Covadonga

Devotos de Covadonga suben la escalera que da acceso a La Cueva. Covadonga, Cangas de Onís. 20 de septiembre de 2015.  © Miki López

Devotos de Covadonga suben la escalera que da acceso a La Cueva. Covadonga, Cangas de Onís. 20 de septiembre de 2015. © Miki López


El verano no parece querer acabarse en Covadonga. Sólo la suave brisa que recorría los rincones de los jardines del príncipe hacían recordar que el otoño siempre ganará esta batalla de finales de septiembre. Caminábamos despacio. Aquí nunca hay prisa porque el tiempo parece pararse en uno de los rincones más maravillosos de los picos de Europa.
Llegamos a la entrada de la basílica. Una multitud de turistas y devotos salían entremezclados con las sotanas y las túnicas de los chavales de la escolanía que acababan de cantar la misa de 12. Cruzamos el umbral del pórtico entre el sol y la muchedumbre. La Cruz de la Victoria resplandecía sobre el altar mayor entre los humos y los aromas del incienso que inudaban un templo que a esas horas respiraba poco recogimiento. Como en una pequeña torre de Babel, los acentos multiculturales de los guías turísticos recorrían la explanada de Covadonga mientras la megafonía hacía recordar a los visitantes que se encontraban en un lugar de culto. A la entrada de la cueva, la gente se arremolinaba entorno a las estanterías repletas de velas encendidas, todas ellas con un ruego, un deseo o una esperanza. Cuantas penas ahogadas en una llama.
La cola para ver a la Santina se movía despacio. Los carteles rogaban un silencio negado por el continuo rumor de la multitud que, poco a poco, traspasaba la verja de la cueva. La mayoría se paraban ante la imagen de la virgen, se persignaban y daban la vuelta para salir por el mismo sitio. Otros se sentaban en los escasos bancos colocados frente al altar, se arrodillaban y rezaban en silencio. Yo debía esa visita del que no sabe rezar pero se siente agradecido a la vida, por poder compartirla con una familia maravillosa y unos amigos extraordinarios. Cierto es que da muchas hostias, todos lo sabemos y tarde o temprano se nos mostrará cruda, dura y muy cuesta arriba. No hay que desfallecer porque hay algo que ya decía el gran Andrés Montes y que ayer recordaba emocionado Siro López: ” La vida puede ser maravillosa”. Sin duda lo es.
Doy gracias.

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