Volver a nacer

Han pasado cuatro días, solo han sido lesiones leves, pero todavía me duele todo. Aunque lo peor es rememorar el segundo fatal en el que la rueda de la moto resbaló a unos 120 km/h sobre la pintura de una de las señales viales en forma de flecha que el Ministerio de Fomento coloca en el medio de de lo carriles cuando las autovías se bifurcan.
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Eran las 9:20 de la noche y en ese momento no llovía. La carretera estaba húmeda y yo rodaba tranquilo por mi derecha y pendiente de las maniobras de los vehículos que me precedían. La intersección de la “Y” en sentido Avilés, es uno de los lugares más conflictivos de esta vieja autopista asturiana y soy muy consciente de ello. La cruzo prácticamente a diario y es un punto en el que coches y motos reducen la velocidad ante la disuasoria presencia del radar fijo que la DGT tiene colocado un centenar de metros más arriba de la separación de los carriles.
Todo pasó muy rápido. Circulaba por el medio del carril con una ligera inclinación hacia la izquierda para trazar la curva con suavidad. Recuerdo que miré por el retrovisor porque vi la luz de un coche que iniciaba la maniobra de adelantamiento. En ese momento sentí como el motor de mi moto subió las revoluciones sin que yo hubiese tocado el acelerador. Era la señal inequívoca de que la rueda de tracción había perdido adherencia y en milésimas de segundo la Honda comenzó a resbalar hacía la derecha perdiendo el centro de gravedad. Cuando la rueda salió de la pintura volvió a aferrarse al asfalto, pero ya era demasiado tarde. El latigazo me hizo soltar el manillar y comenzaron los segundos más terribles de mi vida. Caí a esa tremenda velocidad sobre mi costado derecho y comencé a dar vueltas sobre mi mismo. Hice todo lo posible por tratar de estabilizar la locura incontrolable de mi cuerpo, siendo totalmente consciente de que en cualquier momento podía llegar el golpe fatal de un quitamiedos o de cualquiera de los coches que me precedía.
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El ruido dentro del casco era estremecedor. La fibra del material rozaba contra la lija de ese asfalto de la “Y” que se convierte en un autético rastrillo de cemento. Conseguí equilibrar la “arrastrada sobre la espalda y vi la moto delante de mi, echando chispas por la fricción de sus metales contra el suelo, Parecía un cometa en la oscuridad. Levanté las piernas y redirigí mi cuerpo frenando con los brazos y los guantes pidiendo a Dios que no me arrollase nada de lo que venía detrás de mi. Fueron cien metros de terrible incertidumbre. Cuando me detuve la misma adrenalina me hizo levantarme como un resorte, miré hacia atrás y vi como, gracias a dios, los coches fueron deteniéndose detrás de mi y encendiendo los intermitentes de emergencia. La moto estaba en medio de la calzada unos cincuenta metros más adelante. Alguien salió de su coche y me ayudó a levantarla y dejarla en el arcén derecho de la autopista.
Victor, otro conductor que se detuvo en el arcén, me dio un chaleco reflector mientras otro joven llamaba al SAMUR.
Era consciente de que la adrenalina ocultaba los dolores y eso me hizo sentarme sobre un quitamiedos y tratar de chequear todas las partes de mi cuerpo. Me quité los guantes destrozados por la fricción y vi sangre en ambas manos. Comencé a notar dolor en el tobillo derecho y en ambos hombros. No podía creer lo que me había pasado. Nadie tenía la culpa. Solo la puñetera señal vial. Había perdido la cartera y el móvil. Los llevaba en el bolso de la pernera de mi pantalón motero. Y ese bolso había desaparecido. La ropa había quedado prácticamente inservible pero había cunplido con eficacia su función. De no ser por ella, mis lesiones, sin ninguna duda, serían muchísismo más graves.
Llegó la Guardia Civil. Ellos mismos me preguntaron que si había resbalado con la puñetera flecha y que cuando les avisaron se temían lo peor.
-“Volviste a nacer chaval”
No tengo la menor duda. Las luces de la ambulancia aparecían a lo lejos.
Hoy comienza otra lucha. La que entablaré contra los que permiten que esas señales viales se conviertan en las trampas que, estoy seguro, han segado más de una vida inocente que cumplía con las normas establecidas, mientras otros en sus despachos son capaces de mirar hacia otro lado. Solo se me ocurre un calificativo.
Sinvergüenzas. Por no llamarles otra cosa.

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4 pensamientos en “Volver a nacer

  1. ¡¡Muchos ánimos!. Ahora empezarán los inevitables remordimientos de “¿Por qué iría por ahí? ” y esas cosas. Y las consabidas “Velocidad inadecuada” y “Falta de pericia” de la G.C. de Tráfico. Un abrazo muy fuerte.

    • Alfonso, tengo que reconocer que los agentes de la Guardia Civil fueron los primeros en preguntarme si había pisado una de las señales viales, así que doy por hecho que saben que es un problema muy común de esta mierda de autopistas que tenemos. Otra cosa es que lo hallan reflejao en el atestado correspondiente. Ya te contaré.

  2. Enhorabuena amigo,te entiendo perfectamente, a mi me ocurrió exactamente lo mismo con la diferencia que gracias a dios no llegué a caerme,en la autopista a la altura de Oviedo dirección Gijón,aquel día si que llovía, la velocidad era de 120 km/h cuando en plena recta pisé una de las flechas del suelo y mi moto empezó a moverse como si la hubiera poseído el mismo Lucifer,fueron unos segundos de pánico en los que me aferre al manillar hasta que de repente la moto se enderezó y siguió su curso,simplemente un golpe en el tobillo contra la estribera pero psicológicamente no se me ha olvidado esos segundo de pánico que pasé.

    • Gracias Rober.
      Yo creo que la mayoría de los moteros que cruzamos esta autopista casi a diario, hemos llevado algún susto con la pintura de esas marcas viales. Yo por lo menos se de un caso grave en la Autopista del Cantábrico a la altura de Villaviciosa que acabo mucho peor que el mío. Hay que terminar con ellas. Son verdaderas trampas mortales.
      Abrazos

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