Pena de perro

Gila pesaría poco más de 10 kilos. La recuerdo vagamente asomada a la caseta de la huerta que se adosaba a la destartalada cuadra de ladrillo. Era una mestiza menuda y adorable que miraba con ojos brillantes todo lo que cruzaba por delante de su pequeño universo perruno a la caza de alguna de las caricias que conseguía de mi madre y que el pobre bicho agradecía como el mejor de los halagos. Una tarde se armó el revuelo. La pequeña perrita se había escapado provocando toda una revolución en la casa.Iniciamos la búsqueda con el recelo de encontrarla muerta en alguna de las cunetas de la carretera nacional que cruzaba el barrio de La Magdalena.

Perro en la carretera. El Franco. 3 de enero de 2014. © Miki López

Perro en la carretera. El Franco. 3 de enero de 2014. © Miki López


Eran mediados de los 70 y mi conciencia infantil no dio demasiada importancia a aquel acontecimiento que provocaba gestos serios en los mayores de la familia. Nunca más supimos de Gila. Posiblemente se desorientó y fue incapaz de regresar a su hogar por si misma. Quiero creer en la posibilidad de que aquel pequeño animal tuviese la suerte de haber sido rescatada por alguna persona que la hubiese tratado con la mínima dignidad que aquel pobre bicho merecía. Quien sabe. En mi casa la vida continuó con normalidad. Los perros que vinieron después fueron formando y ocupando una parte fundamental en la familia, porque sencillamente eran parte de ella. Nos enseñaron a tratarlos con respeto y cariño. Todos ellos, fueron seis en total, aportaron una enorme carga de felicidad a nuestra infancia y adolescencia. Todos ellos arrancaron de nuestros ojos las lágrimas de la despedida cuando la prematura vejez perruna los separaba de nuestro lado. Y todos siguen teniendo su espacio en la memoria colectiva de los que fuimos su familia durante los felices años de su existencia.
Y no entiendo otro sentimiento que este hacia un ser vivo tan fiel como ningún amigo de dos piernas podría serlo jamás. ¿qué puede llevar a una persona a ser incapaz de entender el sentimiento que emana de los ojos sinceros de su mascota? ¿De donde puede sacar esa mierda de escrúpulos para abrir la puerta de su coche y empujar a un inocente ser vivo a un asfalto que condena su perra vida? ¿Con que valor ese energúmeno se mete en la cama después de acostar a sus hijos sin que la podredumbre de su conciencia le impida dormir?
A todos ellos le deseo el mayor de los abandonos con la esperanza de que recuerden con claridad la mirada de su amigo de cuatro patas, aquel que miraba desconcertado como el coche en el que viajaba su querido amo cerraba las puertas para desaparecer tras una última curva. Mierda de gente. Pena de perros.

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