Profesores, deberes y daños colaterales

Volviendo del colegio. Laviana, 2007. © Miki López/La Nueva España

Volviendo del colegio. Laviana, 2007. © Miki López/La Nueva España

En mis tiempos de estudiante de magisterio, allá a finales de los 80, recuerdo como muchos profesores de pedagogía mostraban su pesimismo con la LOGSE que se nos venía encima. Visto en la distancia ahora entiendo perfectamente aquellas dudas. Todavía eran los tiempos de la EGB y el BUP, del famoso plan del 70 que supuso la universalización de una educación de calidad, haciendo emerger algunas de las mentes más privilegiadas en los campos de las ciencias y la humanidades en la España del cambio de siglo. Esa nueva reforma que se perfilaba a inicios de los 90, aumentaba en 2 años la obligatoriedad de los estudios primarios, pero se reestructuraba dejando a los maestros fuera de esos dos últimos cursos de la nueva Educación secundaria Obilgatoria (ESO), tarea que quedaría encomendada a licenciados y técnicos superiores que lo más cerca que habían estado de una formación pedagógica, se reducía al hecho de haberse sacado el CAP, el famoso Certificado de Aptitud Pedagógica que con unos meses de instrucción, pretendía crear educadores donde solo había químicos, filólogos o matemáticos con un gran nivel de conocimientos pero sin un mínimo de vocación docente. Pero bueno, esto ya venía pasando en el antiguo bachillerato y no cambiaba sustancialmente la situación. El problema se agravó cuando los colegios comenzaron a cerrar las aulas de séptimo y octavo de primaria mientras los institutos abrían las de primero y segundo de la ESO, mezclando a niños de 12 y 13 años con chavales de 17. Y de aquellos polvos vienen estos lodos.

Un niño levanta la la mano para preguntar en un colegio de Avilés.  © Miki López/La Nueva España

Un niño levanta la la mano para preguntar en un colegio de Avilés. © Miki López/La Nueva España

Cierto es que la sociedad ha cambiado. Los críos de hoy no son ni por asomo los guajes de ayer. El modelo de familia se ha transformado sustancialmente incorporando a las mujeres al trabajo y las horas que compartimos con nuestros hijos e hijas se ven reducidas a la mínima expresión. Ríete tu de la conciliación. En mi caso, desde que mi chaval mayor llegó al instituto, la comunicación con los profesores desapareció. Confié en Iyán porque había sido un chico brillante y trabajador en el cole y ese fue mi primer error. Nadie, absolutamente nadie me informó de los problemas que estaba teniendo el crío para adaptarse a ese nuevo sistema de trabajo que, personalmente me dejó boquiabierto. Libros, apuntes y páginas web para desarrollar temas como si estuviese en primero de carrera. Deberes por un tubo y profesores que se permiten el lujo de suspender al 70 % del alumnado. Y no se ponen colaraos, oye. Total que los padres sufridores nos vemos obligados a tomar cartas en el asunto y de pronto nos vemos volviendo al cole con cuarentaytantos años, llegando a casa de trabajar y poniéndote a repasar ecuaciones, sintaxis, morfología y geografía física, intentando poner en orden entre tantos libros, apuntes y puñeteras páginas web de apoyo “para completar contenidos”. ¡Hombre por dios! Que alguien me diga que coño hacen en clase porque cuando llego a las tutorías encima me dicen que el chaval trabaja poco. “Poco debes trabajar tú…” Me muerdo la lengua para no hacer el comentario en voz alta. Nadie se hace responsable del desconcierto y la incomunicación que sufrimos como padres  y decidimos tomar cartas en el asunto para corregir una situación que gracias nuestro esfuerzo parece reconducida. Estudié magisterio y trabajo como formador de fotógrafos. En estos años aprendí que inculcar interés en la materia y hábitos de estudio que fomenten y refuercen la autonomía en el aprendizaje es el único camino para frenar el fracaso escolar. Pero eso conlleva un esfuerzo por parte del formador. Un esfuerzo que solo se ve recompensado por los buenos resultados de los alumnos. Y esa recompensa solo gratifica a los pedagogos de vocación. Vayan mirándose el ombligo queridos profesores. Les recuerdo que esta educación es obligatoria y no solo vale dar clase y cobrar a fin de mes. Se de sobra que muchos chavales no necesitan ese refuerzo. Es más, soy consciente de que muchos padres tiene las suerte de que sus hijos ya tienen un nivel de madurez que les hace volar solos. Pero el resto necesita a esos MAESTROS con mayúsculas. El futuro de nuestros hijos y el de esta sociedad está en sus manos. No me gustaría tener 15 años en estos tiempos que corren. Lo mismo que no me gustaría ponerme en manos de un médico al que no le apasiona su trabajo. Hay otros oficios bien hermosos que no dejan daños colaterales.