“Seaside”: la inquietud de la imagen tranquila.

Ignacio Pulido. Avilés, 13 de mayo de 2008.  © Miki López

Ignacio Pulido. Avilés, 13 de mayo de 2008. © Miki López


Conocí a Nacho hace años. Tenía recuerdo de él casi en pantalones cortos, de cuando era un crío de primer ciclo de educación primaria. Uno de tantos niños de mi pueblo a los que, tristemente, no tengo la suerte de ver crecer día a día, sino lustro a lustro, con los consiguientes sobresaltos que eso conlleva. Te vas unas navidades y cuando vuelves en la Semana Santa de un año cualquiera, la infancia ya se les escapó con esa velocidad de las mareas de septiembre que crecen rápido y se van aun más deprisa.
Total que de Nacho, el gran Ignacio Pulido, me perdí ese periodo que muchos padres borraríamos de la vida de nuestros hijos, esa adolescencia doliente en la que habitualmente acaparas toda esa colección errores propios de la edad del pavo, donde uno se equivoca sabiéndose equivocado o cuando menos, intuyendo la equivocación. Donde el sentido común es el menos común de los sentidos que decía Luisina, una de esas profesoras que no olvidas o que más bien recuerdas cuando ese concepto de racionalidad se te revela como la gran realidad de la vida. Seguramente cuando ya es demasiado tarde para rectificar.
Dizzy atmosphere. © Ignacio Pulido

Dizzy atmosphere. © Ignacio Pulido


Nacho es de esos chavales que llegaron con tiempo de sobra a la racionalidad. En estos tiempos difíciles para todos, pero más para su generación, ha sabido pelear duramente por hacerse un hueco en este mundo en el que todos somos fotógrafos, un hecho que tristemente contribuye a la devaluación de una profesión idealizada por muchos pero que muy pocos quieren pagar. Si todo el mundo se considerase fontanero es evidente que nadie llamaría a uno para arreglar ese grifo que gotea en la cocina. La diferencia está en que los daños de un reventón de una tubería son más evidentes y costosos que lo que supone “cagarla” en la comunión de un sobrino.
Hoy no puedo hablar de fotoperiodismo porque Nacho hace de su parte de SOTOgrafos una oda a la imagen tranquila, a la inquietud de ese paisaje abrumador que se viste de gris oscuro cuando los turistas abandonan esta tierra que se endurece como ninguna con la llegada del otoño. Las fotos de Ignacio Pulido captan con maestría la esencia de esa inmensidad que huele a sal y suena a rompiente incesante de olas cantábricas. Y para mi, no es solo eso. El valor de Nacho y de tantos como él que cada día tratan de dignificar la fotografía, está en demostrar que este maravilloso lenguaje visual es un recurso al alcance de todos, pero pocos, muy pocos, son capaces de hacer que el espectador sienta las mismas sensaciones que Ignacio Pulido consiguió plasmar en su colección “Seaside”. Sencillamente una colección magistral que atesora una virtud al alcance de muy pocos. Sin más.

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