Umbrales

Dos kilos de angula fresca recién pescada. Soto del Barco, noviembre de 1995. ©Miki López

Dos kilos de angula fresca recién pescada. Soto del Barco, noviembre de 1995. ©Miki López

Dice mi dentista que soy un tipo con resistencia a la anestesia. Y es cierto. Maria Antonia, la estomatóloga que me sufre como paciente desde hace unos años, me tiene que meter verdaderas dosis de caballo para mantenerme tranquilo en ese diván quirúrgico de su clínica de Piedras Blancas.Gracias a dios, mi umbral del dolor parece ser bastante alto y con una cosa voy compensando la otra. Y eso de los umbrales constata aquello de que cada persona es un mundo y cada cual reacciona a los estímulos como puede o como su propia naturaleza dictamina. Y no son solo los límites físicos, también están los sentimentales. Y el de la vergüenza es realmente singular. Me imagino lo que debe de sentir un voluntario de cáritas, de médicos del mundo o de cualquier otra ONG que se desespera por esos míseros y abandonados rincones del planeta, cuando lee estos días que un puñetero kilo de angulas supera los mil euros en su primera subasta. Cualquiera podría pensar que pudiese encerrar el secreto de la eterna juventud o la cura del ébola. Pero no señores, es para comer. Es sencillamente insultante que un producto natural que quitó tanta hambre a mis abuelos y bisabuelos, se haya convertido en un lujo exclusivo de alguien en el extremo opuesto del umbral de la pobreza. Otro umbral en el que también somos tan distintos.
Por estas fechas, mi padre comenzaba a regalar kilos y kilos de angula que pescábamos en frías madrugadas de oscuro y con el río revuelto. Era nuestra dieta diaria invernal, hasta el punto en que hubo un año en el que me negué a comerla, asqueado por los olores de cocción y ajo frito que inundaban la cocina de mi casa cuando llegábamos del colegio. Muchos días las angulas terminaban en los gallineros del bajo Nalón como suplemento alimenticio para las “pitas”. Y ahora alguien sería capaz de pagar 100 euros por 80 gramos de ración. Sin despeinarse oye. No se. A mi me daría vergüenza. Igual tengo ese umbral muy bajo. El dolor en eso también lo tengo alto. Uno por otro.

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2 pensamientos en “Umbrales

  1. Sinceramente me parece que la gente ya escribe por escribir,simplemente por que no tiene algo mejor que hacer y que ya vale publicar cualquier cosa,por que vamos que alguien diga que siente verguenza por que los dueños de ciertos tipos de negocio pagan xxxx dinero por un kilo de angulas para obtener fama,vender este producto que recordemos que no es un alimento de primera necesidad y genera empleos directos e indirectos a vecinos de nuestros pueblos. A mi sinceramente mas que verguenza lo que hace tu articulo es ofenderme por que al final hay un millon de cosas que no valen lo que pagamos por ellas,se pagan y no por eso es un derroche.Para acabar, lo de hablar de una ong ya me parece rizar mucho el rizo,pero esta claro que al final ganamos puntos intentando tocar el alma de la gente.un saludo.

  2. Lo que escribo lo escribo porque así lo siento. Para mi es y será una vergüenza con mayúsculas pagar ese dinero por un producto de alimentación, lo mismo que me parece aberrante pagar ingentes cantidades de dinero por dar patadas a un balón. Evidentemente respeto tu opinión, faltaría más, pero amigo, no escribo por escribir. Lo hago por que lo siento así. Y entiendo que no te guste sobre todos si trabajas en el sector. Precisamente ese sector es el que esquilmó y aniquiló la angula poniendo como argumento el sostenimiento de unas familias. Las cosas yo las veo así.
    Un saludo

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