En la playa

Pescador en la playa de Xivares, Carreño. 14 de noviembre de 2013.  © Miki López

Pescador en la playa de Xivares, Carreño. 14 de noviembre de 2013. © Miki López


La lluvia se acercaba con a fría brisa del norte. Le gustaba aquella sensación de frescor que le hacía sentirse vivo, en la misma orilla de la playa, cara a cara con aquel océano que le había quitado tanto como le había dado. Miraba fijamente el borde superior de aquella caña de pescar que había hincado en la arena húmeda del arenal, a escasos metros del acantilado al que no sabía cuantas veces se habría encaramado cuando era niño, escondiéndose de los gritos de su madre que jamás le buscaría tan cerca del lugar que tantas y tantas veces le habían prohibido visitar. Se sentía muy a gusto entre el mar y la pared vertical que rompía la llanura de la rasa costera. Las olas, las gaviotas y el viento formaban la banda sonora de su niñez, el refugio de unos recuerdos agridulces que jamás volverían. Como no volvería aquella infancia de juegos de piratas que luchaban con espadas de madera y se escondían entre los juncos de la ría. Los mismos juncos que sirvieron de escondite para aquellos primeros besos furtivos que sabían a tabaco negro robado de la pitillera del abuelo.
Se sentó en la arena sin perder de vista el ondulante balanceo del sedal que movía el borde de la caña al ritmo del oleaje. El abuelo. Una madrugada su madre le despertó angustiada. El viejo había salido con su bote al atardecer para recoger unos aparejos que había largado cerca de la isla. Eran las tres de la mañana y nadie sabía nada de él. Se fueron al muelle donde las linternas se movían entorno a los hombres que preparaban el equipo de rescate en el interior de una pequeña lancha de fibra. Esperaban el alba. Un amanecer plomizo de invierno que invitaba al pesimismo. O al menos eso le parecía visto en la distancia del tiempo, seguramente sugestionado por el hecho de que el viejo nunca regresó. Había decidido quedarse para siempre con la marea que tantas veces había esperado y ella, agradecida, aceptó gustosa su ofrecimiento. El bote apareció varado en la playa, frente a la pequeña isla. En su interior seguían los aparejos y la vieja pitillera grabada con la silueta de una gaviota que volaba hacia el horizonte.
Recogió la caña entre las últimas luces de aquella tarde plomiza y guardó el gancho y los sedales en el viejo cesto de mimbre. Lo cruzó en bandolera sobre el pecho y rebuscó en los bolsos de su chaleco. Sacó la pitillera y encendió un cigarro mientras la llama del mechero iluminaba la silueta de aquella gaviota que volaba hacia el horizonte, entre los murmullos de las olas y el viento, en una tarde plomiza de invierno. Y una vez más sintió en la distancia la voz lejana del viejo.

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