Salvador

Cuando éramos críos jugábamos en la enorme finca de Los Cedros, un caserón de estilo indiano y hermoso ambiente decimonónico con un espectacular jardín francés plagado de hortensias en cuyo extremo se levantaba el típico bosque de árboles nobles. Crecimos entre hayas, robles y camelias. Aguantaron nuestros juegos, nuestras dentelladas en forma de hachazos, perdigonadas y demás travesuras propias aquellos niños de la EGB que crecían felices entre la naturaleza de un pueblo.

Tejo de Bermiego. Quiros, 30 de abril de 2014. © Miki López/La Nueva España

Tejo de Bermiego. Quiros, 30 de abril de 2014. © Miki López/La Nueva España


Un día mientras jugábamos en una de las mohosas escaleras del jardín, un gigantesco pastor alemán se escapaba de la perrera. Alguien gritó y nos dimos cuenta de que aquel animal corría hacia nosotros con dudosas intenciones. Salimos disparados hacia el árbol que teníamos más cerca, amontonándonos unos encima de otros tratando de alcanzar las ramas salvadoras. Y salvadoras fueron porque no quiero imaginar lo que pudiera haber pasado aquella hermosa tarde de un verano de finales de los 70. Desde aquel día nuestro árbol quedó bautizado. Nos había salvado y Salvador le quedó.
Cosas de niños agradecidos. No era para menos.
Feliz mayo.

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