Vacuna contra la insolidaridad

Vacunas contra la gripe. La Corredoria (Oviedo). 1 de octubre de 2012. © Miki López

Día 1 de octubre. Arranca la campaña de vacunación antigripal en el Principado de Asturias. Espero pacientemente junto Mandi Lozano frente al mostrador del centro de salud de La Corredoria, dispensario que nos autoriza a tomar imágenes de los primeros usuarios que, dentro de los grupos de riesgo, optan a la vacuna.
Mientras esperamos por la supervisora, una funcionaria atiende el teléfono. Con voz y mirada triste trata de explicar a la mujer del otro lado del hilo telefónico que ya no tiene derecho a atención médica por cita previa. Por su situación irregular le aconseja que se pase por la sala de urgencias más cercana y que allí, seguramente la atenderán sin objeciones.
Pese a estar al tanto de esas noticias quejumbrosas que tristemente llenan las páginas de nuestros diarios, uno no espera oír la conversación que constata la espeluznante realidad que irremediablemente empieza a tomar forma. Vamos camino de convertirnos en el país del “sálvese quien pueda”, en el esperpento de los despilfarros de dinero público que parecía salir de una fuente inagotable para caer en un saco sin fondo de despropósitos convertidos en subvenciones a dudosos proyectos empresariales, centros de interpretación, museos y demás inutilidades de las que nadie jamás tomó recuento.
Se les llenaba la boca hablando del milagro económico español, que seguro que tuvo algo de bueno, pero nadie quiso hacer de malo de la película para avisarnos con frialdad de la que se nos venía encima.
Y ahora tenemos que lidiar con armas de doble filo convertidas en reformas laborales, descensos salariales, recortes sociales y aumento indiscriminado de impuestos que obligan a echar el cierre a diario a cientos de autónomos y pequeñas empresas familiares.
Y para acabar se presenta el nuevo caso catalán: cuando la vía de agua se hace evidente, muchos optan por abandonar el barco, eso si, pretendiendo llevarse todos los botes salvavidas.
Necesitamos pronto una vacuna contra la insolidaridad o la solidaridad habrá muerto.
Y entonces, lo dicho: “Sálvese quien pueda”

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