En aquel Bus

Sombra del Puente de los Fierros (Cudillero). Noviembre de 2012. © Miki López

Sombra del Puente de los Fierros (Cudillero). Noviembre de 2012. © Miki López


Las nubes llegaron de repente. Primero asomaron entre los edificios rompiendo el azul celeste inmaculado de aquella tarde de invierno. El blanco resplandeciente de sus formas iba tornándose de gris a negro con velocidad de vértigo, alzando ante la mirada una imponente pared oscura que se levantaba como una sobrecogedora amenaza por encima de los montes que bordeaban el río.
El aroma a sal impregnaba el aire como señal evidente de que un nordeste cargado de agua se abalanzaba sobre la villa con la intensidad con que acostumbraba a hacerlo todos los inviernos. Antes del chaparrón un sonido hidráulico y metálico abría la puerta trasera del autobús de la empresa “Angel Blanco” mientras un intento de hilera de viajeros se apelotonaba sobre la acera temiendo quedarse sin uno de los asientos destartalados que se distribuían a lo largo del estrecho pasillo del autobús.
El conductor miraba con pereza a través del espejo retrovisor mientras el “Farias” languidecía medio apagado entre los gruesos dedos de su mano derecha. A través de la ventanilla entreabierta comenzaban a colarse la gotas de aquella tormenta que llegaba con su habitual caos de viento, agua y silvidos descontrolados del nordeste invernal. Alguien acertó a tirar de la manecilla semioxidada que cerraba la ventana y cierta sensación de silencio y tranquilidad se apoderó del pequeño espacio interior del viejo coche.
El motor rugía anunciando la marcha. A través de los cristales salpicados por la lluvia recién llegada, las calles se movían sin vida, aletargadas por la repentina llegada de otro diciembre que las sumía en la frialdad del vacío. El coche sorteaba los ángulos muertos de la pequeña ciudad antes de salir al descampado de edificios que entraba en la vieja carretera nacional. El rio murmuraba bajo los pilares del puente. María miraba desde la ventanilla apoyando su frente en el gélido y húmedo cristal. En los asientos traseros un grupo de jóvenes conversaba animadamente, con ese brillo de alegría en la voz que daban las tardes de aquellos viernes estudiantiles.
Tormenta en el Pinar, Lamuño (Cudillero). Noviembre de 2012. © Miki López

Tormenta en el Pinar, Lamuño (Cudillero). Noviembre de 2012. © Miki López


Aquel autobús, como reflejo de la realidad, transportaba ilusiones de un fin de semana y cansancios de toda una vida, separados únicamente por el indefinido espacio que separaban los estrechos asientos de skay amarillento. Distancias tan cortas en lo físico, tan insalvables en lo personal, pero con un fin común a todas las vidas que los ocupaban. Como aquella parada que se divisaba al final de la carretera, en aquel rincón del camino donde el cielo volvía a pintar del azul intenso el eterno cielo de Asturias. Vertical e inquebrantable, que decía la canción.
María descendió con suavidad los dos escalones que la separaban del asfalto. Mientras el rumor del motor de gasóleo se alejaba en la distancia, volvió la vista a tras, justo en el momento que el viejo autobús desaparecía tras la última curva de la nacional que alcanzaba la mirada. La vida continuaba con su abrumadora monotonía invernal.
Otro diciembre más para un invierno menos.
Feliz Puente.
Viajando en bus bajo la tormenta en www.mikilopez.com

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