Caminando sobre los raíles

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Vías del tren en San Román de Candamo. Miki López, 2006

Con 10  y 11 años mi hermano y yo hacíamos a diario equilibrios sobre los raíles de las vías del tren, camino de la estación de FEVE de Soto del Barco,  donde nos subíamos con un montón de chavles al destartalado vagón de gasóleo que bordeando el río Nalón,  acercaba a toda aquella “reciella” a los distintos colegios e institutos de Pravia. Llegando a destino, saltábamos al andén sin esperar siquiera a que la máquina se detuviese y, de vez en cuando,  veíamos como el más patoso del grupo terminaba de bruces sobre la gravilla del apeadero, entre las carcajadas histéricas de los que habíamos mantenido el equilibrio. Estas escenas repetidas a diario a finales de los 70 y principios de los 80, casi podrían costarle la custodia a más de uno de estos padres del siglo XXI entre los que me incluyo, porque la sociedad globalizada se ha obsesionado, a veces no sin razón, con la seguridad de los menores. El viernes, escuchando al gran Francesco Tonucci en la Universidad de Oviedo, reivindicando con evidente lógica una mayor participación de los niños en las decisiones transcendentales de la sociedad actual, uno se da cuenta de que el excesivo proteccionismo infantil es un lastre para los propios niños y, a la larga, para la propia sociedad. Somos capaces de dejar a  nuestros críos un móvil con conexión a internet sin ningún tipo de control al mismo tiempo que se nos eriza el pelo del cogote cuando vemos que se tienen que enfrentar por si mismos a un sencillo paso de peatones. Posiblemente los padres de los milenials no estamos preparados genéticamente para entender el peligro digital y en cambio, somos capaces de entrar en modo pánico cuando vemos a nuestros chavales caerse de una bicicleta en el parque tras provocar un derrape que termina pelando las piernas, las manos y los brazos, acabando la ventura en la consulta del médico de urgencias con doble dosis de antitetánica, ibuprofeno y de paso, un Tranquimacín para calmar la angustia de los progenitores.

En nuestros tiempos, los críos retorcíamos un tobillo y tirábamos un par de días cojeando. No recuerdo haber escuchado jamás la palabra esguince. Cuando alguno se caía de un árbol y se rompía un brazo, en los días siguientes tenías mucho cuidado de  no caerte tú, pero volvías a subirte al mismo árbol sin que tu madre te hubiese dictado una orden de alejamiento a menos de 1 kilómetro a la redonda del vegetal asesino.

Nos estrellábamos con las bicicletas  y no había una rodilla sin su correspondiente herida al lado de otra cicatriz abierta, pero era más fácil que llevases una bronca por romper el pantalón del chandal que por los arañazos sanguinolentos de brazos, manos y piernas que curaban a pelo y con saliva, sin que a nadie se le ocurriera saturar los servicios de urgencias del San Agustín. Vivíamos y disfrutábamos de la adrenalina del riesgo infantil como mero aprendizaje de los peligros que nos deparaba el futuro adolescente de los 80, lleno de motos de gran cilindrada, coches sin seguridad y playas sin vigilancia socorrista. Cayéndome de la bici en pantalón de deporte y sin casco,  aprendí lo importante que era ir bien equipado en moto y eso ya me salvó la vida una vez. Una traicionera corriente de agua en la playa de Aguilar me advirtió del peligro de bañarme con bandera roja en las aguas del Cantábrico y desde aquel día, nunca nado a contracorriente. Y así tantas cosas de mi vida infantil y adolescente que me han servido para ser una persona consciente de los riesgos como adulto. Pero mirándome al ombligo he de reconocer que quizás no esté preparado para asumir el riesgo que mis propios hijos deben correr en este nuevo entorno real y digital del Siglo XXI. Quizás fuese bueno que un día comenzasen a caminar otra vez sobre los raíles del tren, y a poder ser antes de cumplir los 18 años. Seguro que alguno pensará que este planteamiento no dejará de ser la chiquillada de un padre esquizofrénico, cuando en realidad puede que sea la recuperación de sentido común de un padre que fue tuvo una infancia feliz.

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