Fuego

Saltando la foguera de San Xuan. Oviedo, 23 de junio de 2012. © Miki López / La Nueva España


Los asturianos, no por el hecho de serlo, llevamos una temporada demasiado vinculados al fuego. El desolador paisaje del Valledor después del incendio de octubre de 2011 es el triste ejemplo de la capacidad destructora del más devastador de los cuatro elementos en los que la filosofía de la antigua Grecia basaba toda la composición del cosmos. Por algo los curas lo vendieron directamente como la mismísima esencia del infierno.
Junio es más que nunca el mes del fuego en Asturias. Las llamas de las fogueras de San Xuan se funden con las de las barricadas mineras. Si en las primeras se queman deseos escritos en pedacitos de papel, en las segundas se incinera la esperanza del sector más emblemático del proletariado asturiano. Lo triste es que todas esas ilusiones, todo ese fuego purificador de esta noche tan corta, no parece que vaya a ejercer de bálsamo milagroso que evite la aparición de otro desierto en la cuencas mineras, un desierto tan desolador como el del Valledor.
La marcha de esos trabajadores hacia Madrid no parece que tome el rumbo más adecuado. Todos sabemos que la brújula de las soluciones apunta más hacia el norte, pero lo importante es no quedarse quieto y como ayer, tratar de saltar por encima de esas llamas, con un par de huevos y eso sí, tratando de no quemarse el culo.
Será difícil, pero la esperanza (y el deseo) es lo último que arde.

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