Reflejos del año que acaba

Elsa reflejada en el escaparate. Oviedo, 31 de diciembre de 2016. © Miki López

Elsa reflejada en el escaparate. Oviedo, 31 de diciembre de 2016. © Miki López


Todos los años nos miramos en el reflejo del escaparate del año que termina. Hace tiempo que trato de no valorar los años en función de los acontecimientos porque, a fin de cuentas, el baremo no deja de ser una cuestión personal en la que muchas veces se da la paradoja de que lo que es bueno para uno es terrible para el que tienes al lado. Ahora únicamente procuro que los años me vayan cayendo poco a poco y si puede ser, que se tomen su tiempo para conseguir saborear la vida rodeado de esas personas con las que comparto este camino que tan pronto se ensancha como se estrecha, que se allana en la comodidad para volverse cuesta arriba, muchas veces coronando una loma desde la que se descubre el maravilloso paisaje por el que nos tocará seguir caminando. Lo malo de este viaje es que jamás sabes lo que te espera en la próxima curva. Y como uno no tiene ni idea de dónde termina esta aventura de la vida, me siento feliz despertándome en este 1 de enero de 2017 sin resaca, con una gran sonrisa y con la conciencia tranquila del que ha pasado un año más tratando de hacer feliz a los que quiere, porque esa es la mejor manera de ser feliz con uno mismo. Salud y trabajo para todos.

Viva la danza y los que en ella están (A Xose Ambás)

Danza. Ambás (Grao). 25 de noviembre de 2016. © Miki López

Danza. Ambás (Grao). 25 de noviembre de 2016. © Miki López

Nos apeamos del coche.Las últimas luces de la tarde acariciaban una de las lomas que bordeaban el pueblo extendiendo un manto anaranjado sobre los árboles que lucían sus últimos ocres otoñales. Caminamos sin prisa por el estrecho sendero que llevaba a la casa, encogiendo los hombros mientras abotonábamos los abrigos hasta el cuello, en un intento de combatir el frío y la humedad que poco a poco se cernía sobre la aldea. Al llegar a la quintana, un murmullo rompía la quietud de este rincón salcedano, haciendo una rara excepción en la triste enfermedad del despoblamiento que sufre esta tierra. Algo mágico hay en ese bullicio que parece el eco de tiempos lejanos. Tiempos de esfoyaza y amagüestu, de sidra dulce y aroma a pan recién hecho. Tiempos de cantares y cuentos al calor del fuego después de la sestaferia…. Voces y palabras en una lengua casi olvidada, pera a fin de cuentas, la lengua de un país.

Xose aparece entre el tumulto con la cámara en la mano. Se abraza a nosotros mientras intento que no se desparrame ni una gota del vaso de vino que su padre acaba de entregarme casi sin preguntar. Rostros conocidos por todas partes. Amigos y compañeros de este hombre excepcional, de este héroe de la cultura asturiana que acrecienta en todos el amor por Asturias y los asturianos. Celestina, su abuela, presenta un disco memorable. Nunca mejor dicho, porque la grabación es precisamente eso: memoria. Una memoria que ya no corre riesgo de ser olvidada por el empeño de ese nieto que se revela y se niega a que la tradición de este pueblo pase a ser presa del olvido. Xose Ambás lucha día a día, disco a disco contra el olvido que, como él bien sabe , es la enfermedad mortal de la cultura tradicional. El disco de Celestina no es solo un homenaje a una salcedana extraordinaria. Es un regalo de una mujer casi centenaria a todos los asturianos que entienden que nuestro país pierde un trozo de alma cada vez que una de esas voces se apaga por el implacable paso del tiempo. Y allí, en aquella fría quintana, volvió a alzarse imponente la voz de Celestina Ca Sanchu, sobre los árboles ocres, sobre los hórreos vacíos, sobre las casas cerradas….

Y de pronto todo cobró vida en una metamorfosis casi espontanea de sentimientos que se transformaron en danza. Las manos se unieron en un movimiento oscilante, casi hipnótico, al son de una melodía sencilla y minimalista. Una melodía que Xose Ambás heredó de su abuela, un tesoro , como tantos, rescatado de lo más profundo de la memoria de nuestros mayores.
Iyán y yo desandamos el camino hacia el coche cuando la “xelada” comenzaba a arañar la piel. Atrás dejábamos el murmullo de la danza que se fue apagando poco a poco hasta que cesó…y comenzó a sonar una gaita. Mi hijo y yo nos miramos…y sonreímos.
Gracias Xose. Gracias Celestina. Viva la danza y los que en ella están.

Oviedo en septiembre

Oviedo. 24 de septiembre de 2016. ©Miki López

Oviedo. 24 de septiembre de 2016. ©Miki López

Va    cayendo septiembre, poco a poco, como las hojas del parque de San Francisco, despidiendo un San Mateo más en un año menos. Sigue el rosal lleno de gente, chavales con vasos de plástico y bebidas de colores que recuerdan más a un jardín de infancia que a la pubertad febril e inmadura que hoy representa la vetusta calle, llena de locales que, salvo contadas excepciones, hace años que cambiaron de nombre y de clientela. Quinceañeras de falda corta y entubada repiquetean sus tacones sobre los enlosados de las aceras, manteniendo el equilibrio mientras se pierden en el barullo de los bares ocultos tras la multitud irreverente que camufla sus puertas. Un poco más abajo, el agudo murmullo del Rosal se va fundiendo con el rumor veterano de los chiringuitos del casco antiguo. La gente cruza de un lado a otro de la calle, confundiendo peregrinos con estudiantes, mezclado hippies con hipsters, surferos con punkies entre los que se cuela algún cura sin sotana. Este es el Oviedo del siglo XXI, el Oviedo que todavía revive en septiembre y muestra lo mejor de una ciudad que enamora en otoño. Octubre ya está a la vuelta de la esquina. Que no nos nuble la mente el aire de las castañas. Lo mejor es respirarlo.

El retiro del retratista

Irma Collín y Nacho Orejas. La Fresneda, 2 de septiembre de 2016. © Miki López

Irma Collín y Nacho Orejas. La Fresneda, 2 de septiembre de 2016. © Miki López

Ya se sabe que las cosas buenas de la vida suelen ocurrir solo una vez y como si de un tren se tratase, vale más dar un salto y subirse al vagón sin esperar siquiera a que se detenga. No sería la primera vez que alguno pasa de largo. Y eso ha hecho mi amigo, mi compañero y mi maestro Nacho Orejas, dejándonos una agridulce sensación que uno no sabe como interpretar. Pierdo a un colega de profesión de ojo privilegiado, inteligente y audaz, de ideas claras y enemigo de las medias tintas. Un fotógrafo de la vieja escuela al que el mundo digital le pilló por sorpresa, una era tecnológica que en realidad nada cambió en su forma de ver la vida a través del objetivo de una Nikon. Pasó de hacer grandes fotos en negativo a seguir haciendo grandes fotos en digital, a interpretar como nadie la esencia de sus retratados en una película T-max 400 de la misma manera que en un sensor de 30 Megapixels. Nacho es el ejemplo vivo de que esta profesión de valientes nunca cambiará, porque detrás de tanta tecnología, de tantos filtros de Instagram, de tanta imagen HDR, existen fotógrafos capaces de retratar el alma escondida tras una escena que para los demás pasará inadvertida. En eso, querido maestro, siempre serás inigualable.

Estoy triste porque te echaremos de menos, porque este periódico nunca volverá a ser el mismo sin las fotos de Nacho Orejas, pero estoy feliz porque sé que tu pelea por mantener el tipo cuando esa espalda que no daba para más, se convirtió en una pesadilla inaguantable y creo que llegó la hora y la oportunidad de coger ese tren. Gracias maestro. No tienes ni idea de lo que me enorgullece el haber tenido el privilegio de trabajar a tu lado.  Ahora el honor de sustituirte lo tiene la gran Irma Collín.

Feliz retiro Nacho. Te lo has ganado más que de sobra.

Medallas de modestia

Ángela Pumariega. San Esteban, Muros del Nalón. 25 de agosto de 2016. © Miki López /La Nueva España

Ángela Pumariega. San Esteban, Muros del Nalón. 25 de agosto de 2016. © Miki López /La Nueva España


Ángela vive con la sonrisa dibujada en su cara. Puede presumir de ser oro olímpico pero no lo hace. Se cuelga la medalla de la modestia cada vez que habla de su carrera deportiva y de todos los sacrificios y sinsabores que implica el ser la mejor en un deporte tan desconocido como la vela en su modalidad de match race, una disciplina que para la mayoría de los mortales, incluido yo mismo, suena a cualquier cosa menos a deporte marítimo. Embarcamos en San Esteban con varios miembros del club náutico que nos sirvieron de anfitriones y guías por uno de los tramos más espectaculares de la costa asturiana, uno de los que formará parte de la serie que La Nueva España dedica al litoral asturiano. Es agosto, pero un inusual viento del sur cubre de gris plomizo el horizonte de un cantábrico que se embravece con facilidad. Es el verano de Asturias, el estío que vende caro el azul del cielo y que crea el ambiente mágico que inspira leyendas como las de la xana de Aguilar o de las sirenas de Cudillero. La lancha patroneada por Miguel, rebota sobre las olas que el casco pulveriza en gotas que salpican a bordo y refrescan la sensación de bochorno que llena el aire de tormenta. Angela atiende las explicaciones de los marineros de San Esteban y se siente cómoda entre el oleaje. A fin de cuentas forma parte del mar porque el mar es su vida y se nota cuando habla de ello. Cuenta su vida con más modestia que orgullo aunque esa medalla no se la ha regalado nadie. Sin perder la sonrisa comenta que ya se está preparando para volver a lo más alto, luchando contra el viento y las mareas de los inconvenientes, incluidos los de los despachos de nuestras autoridades deportivas que en ocasiones, parecen océanos mucho más insalvables que los de cruza con destreza a bordo de su velero.
Un placer haber navegado en tu compañía…yo al menos pienso presumir de eso.

Lanchas amarradas en los embarcaderos de madera de El Castillo. Soto del Barco. © Miki López

Lanchas amarradas en los embarcaderos de madera de El Castillo. Soto del Barco. © Miki López

Un patio lleno de niños de entre 4 y 12 años, un par de adolescentes y una abuela. Es agosto de 2016 en la casa de mi madre. Un agosto más en un lugar privilegiado del paraíso. Un agosto no muy distinto al de aquellos veranos de los 70, en este mismo escenario en el que los niños éramos los padres y los padres los abuelos.  La torre del castillo de San Martín ve pasar la vida como el río que acaricia sus murallas poco antes de morir en el Cantábrico. El Nalón que refrescó nuestros juegos estivales nace y muere a diario en un bucle eterno que nos hace pequeños y efímeros, como verdaderas aves de paso. Creemos ver pasar el río hasta que el tiempo nos hace entender que en realidad es el río el que nos ve pasar en un breve suspiro de su existencia, enseñándonos a valorar las cosas en su justa medida.  Somos agua de ese cauce, agua que nace y muere diluyéndose en el océano del tiempo. Si un día soy abuelo en otro verano azul tan intenso como éste, volveré a darte las gracias Nalón por haberte fijado en nuestro paso. Los niños juegan, el río fluye y la vida sigue. Que delicia.

Día internacional de la fotografía

Fotografiando sombras. Lugones. 28 de agosto de 2015. © Miki López

Fotografiando sombras. Lugones. 28 de agosto de 2015. © Miki López

Echando cuentas resulta que llevo más de 25 años enganchado a una cámara de fotos. Viví la transición de lo analógico a lo digital sin apenas darme cuenta de lo que se nos venía encima, pero cuando hice mi primera foto con una cámara digital, entendí que las cosas iban a cambiar. Y mucho. A finales de los 90, los fotógrafos de prensa vivíamos deprisa. O eso creíamos. Cerramos los laboratorios analógicos de los periódicos y comenzó la locura de los ordenadores, los portátiles, las wifis y el trabajo en tiempo real. Llegó un momento en que nos olvidamos de lo que realmente éramos y vimos como la democratización de las imágenes en la red creó un inmenso mar de basura en formato jpg que inundaba páginas web y redes sociales. Y ese volumen de “ruido” fotográfico fue aumentando exponencialmente conforme iban bajando los precios de las cámaras de fotos. Incluso nosotros pasamos de tirar dos o tres carretes diarios, lo que vienen a ser unas 100 fotografías, a como poco, cuadriplicar esa cifra en un día de trabajo normal. En una jornada extraordinaria, como la de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias, os podéis imaginar…
Cambiamos la calma del buen cazador de instantes decisivos por el estrés de cámaras capaces de disparar 10 fotogramas por segundo, imágenes que transfieren inmediatamente a un teléfono móvil para enviarlas en bruto y a lo bruto a una redacción situada a cientos o miles de kilómetros para, a continuación, ser publicadas en una edición digital de forma inmediata.
Los tiempos han cambiado la fotografía, un arte cuyo proceso se mantuvo prácticamente inalterable durante más de un siglo. pero ahora todos tenemos que saber de megapíxeles, espacios de color, formatos de imagen y software de procesado. Términos y tecnologías que cambian día a día dejando obsoletas nuestras cámaras de miles de euros cuando apenas hemos terminado de pagarlas.
Lo único bueno de esta nueva situación es que la primera parte del proceso sigue y seguirá siendo un arte. No hay tecnología que supere la capacidad de percepción de un buen fotógrafo. La creatividad, el sentimiento y el buen ojo son capacidades exclusivamente humanas. Si algo bueno tiene la red es que, entre toda esa basura que flota en el mar de las webs, todos los días encuentro a un fotógrafo que me hace sentirme orgulloso de pertenecer a este gremio de supervivientes. Feliz día de la fotografía a todos.