Masa entristecida

Semáforo en rojo. Piso el embrague pero la velocidad no entra. Vuelvo a intentarlo y nada. Apago el motor y pruebo. Meto primera y con el embrague pisado vuelvo a darle al contacto. Salgo suave e intento cambiar a segunda pero nada. Repito la operación y dejo caer el coche por la pendiente que lleva al aparcamiento del estadio Carlos Tartiere.

Aficionado del Real Oviedo. Oviedo, 26 de mayo de 2016. © Miki López/La Nueva España

Aficionado del Real Oviedo. Oviedo, 26 de mayo de 2016. © Miki López/La Nueva España

En un par de horas el Oviedo se la juega ante el Leganés y ya no encuentro ni una sola plaza en la que meter mi ford C-Max averiado. Al final consigo colarme a duras penas en un hueco que aparece providencialmente. Apago el motor pensando en puñetero embrague. El Oviedo se juega el ascenso y yo las vacaciones. En fin… vamos al tajo.
Fotografío a un montón de aficionados que no pierden la sonrisa después de la mala racha del equipo. Ataviados con bufandas y camisetas que denotan su sangre azul, se amontonan con paciencia delante de los accesos al campo. Es jueves y el partido comienza a las 21:00 pero se intuye una buena entrada.Se abren las puertas y el público comienza a llenar el Tartiere. He sido testigo muchas veces de lo que pasa a continuación: una vez dentro, las individualidades de la afición se convierten en un ente con vida propia que ruge, canta y anima al unísono. Es como si la unión de los átomos del forofismo futbolero dieran forma real a eso que siempre se llamó el jugador número 12, la verdadera estrella de muchos partidos que se diferencia del resto de la plantilla por sel el único de la plantilla que no va en pantalón corto y que paga en vez de cobrar. Y claro…eso conlleva alguna ventaja porque le da derecho a mosquearse y a increpar cuando cree que las cosas no se han hecho bien. Y el público soberano sabe que las cosas, en este Real Oviedo de final de temporada, no se han hecho nada bien.
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Comienza el partido con un equipo atascado. Miro a mi alrededor y veo caras de miedo que, poco a poco, van mudándose a expresión de cabreo. Los fotógrafos sentimos esa vibración de la masa enfurecida a pie de campo. Situación privilegiada para ver el nerviosismo de los jugadores que sufren ante un rival que poco a poco los va arrinconando en su terreno ante la desesperación de la grada. Muchos se acuerdan de Egea y maldicen el día en que a alguien se le ocurrió hacerle la cama a uno de los entrenadores más entregados que ha tenido el equipo azul en estos últimos años de travesía por el desierto. Y llega lo inevitable. Un gol del Leganés enmudece al estadio y el cabreo se transforma en tristeza. Alguno comienza a arrepentirse de haber cambiado el turno para poder ver esa debacle en forma de partido de fútbol, cuando llega la esperanza en forma de penati. Renace la esperanza, verde como el mismo campo en el Susaeta coloca el balón para lanzar la pena máxima. Verde como la camiseta de los jugadores del Leganés que se abrazan a su portero cuando en una espectacular estirada, detiene el disparo cruzado del jugador del Oviedo que mira al cielo sin acabar de creerse el paradón de su contricante.

Edu Bedia se lamenta tras la derrota ante el Leganés.Oviedo, 26 de mayo de 2016.  © Miki López/La Nueva España

Edu Bedia se lamenta tras la derrota ante el Leganés.Oviedo, 26 de mayo de 2016. © Miki López/La Nueva España

Termina el partido y el ente se disuelve con la misma velocidad con la que se ha formado. Deja de ser el jugador número doce para salir del estadio y volver a convertirse en la realidad de ser lo que es: un aficionado que si tiene suerte, se levantará a las seis de la mañana para ir a trabajar, que hará cuentas para conseguir llegar a final de mes pero que el domingo siguiente volverá a apoyar a su equipo. En eso son iguales que los aficionados del Sporting, del Betis, del Deportivo…todo a cambio de muy poco, incluso de nada. Y ayer se repitió las historia en  Zaragoza. El Real Oviedo tira todas sus aspiraciones de subir a primera división ante la desesperación de la masa entristecida. Otro año será.
Pensando en esto levanto el teléfono para llamar al taller.  Mis vacaciones…ay mis vacaciones.

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