La barricada

Jose Angel Fernández Villa al frente de una barricada minera. Montico (Carreño), 23 de mayo de 2012. © Miki López/La Nueva España

Jose Angel Fernández Villa al frente de una barricada minera. Montico (Carreño), 23 de mayo de 2012. © Miki López/La Nueva España


Era por mayo de 2012. Andábamos en el periódico liaos con el debate de investidura de Javier Fernández después del adelanto de elecciones con el que terminó el órdago de Foro Asturas. Días convulsos, de incertidumbre e incredulidad, inmersos en la mayor crisis económica de la historia moderna. Cogí la moto temprano para hacer frente a un día de trabajo que se planteaba largo. Cruzaba la autopista con la Honda disfrutando de una mañana primaveral, casi veraniega, cuando a la altura de la acería LD-III los coches comenzaron a ralentizar su marcha hasta detenerse. A lo lejos, a la altura de las gasolineras de Montico, vi como un nutrido grupo de personas amontonaban neumáticos en los dos tramos de la vía ante la mirada tranquila de un par de patrullas de la Guardia Civil. Detuve la moto y me enfundé el chaleco de la APFA para, a continuación, avanzar entre el monumental atasco sin perder de vista a los mineros que se agrupaban en su mayoría en el acceso a la gasolinera de la izquierda, en sentido Avilés. Volví a detener la Deauville en el arcén y crucé la mediana tras sortear la doble hilera de coches detenidos entre los que deambulaban con visible fastidio los usuarios que se vieron sorprendidos por la invasión de trabajadores.
De pronto en medio de la multitud encapuchada, distinguí la inconfundible figura de Jose Angel Fernández Villa, el histórico líder sindical del SOMA, ataviado con un pañuelo rojo que amarraba al cuello caminando con la muleta en la que se apoyaba a cada paso. Se posicionaba frente a una de las barricadas y alguien le pasó un petardo y un mechero, mientras otro minero regaba con gasolina los neumáticos amontonados sobre la carretera. Con cuidado, aquellos que le rodeaban le ayudaron a encender la mecha del explosivo que lanzó con los ojos entreabiertos sobre la oscura barricada de goma. Rápidamente, aquel séquito que le escoltaba le apartó de las cubiertas antes de que la detonación incendiase la larga linea de neumáticos. El fuego rojo intenso creció con velocidad. Yo me encontraba al otro lado de las llamas, enfocaba la cara del incombustible sindicalista cuya imagen se distorsionaba como consecuencia del intenso calor que emanaba de aquel enorme montón de ruedas. Disparé varias fotos antes de que el rojo intenso diese paso al opaco negro del humo maloliente que provocaba la combustión del caucho.
Yo no lo sabía, pero fue una de las últimas fotos que se hizo de Fernández Villa al frente de una barricada. El cansancio y posiblemente la impotencia pudieron con el paisano que meses después presentaba su renuncia al frente del sindicato minero por excelencia. Y aquella foto, para mi histórica, tuvo que compartir primera página por debajo del debate de investidura, por debajo de la imagen de sus señorías diputados que seguían enfrascados en sus mortecinos debates parlamentarios cuando se vieron sorprendidos por la imagen del viejo sindicalista entre las llamas que llegaba a sus tabletas y teléfonos a través de la web de La Nueva España, minutos después de que yo mismo la transmitiese desde el mismo arcén de la autovía en la que seguían ardiendo las esperanzas de los últimos mineros de Asturias.
Esta es la historia de otra de las fotos de SOTOgrafos que se encuentra expuesta en la sala de exposiciones de Puerta del Mar en San Juan de La Arena.

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