Lost in The Storm (Part II). Hágase la luz

Valle del Lago (Somiedo). 4 de febrero de 2015. © Miki López/La Nueva España

Valle del Lago (Somiedo). 4 de febrero de 2015. © Miki López/La Nueva España


Ni rastro de la electricidad, pero la luz de la mañana llegó con la tregua de la tormenta. Miércoles 4 de febrero. Viendo el panorama que teníamos en el exterior poco importaba la fecha. Abrí la puerta de la casa. Estábamos en el primer piso de la vivienda, encima de las cuadras en las que se almacenaba la leña. El corredor, con su sillón de mimbre, se encontraba totalmente escarchado como si de uno de los escenarios de Las Crónicas de Narnia se tratara. La nieve se amontonaba contra muros y ventanas convirtiendo la escalera en una rampa gélida, blanda y esponjosa que te hundía hasta las rodillas. Alcancé la portilla entreabierta y salté a la carretera. De nuevo la nieve hasta las rodillas. Imposible avanzar. Disfruté un rato del paisaje que dormía cubierto del manto blanco más espectacular que jamás había visto.
Leo sale de casa. Valle de Lago (Somiedo). 4 de febrero de 2015.© Miki López/La Nueva España

Leo sale de casa. Valle de Lago (Somiedo). 4 de febrero de 2015.© Miki López/La Nueva España


El silencio perfecto, la extraña sensación de solo escuchar tu propia respiración y el chasquido del obturador de una cámara incapaz de congelar la inmensa belleza que nos rodeaba. Volví a la casa. Marcos ya estaba listo pero no podríamos cubrir los 100 metros que nos separaban de la casa de Gloria hasta que no pasase la quitanieves. Eran las 9:30 de la mañana y llevábamos más de 10 horas sin contacto con el mundo exterior. Planificamos el día y esperamos. La tormenta volvía a arreciar y entre los silvidos del aire escuchamos el rugir profundo de un motor de gasóleo. La quitanieves renqueaba casi ahogada entre las murallas de nieve que la frenaban. Reculaba y embestía hasta que la cuña conseguía desalojar verdaderas olas de hielo sobre los bordes de la estrecha carretera. Con el camino libre llegamos a casa de Gloria. Aquel café era una bendición. Los niños hacían los deberes que no podrían corregir en unos días y Leo miraba incrédulo el arreciar de la tormenta. Revisé el equipo.
Quitanieves. Valle de Lago (Somiedo). © Miki López/La Nueva España

Quitanieves. Valle de Lago (Somiedo). © Miki López/La Nueva España


Los contrastes de temperatura empañaban cámara y objetivos después de haber estado a la intemperie fotografiando a los operarios de la quitanieves que reponían las cadenas perdidas en uno de sus envites nevados. El polvo de hielo se pegaba a todo y cada 30 segundos soplaba sobre el objetivo para tratar de quitar toda aquella nieve que se colaba por los botones y ranuras de la EOS 5. Imposible. El agua terminó por colarse por una pequeña herida de guerra de la pantalla de control y la humedad invadió todo el equipo. Visitamos la cuadra de Carlos acompañados de su mujer y su hijo. Cubrir los 100 metros que separaban la carretera de las instalación ganadera fue toda una aventura. Era casi imposible caminar por aquel montón de nieve fresca cegados por la ventisca que la levantaba con violencia. Entramos en la cuadra. Dentro hacía calor y la cámara volvió a empañarse. Comenzó a fallar pero aguantó el tirón.
Gloria y Marcos. Valle del Lago. 4 de febrero de 2015. © Miki López/La Nueva España

Gloria y Marcos. Valle del Lago. 4 de febrero de 2015. © Miki López/La Nueva España


Con el trabajo hecho volvimos a casa. Nos quedaba algo de batería en los portátiles y decidimos adelantar tarea por si la luz volvía. Edité media docena de fotos antes de que el ordenador se apagara. Volví a coger la cámara y me di cuenta de que ya no encendía. Solo quedaba esperar. Y sobre las 4 de la tarde llegó el milagro. Teníamos electricidad. La linea de movistar volvía a funcionar y al encender el ordenador se iluminó la conexión GPRS. Bajé las fotos a 100 k y conseguí enviarlas una por una. Marcos hizo lo mismo con su texto. El trabajo estaba hecho.
Serían las seis de la tarde y volvimos a casa de Gloria no sin antes dejar bien encendida la estufa de leña. La tormenta arreciaba y no sabíamos cuanto duraría la corriente.
Comunicamos con el mundo exterior. Toda Asturias vivía congelada en una de las peores olas de frío que se recuerdan pero por lo demás todo iba bien.
-“¿Cuando saldréis de ahí?”, preguntó una voz al otro lado de la línea.
-“Hoy imposible…quizás mañana”
-“Pues no dan mejoría…”
En fin… que se le iba a hacer. Paciencia. Afuera caía la noche. La cámara ya no encendía.
Miré a la mesa. Sopa, picadillo y vino en abundancia. Las penas así son menos.
-“Gloria..¿tendrás por ahí una cámara?
…continuará.

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