No solo profesores

Una vez tuve un maestro. Yo estaba en 1º de BUP pero ya no se les podía llamar así. Pasaban a una especie de categoría superior que los convertía en profesores.

Iyán y Nel en las escuelas abandonadas de Penzol (Castropol). Julio de 2015. © Miki López

Iyán y Nel en las escuelas abandonadas de Penzol (Castropol). Julio de 2015. © Miki López

Los maestros solo estudiaban tres años de una diplomatura de contenidos muy generalistas pero de gran carga pedagógica. De hecho, la pedagogía era la base fundamental de esa carrera que tenía un fuerte componente vocacional. Los jóvenes maestros de aquella lejana EGB de los años 70 y 80 tenían la oportunidad de trabajar con los críos en una escuela hasta que los chavales cumplían los 14 años. Eso daba una ventaja tremenda a los alumnos y a los propios educadores que, al menos en mi caso, tuvieron el tiempo suficiente para darnos las herramientas y las técnicas de estudio apropiadas para enfrentarnos al bachillerato en plena ebullición hormonal. Antes ibas a un instituto y solo veías adolescentes. Hoy ves un batiburrillo de niños imberbes, adolescentes, repetidores y algunos grunges que no distingues si son profesores o alumnos. Críos de 12 años se destetan en un ambiente caótico desencadenado por la LOGSE de 1990, una reforma que fue uno de los mayores errores educativos del Siglo XX.

Un niño vuelve del colegio en Llorío (Laviana). 26 de abril de 2007. © Miki López

Un niño vuelve del colegio en Llorío (Laviana). 26 de abril de 2007. © Miki López

Un sistema que obviaba aspectos básicos de la psicología evolutiva, que requería y requiere un profesorado muy especializado en pedagogía que solo se formaba en las escuelas universitarias de magisterio y en la facultades de Ciencias de la Educación. Cierto es que en los inicios de la reforma, por la propia inercia del sistema, muchos maestros pasaron a impartir clases en los dos primeros años de la nueva ESO, pero todo lo demás se solucionaba con el famoso CAP o curso de adaptación pedagógica que facultaba a licenciados de todas las ramas educativas a impartir clases en esos niveles con una gran formación académica y una dudosa capacidad pedagógica. Los fracasos escolares se dispararon. Eso está en las estadísticas que tanto les molan a los que mandan cuando salen a su favor, pero que enseguida entierran cuando no les convienen los números. Un verdadero maestro era capaz de mirarse al ombligo porque así nos lo enseñaban nuestros profesores de magisterio.
Aquellos pedagogos con mayúsculas nos decían que nosotros éramos los médicos a largo plazo de la cultura de un país. Que jamás diésemos por perdido un caso en el que tuviésemos la mínima duda de que el problema podría partir de nosotros mismos. Un buen maestro jamás se rinde. Mi hijo Iyán tuvo muchos buenos maestros en su primera etapa escolar. Uno de ellos repetía los exámenes hasta que no conseguía un 90% de aprobados y así consiguió una clase homogénea en la que los más capaces tiraban de los más lentos alcanzando juntos los objetivos del ciclo. Unos de forma más brillante y otros algo menos, pero seguían adelante sin recluirlos en un vagón de cola. Ahí estaba el verdadero maestro, velando precisamente por los que tenían más dificultades y tratando sin descanso de reengancharlos al ritmo de los más brillantes. Sin duda un trabajo duro y encomiable.
Pero llegó el instituto y el sálvese quien pueda. Pasamos de una escuela tradicional a un régimen casi universitario, complejo y lleno de sinsentidos como el de algunos institutos en los que los propios críos no traen sus exámenes a casa para poder ser revisados por los padres que tengamos interés en hacerlo. Y estamos hablando de niños de 12 años inmersos en clases con asignaturas en las que llega a suspender hasta el 50% del alumnado. Y no pasa nada oye. El problema es que no se puede perder el ritmo de los que si tiran, de los que se valen por sí mismos. Si suspendes ya sabes lo que tienes que hacer: ir a clase particular o que te ayuden en casa. Tócate los cojones. Menos mal que la enseñanza es pública. Y se de sobra que los alumnos no son como los de antes, que los docentes estás sobresaturados, muchos sujetos a la interinidad y la mayoría desanimados. Pero como en todos los trabajos oiga. Al final muchos profesores y pocos maestros. Qué pena me da saber que buena parte de nuestros hijos nunca vayan a tener la suerte que yo tuve de tener un profesor que era un maestro. Y nada menos que de matemáticas.
Siempre en la memoria, don Jose Luís.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s