El periodista valiente que me hizo llorar dos veces

En este espacio mío, en esta diminuta mota de polvo que es este blog perdido en el universo infinito de Internet, me gusta echar la vista atrás y rememorar, con este defecto del eterno melancólico, los resortes que fueron configurando mi vida de observador profesional. Creo que debo todo a esta profesión, aunque los que más me quieren opinan justamente lo contrario. Mi querida Elsa disfruta viéndome disfrutar, pero muchas veces se le escapa la mala hostia para recordarme que mejor estaba dando clase que sumergiéndome cámara en mano en las frías aguas del alto Sella, escalando de la misma guisa la cara sur del Picu Urriellu. O tratando de salir entre los dos frentes de mineros o antidisturbios después de cubrir tres ruedas de prensa que seguramente no interesan a nadie.

Familiares y amigos de Faustino F. Alvarez en el tanatorio de Los Arenales. Oviedo, 15 de marzo de 2014. © Miki López

Familiares y amigos de Faustino F. Alvarez en el tanatorio de Los Arenales. Oviedo, 15 de marzo de 2014. © Miki López


Pero como llevo el veneno en la sangre, hace años que me dejo llevar por la corriente del río informativo en el que me bautizaron los maestros de La Voz de Asturias. Anteyer, en el Tanatorio de los Arenales, volví a juntar, con cierto sabor agridulce, las caras de algunos de aquellos maestros que hoy, con entradas y canas, me abrazaron como lo hicieron el día que me despedí de ellos una tarde de abril de 1996. Recuerdo aquel día con una dosis de tristeza similar a la que sentí cuando dejé a los profes con los que me crié en el famoso colegio San Luis de Pravia. Admiro profundamente a todos mis maestros porque he sido muy mal alumno y la mayoría de ellos se esforzaron en enderezar mi rumbo con mayor o menor acierto consiguiendo que, al menos, llegase con cierta comodidad al lugar en el que hoy me encuentro.
Soy fotoperiodista, un oficio a medio camino entre el arte y la comunicación. Somos aquellos proscritos de la fotografía que dejan muchas veces en segundo plano la parte técnica del mide, ajusta, encuadra y dispara, pero que somos capaces de dar contenido al acontecer diario en una imagen “con intención” que diría mi colega Eduardo Lagar. El secreto está en dotar de alma una escena, detener el momento en el que los sentimientos fluyen por las facciones de aquel minero, de aquel político contrariado, de aquel jugador de fútbol que llora tras perder el último partido de la salvación. En definitiva se trata de emocionar con la imagen como ellos, los grandes periodistas, lo hacen con las palabras.

Faustino F. Alvarez fue el primer periodista que me emocionó hasta las lágrimas. Se me eriza la piel recordando el breve texto que escribió con motivo de la muerte de nuestro recordado compañero Ramón González. Casi una poesía a la amistad y el reconocimiento en apenas veinte líneas para el fotógrafo que fue uno de los referentes de la fotografía deportiva en Asturias y que nos dejó tan helados como aquella triste mañana de enero de 1993 en la que un terrible accidente de tráfico terminaba con la vida de Ramonín.

Faustino F. Alvarez y Santiago García apostaron por mí, por aquel mocoso de apenas veinte años que no sabía que cojones era aquello que decían de “dar vida a una fotografía”. Pero como un buen maestro, todo aquel equipo que capitaneaba el gran Faustino, consiguió que al menos me diese cuenta de donde se encontraba el inicio de aquel camino secreto. El tiempo trataría de hacer el resto. Con la lección aprendida, la necesidad hizo que tuviese que tomar una de las decisiones más complicadas de mi vida profesional, y esta pasaba por dejar La Voz. Tras despedirme de los compañeros de redacción, Santiago García me acompañó al despacho del director. Faustino, con su voz profunda se levantó y me dio un gran abrazo que todavía hoy recuerdo con cariño. Me cogió del hombro y me dijo: “Déjalos acojonaos con lo que aprendiste aquí. Que vean lo que vales. Y cuando te canses de los de Calvo Sotelo, ya sabes donde está tu casa. No necesitas picar.”

Salí y cerré la puerta de aquel despacho dejando dentro un trozo del alma que me hizo llorar por segunda vez. Sabía que no volvería, lo sabía seguro. Cuanto me dolía aquella certeza, no lo sabe nadie más que yo. Llorar no me preocupaba. A fin de cuentas llorar es de valientes. Pero por mucha maestría que intente poner en mi cámara, se que jamas podré hacer que el lector ni siquiera roce la emoción que personalmente sentí con las palabras de Faustino.
Siempre agradecido, hasta siempre Director.

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