Negro Valledor

Árboles calcinados. El Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


Una soleada tarde de julio de 2006 disfrutaba de uno de esos paseos en moto de los que hacen afición a las curvas. Serpenteaba la ruta por una carretera bien asfaltada con mi recién estrenada Honda Deauville, entrando y saliendo en los claroscuros de las sombras que proyectaban los frondosos árboles autóctonos que bordeaban el camino desde Berducedo. En algunos tramos, el bosque se despejaba dejando disfrutar de la impresionante panorámica del Valledor, dominado por un verde infinito de hayas, robles y pinos que ondulaban sobre las suaves pendientes que descendían hasta el río.

Restos del incendio. El Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


El tiempo se había detenido en el valle del oro desde hacía ya un par de siglos y el aislamiento se había acentuado debido al poder gravitacional que ejercían las villas de Pola de Allande y Grandas de Salime. Desde la construcción del embalse del Navia, el Valledor quedó aislado camino de ninguna parte, perdiendo población gradualmente y ganando en una belleza agreste y salvaje que enamora, envuelve y cautiva al viajero que se atreve a descubrir los encantos de un valle que desemboca en la carretera del Pozo de las Mujeres Muertas, en la otra línea de comunicaciones que conecta San Antolín de Ibias con Cangas del Narcea.

Carretera al Pozo de las Mujeres Muertas. El Valledor, 1 de noviembre de 2011. © Miki López


El silencio y la brisa cálida de aquella tarde de julio no presagiaban lo que mis ojos iban a ver 5 años después.

Ruinas tras el incendio en una casa de San Martín de Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


El 1 de noviembre de 2011 subíamos el puerto del Palo, esta vez en coche. Al llegar a Berducedo cogimos el desvío al Valledor. Era un día tan luminoso como el de aquel mes de julio de 2006. En la primera curva tras rebasar el pueblo, el desastre se presentó ante nosotros. Los restos del infierno se extendían a lo largo de todo el valle. No quedaba nada más que un triste y tenebroso manto negro acorde con el día que vivíamos. Era la mismísima pesadilla el día de los muertos que seguía a la terrorífica noche de Halloween.

Ruinas de un horreo tras el incendio. Berducedo, 1 de noviembre de 2011. © Miki López


Silencio en todo el valle y olor a quemado. En las cunetas aun humeantes, se retorcían los restos de árboles y arbustos convertidos en un seco carbón vegetal, alzándose al cielo como dedos retorcidos en señal de clemencia.

Ganado y monte. El Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


Por nosotros no habrá clemencia para los responsables de tal atentado ecológico. Ni para el que encendió la cerilla del desastre ni para el que consintió que el núcleo inicial del fuego ardiese durante días sin mover un solo dedo.

Ladera arrasada. El Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


Seguramente esta generación no volverá a ver ni a disfrutar el Valledor como yo lo hice en aquel julio de 2006.

Arboles calcinados. El Valledor. 1 de noviembre de 2011. © Miki López


Volvimos a casa con la misma sensación que dejamos entre la gente del valle. Con la tristeza de saber que este otoño no tendrá tonos ocres.
Solamente negros.

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