Todos los años nos miramos en el reflejo del escaparate del año que termina. Hace tiempo que trato de no valorar los años en función de los acontecimientos porque, a fin de cuentas, el baremo no deja de ser una cuestión personal en la que muchas veces se da la paradoja de que lo que es bueno para uno es terrible para el que tienes al lado. Ahora únicamente procuro que los años me vayan cayendo poco a poco y si puede ser, que se tomen su tiempo para conseguir saborear la vida rodeado de esas personas con las que comparto este camino que tan pronto se ensancha como se estrecha, que se allana en la comodidad para volverse cuesta arriba, muchas veces coronando una loma desde la que se descubre el maravilloso paisaje por el que nos tocará seguir caminando. Lo malo de este viaje es que jamás sabes lo que te espera en la próxima curva. Y como uno no tiene ni idea de dónde termina esta aventura de la vida, me siento feliz despertándome en este 1 de enero de 2017 sin resaca, con una gran sonrisa y con la conciencia tranquila del que ha pasado un año más tratando de hacer feliz a los que quiere, porque esa es la mejor manera de ser feliz con uno mismo. Salud y trabajo para todos.

Viva la danza y los que en ella están (A Xose Ambás)

Danza. Ambás (Grao). 25 de noviembre de 2016. © Miki López

Danza. Ambás (Grao). 25 de noviembre de 2016. © Miki López

Nos apeamos del coche.Las últimas luces de la tarde acariciaban una de las lomas que bordeaban el pueblo extendiendo un manto anaranjado sobre los árboles que lucían sus últimos ocres otoñales. Caminamos sin prisa por el estrecho sendero que llevaba a la casa, encogiendo los hombros mientras abotonábamos los abrigos hasta el cuello, en un intento de combatir el frío y la humedad que poco a poco se cernía sobre la aldea. Al llegar a la quintana, un murmullo rompía la quietud de este rincón salcedano, haciendo una rara excepción en la triste enfermedad del despoblamiento que sufre esta tierra. Algo mágico hay en ese bullicio que parece el eco de tiempos lejanos. Tiempos de esfoyaza y amagüestu, de sidra dulce y aroma a pan recién hecho. Tiempos de cantares y cuentos al calor del fuego después de la sestaferia…. Voces y palabras en una lengua casi olvidada, pera a fin de cuentas, la lengua de un país.

Xose aparece entre el tumulto con la cámara en la mano. Se abraza a nosotros mientras intento que no se desparrame ni una gota del vaso de vino que su padre acaba de entregarme casi sin preguntar. Rostros conocidos por todas partes. Amigos y compañeros de este hombre excepcional, de este héroe de la cultura asturiana que acrecienta en todos el amor por Asturias y los asturianos. Celestina, su abuela, presenta un disco memorable. Nunca mejor dicho, porque la grabación es precisamente eso: memoria. Una memoria que ya no corre riesgo de ser olvidada por el empeño de ese nieto que se revela y se niega a que la tradición de este pueblo pase a ser presa del olvido. Xose Ambás lucha día a día, disco a disco contra el olvido que, como él bien sabe , es la enfermedad mortal de la cultura tradicional. El disco de Celestina no es solo un homenaje a una salcedana extraordinaria. Es un regalo de una mujer casi centenaria a todos los asturianos que entienden que nuestro país pierde un trozo de alma cada vez que una de esas voces se apaga por el implacable paso del tiempo. Y allí, en aquella fría quintana, volvió a alzarse imponente la voz de Celestina Ca Sanchu, sobre los árboles ocres, sobre los hórreos vacíos, sobre las casas cerradas….

Y de pronto todo cobró vida en una metamorfosis casi espontanea de sentimientos que se transformaron en danza. Las manos se unieron en un movimiento oscilante, casi hipnótico, al son de una melodía sencilla y minimalista. Una melodía que Xose Ambás heredó de su abuela, un tesoro , como tantos, rescatado de lo más profundo de la memoria de nuestros mayores.
Iyán y yo desandamos el camino hacia el coche cuando la “xelada” comenzaba a arañar la piel. Atrás dejábamos el murmullo de la danza que se fue apagando poco a poco hasta que cesó…y comenzó a sonar una gaita. Mi hijo y yo nos miramos…y sonreímos.
Gracias Xose. Gracias Celestina. Viva la danza y los que en ella están.