En días de lluvia

Debo mi afición a la lectura a una madre que pasaba muchas noches en vela enganchada a los libros que mensualmente encargaba a través de la revista del círculo de lectores. “A sangre fría” de Truman Capote, fue uno de aquellos primeros títulos que recuerdo por las estanterías de una casa, que mes a mes, iban atiborrándose de novelas de todo tipo de género y autor y entre los que no faltaban algunos volúmenes infantiles con los que mi madre fomentaba su afición entre nosotros con mayor o menor fortuna.

Bajo la lluvia. Oviedo, 19 de enero de 2014. © Miki López

Bajo la lluvia. Oviedo, 19 de enero de 2014. © Miki López


Teniendo en cuenta que éramos críos de pueblo, nuestra vida infantil era un catálogo de libertades que un niño de ciudad jamás podría imaginar: dar patadas a un balón en medio de una carretera desierta, subirse a los muros de las fincas para merendar fruta “de prestado” o hacer cabañas en el bosque que bordeaba el río, eran algunas de las aventuras de unos chavales cuya imaginación era incapaz de salir más allá de los límites de su propio pueblo durante los felices días de verano. Ni falta que hacía. Pero las tardes de invierno, casi siempre lluviosas, convertían nuestra animada existencia de juegos y travesuras, en una vida aburrida que veía caer las gotas tras los cristales de la ventana, en aquella habitación orientada al norte, mirando a la ría del Nalón y a un impetuoso mar Cantábrico que golpeaba con fuerza la barra del puerto de San Esteban.
Y fue en aquellas maravillosas jornadas exentas de videojuegos, ordenadores y redes sociales cuando el dulce sabor de la lectura se me metió en el alma como si de una droga se tratase. Hoy, en casa, mientras escribo estas líneas, veo los cristales de la amplia ventana de este salón que ha cambiado el cantábrico por un mar de edificios, calles y escaparates entre los que deambulan con prisa peatones encorvados, entrajetados de oscuro bajo negros paraguas y sombreros. Y vuelvo a dejar volar la imaginación regresando a mi cuarto de la infancia, con la nariz pegada a aquel cristal por el que corrían las gotas de agua mientras miraba hacia el mar que me hipnotizaba lanzando sus olas con furor contra los muros imponentes del puerto. Me senté otra vez en la cama de mi hermano y volví a abrir aquel viejo libro. Que llueva, que llueva…

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