Magia en las Ubiñas

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Una carretera tortuosa y de asfalto infinitamente parcheado nos enfilaba lentamente hacia el valle por el que la luz se desparramaba con el brillo frío de la nieve. La silueta de la iglesia de Tuiza se recortaba contra las paredes verticales, mientras los copos recién caidos moteaban de blanco las rocas de la montaña en lo más alto del parque natural de Las Ubiñas. Aprovechando una inoportuna llamada de teléfono, detuve el coche y, tras atender a mi interlocutor, me apeé  con el firme propósito de intentar robar un poco de aquella belleza. Los contraluces con la nieve se hacen mágicos porque no hay mejor pintor o fotógrafo que la naturaleza misma. Entre rachas de viento helado, me subí a una pequeña loma que bordeaba la carretera echando de menos la cazadora que había dejado en el asiento trasero del Ford. Aguanté las embestidas de la brisa gélida que corría valle a bajo, busqué el encuadre y medí la luz. Mientras apretaba el disparador de la cámara, volví a sentirme afortunado de respirar una vez más el aire frío y balsámico de esta bendita tierra. De vuelta al coche vi como rápidamente las nubes negras volvían a oscurecer el cielo. Entre las ramas desnudas de las hayas se me presentaba una curva más,que seguramente escondía otro escenario en el que sería imposible no detener el coche para seguir robando esos trozos de magia que desprenden Las Ubiñas. Una gozada.