Portabilidad

Asamblea del movimiento 15M en Oviedo. 18 de mayo de 2011. © Miki López


Más razón que un santo. Se les puede acusar de utópicos y antisistema pero tienen más razón que un santo. La política aburre, desanima y convierte a uno en un “homo indiferentis” que prefiere darse un paseo por la playa esperando a que termine una obra de teatro que se representa en un país democrático sin democracia real.
Cuando echo un vistazo a los números y porcentajes de la ley electoral me siento como cuando reviso la factura de mi teléfono móvil. No entiendo nada. Y todo por culpa de la letra pequeña. A mis treintayonce años, la presbicia empieza a hacer mella en mi mirada y ya no tengo humor ni ganas para perder media hora intentando comunicarme con un servicio de atención al cliente que en cuanto intuye un problema, te pasa la llamada a otro departamento y milagrosamente…. plas!!! se corta la comunicación.

Protesta del movimiento "Democracia Real Ya". Oviedo, 18 de mayo de 2011. © Miki López


Reconozco que lo peor que puedes hacer es olvidarte del tema y seguir consintiendo que te tomen el pelo. Por eso me quito el sombrero ante esta nueva masa de inconformistas que llevan la verdad por bandera. Que son capaces de poner contra las cuerdas a una clase política que ya no representa a la mayoría y que se atrinchera tras una ley electoral que defiende el bipartidismo casi con ferocidad.
Como con la telefonía móvil, me encantaría pedir la portabilidad democrática en aras de un sistema más justo. El movimiento 15M es la primera llamada para conseguirlo.
Y si se corta la comunicación habrá que volver a marcar. O mandar un burofax.

Acampada del movimiento 15 M "Democracia Real Ya". Oviedo, 18 de mayo de 2011. © Miki López

Juego de niños

Un profesor de sociología con barba, gafas de pasta y paso encorvado cruzaba todas las mañanas el umbral de un aula semidespoblada por culpa de los exámenes de febrero. Antes de dejar su cartera sobre la mesa y sin levantar el ángulo de su mirada gacha, comenzaba su clase con una metáfora contundente en relación al tema que pretendía tratar ese día.

Recuerdo algunas referentes al asunto del juego como elemento fundamental en el desarrollo cognitivo de los niños en las que llegaba a la conclusión de que si había algo en común en todos los críos, independientemente de raza, religión o estatus social, era precisamente el juego.
En aquellos tiempos de estudiante en los que ya echaba de menos lo de haber dejado de ser niño, varios profesores nos hablaban de los juegos como la proyección infantil del mundo de los mayores sin el aliño de la maldad generalizada que envuelve las acciones de los adultos.

Niño jugando en Las Meanas. Avilés, 2011. © Miki López


Jugar a la guerra sigue siendo una de las actividades preferidas de los chiquillos. En mis tiempos los hacíamos por las calles del pueblo con escopetas y pistolas de juguete. Ahora está de moda el “Call of Duty” en sus versiones Segunda Guerra Mundial o Conflicto en Oriente Próximo para PlayStation, Nintendo DSi o Wii. Al final el mismo juego con la diferencia de que hoy, la tecnología, convierte a un niño en un asesino de mentira que no duda en meter una bala entre ceja y ceja a un contrario que parece de verdad. La única diferencia con la guerra real es que en el video juego te mueves menos y si te matan, ni duele ni es irreversible.
Antes por lo menos corríamos y nos dábamos de narices en un suelo de piedras cuando tropezabas tratando de huir del enemigo que disparaba ráfagas de metralleta con sus cuerdas vocales. Tampoco había sangre más allá de algún que otro arañazo en las rodillas que desaparecía con un poco de algodón y agua oxigenada.
Siguiendo la línea de aquellos profesores me doy cuenta de que es imposible que los niños dejen de jugar a la guerra. A fin de cuentas es una de esas enfermedades de la humanidad que no tiene ni cura ni vacuna. Muchos sociólogos creen que la base del conflicto es la desigualdad. Y tristemente eso, a fecha de hoy, tiene mala solución.
Hace meses tuve que hacer una serie de fotos que reflejasen las diferencias entre Benin (Africa Occidental) y Asturias. En una de ellas un niño descalzo corría de espaldas a la cámara haciendo rodar una rueda de bicicleta con un palo. A miles de kilómetros otro niño de la misma edad corría con el mismo porte detrás de un hermoso balón reglamentario de la LFP, después de haber quedado campeón del mundo en el FIFA World Player Football de la Wii en una pantalla LCD de 40 pulgadas, en la que horas antes se había despachado matando nazis mientras tomaba el Reichstag con una unidad de acorazados soviéticos.
El crío de Benin seguramente se fue a su casa tan feliz, sin ser consciente de que si algún día la guerra se cruza en su camino, no lo hará con la seguridad de un mando de PlayStation en las manos.

N’Arba

Lisardo Prieto, Xose Ambás, Diego Pangua y Miki López. La Felguera, 7 de mayo de 2011© Fernando Rodríguez


El escenario me parecía demasiado grande. Tenía la misma sensación que durante aquel triste concierto de despedida en la playa de Poniente rindiendo homenaje a Igor y Carlos. N’arba había nacido al calor de la amistad y al frescor de las cervezas del Ca Beleño, El Asturiano y el Mon 22. De aquellas sesiones míticas compartiendo tablas y Guinness con los grandes maestros de la música folk asturiana nació el germen de N’arba. Y de allí a los escenarios, a las giras interminables de veranos de locura rodando y tocando. Tocando y volviendo a rodar, superando nefastos equipos de sonido, esperas agotadoras que acababan con conciertos a la seis de la mañana en los que era casi imposible moverse por el frío. Pero siempre arropados por una increíble masa de seguidores incondicionales que seguían al grupo concierto tras concierto, noche tras noche durante los mejores años de nuestras vidas de músicos comprometidos con la tradición, la llingua y la cultura asturiana.

Xose Ambás. Avilés, 1996. © Miki López


Pero lo mejor de N’arba siempre fue que la amistad siempre estaba por encima del grupo y quizás esto contribuyó de alguna manera a que la banda se aletargase para permitir que sus propios componentes fuesen desarrollándose profesionalmente en otros campos de la vida sin el agobio del compromiso con un grupo que necesitaba dar el salto a la profesionalidad.
Han pasado muchos años y la escena folk asturiana se ha llenado de una espectacular generación de nuevos músicos con una calidad desbordante. También nos siguen quedando Felpeyu, Llan de Cubel, Corquieu… grupos que nos hacen sentirnos orgullosos de nuestra música, y que nos siguen marcando como una de las grandes potencias de la música tradicional del Arco Atlántico.

Lisardo Prieto. Avilés, 1997, © Miki López


Tengo la suerte de formar parte de N’arba, pero sobre todo tengo el privilegio de ser el miembro de una gran familia que disfruta haciendo música por el mero placer de hacerla.
La magia de N’Arba reside en eso y ayer fui consciente de ello en el mismo momento en que sonaron los primeros acordes de “Este Pandeiru”, el tema con el que solíamos abrir todos los conciertos. De pronto aquel gigantesco escenario comenzó a hacerse pequeño y cerrando los ojos volví a sentarme en una mesa del Ca Beleño compartiendo musica y cervezas con Lisardo y con Ambás. Y volvimos a disfrutar con un público entregado que nos hizo volar por el escenario con la misma intensidad de los viejos tiempos.

Miki López. Sotu,l Barcu, 1996


Ayer faltó mucha gente vinculada a aquellos hermosos años. Pero la ausencia más notable fue la de Gabriel. Sin él, N’arba jamás hubiese sido lo que fue. Ojalá algún día podamos completar ese homenaje a uno de los grandes guitarristas del folk asturiano.
Gracias Horacio, Rubén y Senén. Grancias Ambás y Lisardo, además de amigos, hermanos.
Gracias N’Arba por todos estos años de sincera amistad. N’Arba jamás morirá. La amistad nunca muere.

Ambás. Llaranes, 1996. © Miki López