Valores

Lo de educar a los menores tenía que convertirse en una asignatura obligatoria dentro del currículo de los estudios superiores de cualquier especialidad, independientemente de que cada uno elija la libre opción de ejercer o no su posible paternidad en el futuro. Desde mi época de estudiante de magisterio tengo más o menos claro que la piedra angular de la educación es la formación en valores. Valores que, viendo la estructura corrupta y competitiva impuesta por los tiempos modernos, van cobrando más importancia como un instrumento vital para limpiar desde la base toda la mierda que nos rodea. Educar, formar y conseguir frutos va a ser muy difícil cuando todos los chavales ven que las diferencias sociales están abriendo una brecha, cada vez más insalvable, en la que todo el mundo se pisa la cabeza para tratar de salir del vagón de cola, aunque sea a costa de joder al prójimo.
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Esto es evidente cuando ves que al que intenta echar un cable, muchas veces acaba con el mismo cable enrollado al cuello. Cuando ves que la indignación ante el acoso escolar no va más allá de un “me gusta” en facebook. Cuando la propia familia vive ajena a ese acoso hasta que ya es demasiado tarde…
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Y tantas y tantas cosas que somos incapaces de asimilar como padres de unos niños de futuro incierto, como progenitores de una masa social que va camino del egoismo y la indiferencia porque, aunque trates de educar en casa, te das cuenta que lo de afuera es el reino del sálvese quien pueda.
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Pero no todo está perdido. A veces creo que el esfuerzo que hacemos en esta casa en la educación en valores, con el inestimable apoyo de los entrenadores de mis chavales, da pie a la esperanza. Ayer, la final de -42 kilos del ranking regional de judo la protagonizaron mi hijo Iyán y su compañero de Club David Rodríguez.
Ambos se entregaron a tope durante un combate que al final cayó favorable a Iyán. David saludó al ganador con deportividad pero tras unos segundos no pudo contener las lágrimas, seguramente algo decepcionado con el resultado de su enorme entrega y esfuerzo. Se de sobra lo que es esa sensación. Iyán también lo sabe, y cuando se dio cuenta de lo que le pasaba, fue al encuentro de su compañero para consolarle. Carlos, su entrenador, atento a lo que pasaba, reforzó el impulso de mi chaval. Creo que David agradeció ese gesto de cariño y en su mirada todos vimos que, cuando se cambien las tornas, Iyán encontrará el abrazo de su colega y despertará la misma sensación de admiración que despertó entre los que observábamos la escena. Estoy convencido de ello.
Enhorabuena a los dos. Sois todo un ejemplo para todos. Sobre todo para los mayores.

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