Luces en el frío

Sendero en la noche. Sotres. 16 de febrero de 2016. ©Miki López

Sendero en la noche. Sotres. 16 de febrero de 2016. ©Miki López


Nos costó trabajo encontrar vehículo para subir a Sotres. Al final uno de aquellos números que había marcado insistentemente a lo largo de la mañana respondió a nuestra llamada. La tormenta de nieve había dado una tregua durante las primeras horas del día, pero el cielo volvía a cerrarse con enormes moles de nubes oscuras que corrían sobre los riscos engullendo los gigantescos bloques calizos de esta parte de los Picos de Europa.
-“Si no os sube alguien ahora, lo vais a tener complicado”. La camarera del pequeño bar de Arenas hacía esta observación mientras vertía la leche sobre los cafés recién servidos.
Al otro lado del teléfono, David, un experto conductor de Sotres, quedó en recogernos en el cruce de la carretera que partía hacia Poncebos. Corrimos bajo la lluvia agitada por ráfagas de viento que bajaban imprevisibles por las profundas grietas de aquel valle.
-“Acaba de subir la quitanieves” nos dijo David bajando la ventanilla de la furgoneta.
-“Si subimos ya, no tendremos problema. Aquí llueve porque estamos apenas a 200 metros, pero arriba es otra cosa…”
Iglesia de Sotres en la nevada. 16 de febrero de 2016. ©Miki López

Iglesia de Sotres en la nevada. 16 de febrero de 2016. ©Miki López


David conducía con destreza por la carretera que seguía el cauce del río en sentido ascendente. El Cares, como una esmeralda líquida, rugía gélido entre las imponentes rocas que moldean su lecho convirtiéndo el fondo de aquel valle en un espectáculo de agua y espuma. En Poncebos la carretera se empina flanqueada por las paredes de nieve que se amontonan en las cunetas. Pasamos Tielve dejando el pintoresco puente de piedra del viejo molino a nuestra derecha. A partir de ahí David miraba de reojo cada una de las canales por las que muy habitualmente bajan las avalanchas. En 1993 fue testigo de la muerte de una vecina arrollada por una traicionero corrimiento de nieve que la envió al fondo del barranco.
-“No pudimos hacer nada, solo llamar a emergencias. La tuvieron que sacar con un helicóptero”
Arriba nos esperaba Juanjo, muy atareado por la llegada de un grupo de excursionistas británicos. Mal día para recibir a toda esta gente con el temporal que se nos venía encima. Y más aun teniendo en cuenta que un componente eléctrico de la calefacción de gas se había averiado y todo hacía pensar que íbamos a pasar una noche bastante fría. En mi caso se repetía la historia. Volvía a revivir la misma aventura que en Valle del Lago. Otra habitación congelada por culpa de la tormenta.
Sotres. Madrugada del 18 de febrero de 2016. ©Miki López

Sotres. Madrugada del 18 de febrero de 2016. ©Miki López


Me puse las raquetas de nieve y subí por el sendero que lleva a la ruta del Collado Caballar. Volvía a nevar con fuerza mientras la hilera de excursionistas se alargaba sobre el camino oculto bajo una capa de más de 30 centímetros de nieve. Unos jóvenes del pueblo subían con sus esquís para aprovechar la espectacular nieve-polvo que se levantaba en remolinos con la ventisca.
Tras las fotos, volví a bajar al pueblo. Eduardo tomaba un café con Anita “La Gallega” que amontonaba sobre una mesa las decenas de calcetines, gorros y guantes que tejía para vender a los turistas. Conocí a esta mujer y a su madre a principios de los años 90. Siempre hospitalarias y con ganas de charla contrastaban un poco con el carácter un tanto arisco de estos montañeses asturianos, un poco asqueados de ser el objetivo de las miles de cámaras fotográficas que año tras año se dejan caer por Sotres.
-“Chaval, no me hagas fotos…”
A lo largo del día escuché esa frase varias veces, negándome instantáneas que me ponían los dientes largos. Explicas que trabajas para La Nueva España y algunas veces funciona. Pero no siempre. Te ven llegar con el equipo colgado del hombro y ya te miran de reojo. Entiendo que se sienten como las Paca y Tola del oriente asturiano, en un enorme cercado de nieve, caliza y hielo donde la vida no es nada fácil y donde se sienten vigilados, expiados e invadidos en su intimidad por propios y extraños que acaban colgando sus fotos como trofeos de safari fotográfico en cientos de miles de páginas de Facebook, Twitter e Instagram.
Sendero en la nieve. Sotres, 18 de febrero de 2016. ©Miki López

Sendero en la nieve. Sotres, 18 de febrero de 2016. ©Miki López


Con cierto sentimiento de culpabilidad por ambas partes, la profesional y la ética, dejo la cámara colgada del hombro e inicio una conversación con aquel hombre que con el cigarro pegado a sus labios, retiraba con una escoba la gruesa capa de nieve que casi cubría por completo a su coche. Hablamos de las nevadas de antes, de todas las semanas que pasaron encerrados sin luz y totalmente aislados del exterior en los tiempos en que la carretera era una pista impracticable. Le conté mi experiencia en Sotres en aquel lejano año 93, en el que cubrí el funeral de la vecina que había sido arrollada por la avalancha, de la impresión que me dio ver a aquel grupo de vecinos portar a hombros el féretro recorriendo verdaderas trincheras entre la nieve hasta llegar al cementerio. Tengo en la memoria aquella portada de La Voz de Asturias, con la tumba abierta en la tierra y el cortejo fúnebre descendiendo en silencio entre el blanco inmaculado de la nevada. Los dos coincidimos en aquel funeral y la empatía hizo mella en aquel paisano que al final se dejó fotografiar no sin cierto recelo.
-Ye que ta uno “jarto” de que le hagan fotos, chico…”
Caía la noche y la tormenta remitía. El pueblo cerraba sus puertas al calor de las chimeneas. En Casa Cipriano cenaba el grupo de británicos que me preguntaban con curiosidad por las fotos que les había hecho a primera hora de la tarde.
Sopa caliente, embutidos y queso de Cabrales. La chimenea calentaba el salón del alojamiento rural haciéndome olvidar la avería de la calefacción. Me asomé a la ventana y vi el creciente de la luna asomar entre las nubes que pasaban iluminando las calles con el resplandor que le daba aquel manto blanco que todo lo cubría. Subí a la habitación y cogí el trípode para volver a salir a la calle después de ajustar las polainas a las botas. Silencio. Solo el crujir de la nieve fresca bajo mis pasos rompía esa sensación de calma total en una noche que me traía a la memoria la hermosa letra del “Moonlight Shadow” de Mike Olfield: “The trees that whisper in the evening, carried away by a moonlight shadow, sing a song of sorrow and grieving..·
Crucé el pueblo para salir al viejo camino que atraviesa la Sierra de Mor hasta el pueblo de Tielve. En lo alto del mirador, en lo profundo de aquella noche gélida, Sotres parecía una hoguera de paz entre el hielo. El pequeño cementerio, la iglesia y las rampas de la carretera se envuelven en un halo de irrealidad. Hago varias tomas y vuelvo a cruzar el pueblo en sentido sur, en dirección a la senda del Collado Caballar. El pueblo parece vacío, aletargado por el frío que se abalanza sobre los cristales de algunas ventanas en las que la luz interior es el único signo de vida visible en medio de la noche.
Sotres. Madrugada deñ 18 de febrero de 2016. © MikiLópez

Sotres. Madrugada deñ 18 de febrero de 2016. © MikiLópez


Llego a la entrada del bosque y vienen a mi imaginación algunos de los seres mitológicos asturianos que rondan las montañas y los bosques. Casi los distingo entre las retorcidas ramas de los arboles que se alzan como fantasmas en el blanco plateado que colorea la luna sobre la nieve.
Busco el encuadre y dejo que los 30 segundos de exposición completen la magia de la fotografía en un escenario único que, a esas horas de la noche, parecía sacado de una novela de Dickens.
Las nubes cubrieron la luna al tiempo que la ventisca me invitó a buscar el calor de la chimenea casi apagada de casa Cipriano. Y la noche volvió a cerrarse bajo la nieve sobre la hoguera de Sotres. Una vez más volvió el invierno. Nunca queda allá.

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